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LA HABANA. Esta entrevista fue fruto del regateo. En varios perfiles que DIARIO LAS AMÉRICAS pretende publicar sobre periodistas independientes cubanos de diferentes generaciones, el nombre de Mónica Baró estaba marcado en letras rojas.

El plan era abrir la temporada con una entrevista a la brillante y joven reportera habanera de 31 años que publica en El Estornudo, revisita digital de periodismo narrativo. Pero Mónica era inatrapable. Cuando no estaba de viaje en el exterior, tenía mucho trabajo. Una y otra vez se aplazaba la fecha pero no desistí.

Hasta que el martes 3 de diciembre quedamos en vernos en el café Fortuna, en Primera y Calle 24, Miramar, barriada del oeste de La Habana que recibe la brisa del Océano Atlántico. El café está decorado al estilo vintage, con penumbras y poemas de Chaplin colgados en las paredes. Los dependientes visten con trajes de marineros de los años 50.

Doce minutos después de la hora pactada, se apareció Mónica con un jean negro de parches. El pelo suelto, reloj plástico made in China y un pulóver blanco desahogado con la imagen de la mexicana Frida Kahlo. Sonriente y con unas gafas negras que le dan un toque de intelectual friki y diferente. Mónica va a su aire.

En 2014 escuché hablar de ella por primera vez. Fue una tarde calurosa de verano, en un bar cercano a la bahía habanera, donde un grupo de periodistas independientes íbamos a tomar cerveza una vez al mes. Conversábamos sobre nuestras familias, béisbol y fútbol. También de la política local e internacional. Pero la mayor parte del tiempo se lo dedicábamos al periodismo. No recuerdo si fue Jorge Olivera o Víctor Manuel Domínguez el que mencionó una entrevista que una tal Mónica Baró había publicado en OnCuba.

Cuando leí la entrevista, me interesaron más las preguntas de la reportera que las respuestas del entrevistado. Al leer al final el machón supe que era una periodista recién graduada. Había trabajado en la revista Bohemia y en el Instituto de Filosofía. Poco después, mientras revisaba artículos en un parque wifi de La Víbora, me topo de nuevo con Mónica, esta vez en Periodismo de Barrio, con un reportaje sobre una señora que vivía en la extrema pobreza en La Habana profunda.

Ya en los corrillos de los periodistas sin mordaza se hablaba de Mónica Baró. Era evidente que ella jugaba en otra liga. Luego comenzaron a llegar los reconocimientos. El último, el Premio Gabo 2019, en octubre de 2019 en Colombia, lo recibió por la investigación La sangre nunca fue amarilla, publicada en Periodismo de Barrio en febrero de 2019.

Pero Mónica seguía refugiada en su humildad natural y huyendo de los focos y los elogios. Cuando se sentó en la banqueta del café Fortuna, después del saludo de rigor, pidió cualquier cosa que la refrescara. Aproveché y le dije que era más difícil de atrapar que un ministro. Sonrió, ladeó la cabeza y comenzamos a grabar.

-¿Tienes planes de marcharte, emigrar?

Hasta ahora no. No sé si definitivamente me voy a quedar en Cuba, es imposible saberlo. Uno no sabe nunca dónde va a estar.

-Te voy a poner dos escenarios hipotéticos. Uno, Cuba 2059, Mónica, abuela de un par de nietos se apresta a cubrir periodísticamente para El Estornudo el centenario de ese desastre llamado revolución cubana. Segundo escenario, Mónica con 71 años, ya jubilada, será recordada por sus aportes al periodismo narrativo cubano. ¿Qué escenario consideras nos deparará el futuro? ¿Sinceramente tú crees que Cuba tiene solución?

Yo creo que sí. Algunos consideran que Cuba va a cambiar en dos años. Otros dicen en cinco, diez. La verdad que no sé qué tiempo le falte a Cuba para democratizarse, para ser un país que respete las libertades políticas y de expresión. Para que pueda ser un país decente, donde la gente pueda tener un futuro y desarrollarse plenamente. Pero, insisto, no es algo que a mí me angustie. Creo que uno tiene que estar en el lugar que quiera estar y ser feliz.

Si estoy acá no es porque sienta una obligación por alguna causa o la democratización del país. Estoy en Cuba porque a mí me hace feliz el trabajo que hago aquí. El día que este trabajo no me haga feliz, me marcho. Durante mucho tiempo el gobierno, y la izquierda más rancia del continente nos ha querido inculcar que uno debe sacrificarse y darlo todo por la causa y poner los intereses de la sociedad por encima de los individuales. Y yo creo que eso no es sano para ninguna causa. Las causas para mí tienen que estar hechas por personas felices.

