LA HABANA— Mark Twain, célebre escritor estadounidense, que algo conocía de la naturaleza humana, señaló que era mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda. Puede que el mandatario Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, 61 años, elegido a dedo por el dictador Raúl Castro, no conozca la frase. En sus tres años de gobierno su sentido del ridículo parece no tener límite.

Sus frases son objeto de bromas entre los cubanos de a pie y desatan innumerables memes en las redes sociales. Rogelio, dueño de un bar de tapas al oeste de La Habana, cuenta que en días recientes, viendo una intervención de Díaz-Canel, no creía lo que escuchaba.

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“Estaba proponiendo que los trabajadores privados renunciaran a una parte de sus ganancias para que bajaran los precios y detener la inflación. La otra propuesta era de corte estalinista: que el pueblo denunciara a los que venden caros los productos para controlar los precios. Pensé que era un chiste por el día de los inocentes. De verdad que es un bufón. No tiene un plan coherente para solucionar los problemas del país. Debería renunciar”, opina el emprendedor privado.

Un exfuncionario de Villa de Clara afirma que cuando Díaz-Canel fue primer secretario del partido comunista en esa provincia no se destacó por ser brillante, “pero rompía el molde tradicional de los cuadros (dirigentes). Escuchaba a la gente y era bastante tolerante. Recuerdo que muchos querían cerrar el centro nocturno El Mejunje, sitio de encuentro de la comunidad LGBTI, y Díaz-Canel intervino para que lo mantuvieran abierto. Escuchaba rock y era fan de los Beatles. Parecía un soplo de aire fresco en medio de una casta geriátrica y acartonada. No solía hablar boberías ni repetir frases de Fidel Castro como ahora. El acceso al poder lo ha idiotizado, tal vez por miedo, oportunismo o comodidad”.

Diana, abogada, sufre con las peroratas del presidente cubano. “Sus diálogos con la gente en la calle son forzados. Parece un androide, mitad persona, mitad robot. Cuando lo escuchas te da la sensación que está bajo los efectos de alguna medicación. ¿Estará enfermo? Porque no creo que vaya a los actos y reuniones pasado de tragos. Lo peor son sus discursos, aunque se supone que publican las frases más coherentes. Algo pasa. O los editores de prensa son contrarrevolucionarios o el tipo no dice nada interesante”.

La expresión antológica de Díaz-Canel, según Ricardo, barbero, “que se llevó la medalla de oro del disparate fue aquella de que la limonada era la base de todo, al referirse a la escasez de limones en el país. Pero tiene muchísimas frases locas. Además, tiene una mirada asustada, sus gestos son impostados y sus ademanes estudiados. Compite con Nicolás Maduro y Daniel Ortega por ser el presidente más ridículo del continente”.

Para Manuel, taxista particular, la situación es muy grave como para tomarse a la ligera los desatinos del hombre que dirige la república. “Muchísima gente le pone motes a Díaz-Canel y constantemente se burla de sus teorías peregrinas. Probablemente es una válvula de escape de los cubanos para no volverse loco. Las cosas que dice me hacen coger tremendo encabronamiento. Pero él no se percata de su falta de empatía y carisma y en una reunión tras otra siempre repite la misma muela y nada resuelve. El mote de singao le queda que ni pintado. En una nación democrática ya hubiera renunciado”.

Luis Antonio, licenciado en filosofía, considera que es un chiste de mal gusto retomar al marxismo como doctrina de gobierno. “Cuando me gradué era especialista en las teorías de Marx, Engels y Gramsci. No pude conseguir empleo en ninguna institución del Estado. Me decían que Cuba lo que necesitaba eran ingenieros, científicos o gente que trabajara la tierra. Después de la caída del comunismo soviético quedó demostrada la nulidad doctrinaria del marxismo en tiempos de economía global y nuevas tecnologías. Incluso en un borrador antes de aprobarse la actual Constitución querían quitar la palabra marxista. Regresar al marxismo no tiene sentido”, subraya Luis Antonio, quien hace cinco años labora en el complejo lácteo del municipio Cotorro, al sur de La Habana. “Un empleo que me ha sido más rentable que dedicarme al marxismo”, añade.

A la Cuba real, la de los cubanos descontentos con el desabastecimiento de alimentos y medicamentos, que devengan salarios devorados por la creciente inflación y que hacen colas tres o cuatro horas al día, le resbala la narrativa surrealista del régimen.

“Bastante tengo ya con cuidar a mi madre enferma y criar dos hijos yo sola para tener que dispararme las tonterías que dicen Díaz-Canel y sus ministros. Hay una competencia entre ellos haber quien habla más sandeces. Los dirigentes cubanos viven en otro planeta. No les falta nada. Lo que para el pueblo es negro, para ellos es rojo. Están divorciados de la realidad. Padecen de miopía”, afirma la jubilada Gladys en la cola para comprar el pan.

Desde hace dos años, la propaganda del partido comunista ha resucitado el supuesto relato ‘revolucionario’, desempolvando los extensos discursos de Fidel Castro, ensalzando su obra y ocultando los sonoros fracasos que provocó su voluntarismo político. Se ha desatado un intenso culto a su personalidad. Es casi obligado visitar su piedra-tumba en Santiago de Cuba, se inauguran museos y exposiciones, se efectúan simposios, practicantes de religiones afrocubanas le dedican ofrendas y hasta una compañía teatral de niños y adolescentes en su honor se transmuta en un coro de plañideras.

Por su historia, su cultura y su idiosincrasia, Cuba está lejos de parecerse a Corea del Norte. Pero el régimen de Díaz-Canel se empeña en conducirla por ese camino.

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