Le dolió tanto que no pudo soportar la vida, la vida sin su hijo, sin esperanza. Pero la historia de Carmen Navas no termina con su partida. Nos enseña que hay dolores tan inmensos que trascienden el cuerpo y el contexto nacional, pues estas historias son universales y persisten en la memoria colectiva.
Carmen encarnó el dolor de una madre que buscó a su hijo hasta el último suspiro, aferrada a una esperanza que terminó por romperse demasiado tarde.
El testimonio
A los 81 años, Carmen Navas, madre del preso político venezolano Víctor Quero, falleció pocos días después de enterarse de que su hijo había muerto nueve meses atrás bajo custodia del régimen venezolano. Durante más de un año, recorrió cárceles, instituciones y oficinas oficiales sin descanso, preguntando, insistiendo, resistiendo al silencio.
Su historia, marcada por el sufrimiento y la incertidumbre, cobra ahora nueva vida en un emotivo testimonio audiovisual realizado por el cineasta Rafael Hernández, quien captó con sensibilidad la fe y el dolor de una mujer que se convirtió en símbolo de miles de madres venezolanas.
Porque nadie está preparado para sobrevivir a un hijo. El dolor fue tan profundo que le encogió el corazón. Quienes la conocieron dicen que Carmen vivía sostenida por una sola fuerza: la esperanza de reencontrarse con Víctor. Eso la mantuvo de pie frente al miedo, al desgaste físico y a sus propios problemas de salud.
Este filme documental refleja también una herida abierta, una conversación pendiente entre un país y sus desaparecidos.
La noticia
El Ministerio de Servicios Penitenciarios del régimen informó el pasado 7 de mayo que Víctor Quero había fallecido el 24 de julio de 2025, mientras permanecía bajo custodia estatal. Su arresto, ocurrido en enero de 2025, había sido denunciado por organizaciones de derechos humanos como una desaparición forzada, ante la falta de información oficial durante meses.
Carmen visitó la tumba donde habían enterrado a su hijo sin su conocimiento. Exigió la exhumación de los restos para confirmar su identidad. Luego, en un discreto cementerio al este de Caracas, lo despidió entre lágrimas y oraciones.
“Dios me dé la fortaleza”, susurró entre sollozos durante la eucaristía celebrada para despedir a Víctor. Fue su última aparición pública.
Días después, Carmen también partiría.
La madre
Su amiga cercana, Edilda Zambrano, la describió como “una mujer maravillosa, de coraje, persistente en todo momento”, palabras que ahora resuenan con más fuerza.
Carmen no solo buscó a su hijo; se convirtió en el rostro de tantas madres venezolanas que esperan noticias, respuestas o el derecho a volver a abrazar a quienes les fueron arrebatados.
La líder opositora y Premio Nobel, María Corina Machado, lamentó públicamente su fallecimiento y afirmó que Carmen terminó siendo la voz de madres que, como ella, buscan a sus hijos desaparecidos.
El duelo
Su caso ha conmovido a Venezuela, a la diáspora y a la comunidad internacional. No solo por la tragedia de una madre y un hijo, sino porque representa otro capítulo de una realidad dolorosa: al menos 19 presos políticos han muerto bajo responsabilidad del régimen venezolano desde 2014.
Muchos en redes sociales comenzaron a llamarla “la abuela de Venezuela”. Otros dijeron algo aún más devastador: que Carmen murió de dolor.
Tal vez sea imposible saberlo con certeza. Pero sí sabemos que el amor de una madre fue más fuerte que el miedo y permaneció intacto hasta el final.