Si tú estás defendiendo los derechos humanos, la libertad de expresión y el periodismo independiente es porque eso te hace feliz. Cuando trabajé en la revista Bohemia, entrevisté a Pepe Mujica en un evento de la CELAC, y me quedo con una frase suya: "No se puede sacrificar a una generación por una utopía". Es lo mismo cuando lo llevas al plano individual. Tú no puedes sacrificar tu vida por una utopía. Para mí la utopía es el presente. No es el futuro. Es hoy. Y para mí, desde que me gradué de periodismo en 2012, cada día que he estado en Cuba he estado viviendo mi propia utopía, mi felicidad.

-El periodismo libre, independiente, alternativo o como tú quieras llamarlo, surge a finales de la década de 1980. Después, en los 90 se consolidan varias agencias de periodismo independiente donde se abusaba del artículo de opinión, pero a su vez comienza el periodismo de calle con reportajes y crónicas de esa otra isla que el régimen pretendía ignorar. En 2007 llega el blog Generación Y de Yoani Sánchez, que indudablemente marcó una nueva etapa en el periodismo free lancer con la aparición de nuevas publicaciones digitales. Con la distensión de Barack Obama en 2014, surge una ola de periodistas de gran talento que exploran lo que yo llamo el nuevo periodismo narrativo cubano. Es un periodismo sabroso, diferente y de calidad indiscutible, que ha despertado ciertos recelos en algunos periodistas independientes de barricada, abiertamente anticastristas. Dicen que esta nueva hornada no se compromete, que son una quinta columna, que rehúyen los temas candentes de la sociedad cubana y que miran un poco por encima del hombro al resto. ¿Cuál es tu impresión sobre este tema?

Considero que es otra malformación política que hemos heredado del gobierno. Creernos con autoridad para juzgar el compromiso político o social de cualquier otra persona. De emitir juicios, creernos jueces de los otros. Es triste, es una cultura que debemos superar, de estar constantemente cuestionando que si tú estás comprometido con esto, yo estoy más comprometida que tú, una lógica que a mí me choca muchísimo.

Me esfuerzo bastante por no caer en ese círculo vicioso, pero no quiere decir que no esté ajena a toda esa cultura, pues me eduqué en escuelas cubanas, sufrí adoctrinamiento, somos parte de una misma sociedad. Uno debe todo el tiempo cuestionar tu manera de relacionarte, tu manera de dialogar, tu manera de tratar con las personas que son diferentes y que piensan diferente a ti. Y no puede pasar por colocarte en una posición de superioridad moral para emitir juicios, pues la persona que juzga se cree con una superioridad moral para hacerlo.

-¿Consideras que eso ha pasado?

Si, por supuesto. Todas las personas que puedan decir que El Estornudo, Periodismo de Barrio o El Toque no son medios más radicales, porque no hacen más temas políticos, obviamente lo están juzgando. Y para mí hay una explicación sencilla: esos medios están trazando una frontera entre activismo y periodismo. Yo entiendo que haya medios que hagan las dos cosas de manera simultánea. Yo entiendo que existan periodistas que hagan activismo político. Yo misma en las redes sociales he hecho activismo político en defensa de las libertades política, de prensa y expresión. De alguna manera cuando tú haces periodismo independiente en un país donde no hay libertades de prensa estás haciendo una defensa del derecho a libertad de prensa y la libertad de expresión, pero, tienes que saber que de todas maneras sigue habiendo una frontera entre el ejercicio del periodismo y el activismo. Que es importante respetar, porque es lo que va a garantizar que lo que tú estés publicando como periodista tenga más credibilidad.

Los géneros periodísticos están ahí por algo. Cuando uno quiere opinar, tú opinas. Cuando tú vas a investigar, tú investigas, tú demuestras con hechos, tú contrastas tus fuentes, utilizas varias fuentes si vas hacer una denuncia de algo. Uno trata de respetar esos géneros que están ahí por algo. Y respetar también a una profesión que tiene reglas y normas que no son por gusto. Están para garantizar, primero para protegerte, segundo proteger tus fuentes y tercero avalar que la información publicada tenga el impacto que tú buscas. Esto no quiere decir que un periodista cuando salga de su redacción vaya y milite en un partido, por supuesto. Pero tienes que saber dónde están los límites.

-Te voy a dar una mala noticia y una buena. El periodismo digital, incluso el tradicional, no ha superado la crisis que provocó la irrupción de las nuevas tecnologías. La mayoría de los medios no ha encontrado un modelo de negocios eficaz. Y lo peor es que dentro de diez años, inclusive ahora, medios chinos utilizan robots como presentadores. Se dice que la inteligencia artificial y los robots sustituirán a gran parte de los periodistas, en particular a los que redactan noticias. Quedarán, supongo, los periodistas que puedan contar historias diferentes para ser leídas por un puñado de lectores nostálgicos del diario dominical. La buena noticia es que esos adelantos tecnológicos van a demorar en llegar a Cuba. ¿No te ha pasado por la mente renunciar al periodismo, ante esa eminente catástrofe y refugiarte en la literatura o la poesía?

No lo sé. Creo que nunca voy dejar el periodismo. Lo que quiero es contar historias. Y el periodismo que hago me da ese espacio. Aunque, por supuesto, en algún momento me encantaría hacer literatura. De hecho, cuando comencé a escribir de niña, con once años, no empecé haciendo periodismo. Me gustaba escribir cuentos y novelas. A los doce años escribía páginas y páginas de cosas. Ése fue mi inicio, la ficción. Pero mi interés principal es contar historias. Me encantaría escribir guiones de cine, pero sin renunciar del todo al periodismo. La única diferencia será que habrá cosas de ficción y de no ficción.

-¿Piensas que las redes sociales le están haciendo daño al periodismo serio?

Las redes sociales son un instrumento usado por las personas. No las veo como algo abstracto, tienen vida propia. Sí creo que tenemos que educarnos en el uso de las redes sociales. Sobre todo en el consumo de noticias e informaciones. Mucha gente dice "lo leí en internet", pero internet no es una fuente de información. Tenemos que saber identificar cuáles fuentes son confiables, por qué son confiables y por qué no. La gente tiene que aprender a consumir periodismo. Buscar las fuentes y citas de las noticias. Creo que en las escuelas se debería incluir, como una asignatura más, como protegerte de internet, verificar lo que se lee y cómo consumir la información en internet. Lo que sí no creo es que el periodismo vaya a desaparecer, porque el periodismo no solo informa, también ayuda a entender. Y el periodismo literario está buscando aportar otras cosas, otros enfoques. No solo dar una noticia dura y pura.

-Pero sucede una cosa. Cualquier chisme o noticia falsa genera miles de comentarios en las redes. Sin embargo, un reportaje profundo y ameno como La sangre nunca fue amarilla, que tú publicaste en Periodismo de Barrio, y fue galardonado con un Premio Gabo de Periodismo, apenas tuvo comentarios en el sitio. La retroalimentación, cuando la hay, se queda solo en el mundo intelectual. Y viene sucediendo algo curioso, dañino y peligroso: los que te leen suelen ser periodistas y profesionales de la comunicación. A las personas que van dirigidos esos reportajes de fondo por lo general no les llega. Ni siquiera de rebote.

Ese reportaje, La sangre nunca fue amarilla, me llevó tres años, entre investigación y edición. Es cierto que a veces uno se siente un poco decepcionado. Pero sigo insistiendo.

El dependiente trae algo de comer. Mónica comenta que es fan al cine. “Cuando el 5 de diciembre comience el Festival de Cine anualmente celebrado en La Habana, y hasta que termine, el 15 de diciembre, desconectaré el móvil. Me gustan los filmes clásicos en blanco y negro. Todas las noches iré a ver una película”. Le gustó la versión de Joker de Joaquin Phoenix. Le encanta Tarantino. ¿“No viste su último filme, Érase una vez en Hollywood?”, le pregunto. “No, qué tal”, se interesa en saber. “Muy buena, Tarantino en estado puro”, le digo.

Terminamos de comer y volvemos a la carga. Me cuenta que la Seguridad del Estado la ha detenido una sola vez. “Fue en Guantánamo, en 2016, cuando el huracán Matthew. Tampoco estoy regulada (impedida de viajar al exterior). Al menos por ahora”. No se ve haciendo política. “No es lo mío. Los políticos, en democracia, tienen que llegar a diferentes concertaciones para poder gobernar. Prefiero juzgarlos como ciudadana y desde el periodismo”.

Tiene sus hábitos y manías. "Antes de sentarme a escribir, preferentemente por las mañanas, tengo que bañarme, luego tomo café y prendo un incienso, en ese orden. No necesito aislarme. Igual puedo escribir en un aeropuerto que en medio del mayor bullicio. Leo mucho, a cualquier hora”, confiesa.

Respeta el columnismo político. Considera que se deben tener amplios conocimientos históricos, mucha información y una buena capacidad de análisis para ejercerlo. Pero le gusta mojarse y dar su opinión sobre cualquier tema cuando se la piden. Mónica Baró es una de las 40 cubanas que firmaron una carta pidiendo una Ley Integral contra la violencia de género y el pasado mes de noviembre la presentaron a la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Ya es de noche en La Habana. Me despido de una de las voces jóvenes del cambio en Cuba. Una mujer que apuesta por un periodismo diferente. Y también por democracia en su país.

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