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@DesdeLaHabana

LA HABANA.- La Ciudad Nuclear de Juraguá, en Cienfuegos, al centro de Cuba, no es Pripyat [localizada al norte de Ucrania, que sufrió el peor accidente de la historia de la energía nuclear en 1986].

La diferencia es que en Juraguá vive gente y no hay radiación. Pero los bloques de edificios homogéneos y chapuceros de corte soviético y los cuatro reactores atómicos que nunca se terminaron de construir por falta de presupuesto, le dan un aire de urbe paralizada.

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Por la calzada de asfalto destrozada que circunda la llamada Ciudad Nuclear ruedan anacrónicos automóviles Lada o Moskvich, sobrevivientes de la era soviética. También viejos tractores facturados en Bielorrusia y camiones KamAZ, producidos en una fábrica ubicada en la ciudad rusa de Náberezhnye Chelny.

En Juraguá residen exingenieros y especialistas en centrales nucleares que jamás ejercieron su profesión. Se graduaron en universidades de la desaparecida URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) y a partir de 1990, cuando comenzaron a regresar a Cuba, un abatido Fidel Castro informaba la paralización de las obras constructivas por falta de dinero.

Ya casi todos están jubilados o cambiaron de profesión. Es el caso de Ruslán, quien se adiestró en Kaliningrado como especialista en reactores atómicos y ahora es dueño de un taller de chapistería en un barrio al sur de La Habana.

Una tarde cualquiera, Ruslán hizo sus maletas y se fue de Juraguá. “Estudié todo lo concerniente sobre los reactores VVER-440/V-318, que eran los que se instalarían en la central nuclear de Cienfuegos. Había diferencias con respecto a los reactores de Chernobyl. En esa central termonuclear se utilizaban los RBMK que después del accidente demostraron que eran inseguros. Los VVER, entre otras características, contaban con un muro de contención. De cualquier manera uno se pregunta qué hubiera pasado si hubiese ocurrido un accidente en Cuba, pues en la construcción de la central en Cienfuegos se violaron varias normas técnicas”.

La exitosa serie Chernobyl, producida por HBO, ha tenido una enorme repercusión en la Isla, aunque la televisión estatal no la ha retrasmitido. El semiclandestino negocio audiovisual conocido por El Paquete, distribuyó los cinco capítulos por toda la geografía nacional. La prensa oficial ha arremetido contra la serie Chernobyl. En el sitio digital Cubadebate se han publicado varios artículos para demonizar el serial por 'su excesiva politización' o por su amnesia: no contó que gracias a Fidel Castro, entre 1990 y 2016, más de 26.000 personas recibieron tratamiento médico en Cuba. La inmensa mayoría eran niños ucranianos que fueron alojados en Tarará, otrora ciudad balneario, ubicada en el litoral este de La Habana.

Ruslán considera que esa reacción se debe a un instinto defensivo. “Nunca trabajé en centrales atómicas occidentales, pero sí hice prácticas en algunas de la URSS. Y te digo que las normas de seguridad eran bastante flexibles. Ha habido accidentes en diferentes centrales nucleares del mundo, pero en la de Chernobyl, con más de 4.000 muertos, es donde más personas han fallecido por los efectos de la radiación. Además, la serie de HBO deja en evidencia el modo de dirigir en los países comunistas, a base de consignas, medias verdades y mentiras para camuflar la realidad”.

En Cuba sucede un fenómeno curioso. Entre los cubanos que solo desayunan café, se han arraigado ciertas costumbres españolas, africanas y preferencias por las marcas estadounidenses. Carlos, sociólogo, ahonda sobre el tema.

“Es normal ese apego a tradiciones de los españoles, fueron los que nos colonizaron y hablamos el mismo idioma. Por tanto se entiende el gusto por sus comidas y costumbres. De África legamos la religión yoruba, algunos alimentos, bailes y tradiciones. De Estados Unidos, nación que desde su revolución en 1776 la mayoría de nuestros próceres independentistas apostaban por la anexión, nos quedó su modernismo, la música, el cine, la tecnología y sus líneas maestras en la gerencia empresarial y contable, algo que luego no aprovechó la revolución de Fidel Castro".

Según el sociólogo, eso se asimiló de manera natural, sobre todo a raíz del intercambio comercial entre Cuba y Estados Unidos en el siglo XX. "Pero de la URSS quedó muy poco. Era otra cultura, otra religión, otros hábitos alimentarios. Aunque estuvieron treinta años involucrados en la vida nacional y en Cuba tuvimos acampados a miles de soldados y asesores civiles soviéticos, en mi opinión, el principal legado que ha quedado es el de cientos de matrimonios y los nombres de origen ruso de unos cuantos cubanos. Ni sus modas ni sus costumbres tuvieron demasiado arraigo entre la gente. Donde se consolidó el modelo soviético de vida y gobierno fue en la clase política y eso se ve en las estructuras del Estado y en la Constitución de 1976, calcada de la carta magna soviética de 1936 emitida por Stalin”.

Para Leonardo, profesor jubilado de marxismo, “la etapa soviética en Cuba fue donde hubo mejor calidad de vida. Hasta Fidel [Castro] tenía sus reticencias en adoptar el modelo soviético, pero después del fracaso de la zafra del 70, las instituciones cubanas copiaron el modelo soviético y la economía creció aceleradamente. En los mercados liberados sobraba la comida. Teníamos industrias con su tecnología, casi todo el transporte nacional era soviético, sin contar armas de calidad contrastada. La URSS se viene abajo por el triste papel de Gorbachov, probablemente un agente de los servicios especiales de Occidente, que desmontó toda la estructura gubernamental y abrió las puertas al peor capitalismo. Ahora en Rusia existe un sistema autoritario al frente del cual se encuentra Putin, que lleva casi veinte años gobernando. Lo llamativo es que los comunistas rusos no son apoyados por el gobierno y están en la oposición”.

Durante tres décadas, entre 100.000 y 300.000 cubanos recibieron becas universitarias y pasaron cursos de post-grado en la Unión Soviética. En internet, sea en periódicos online, webs, blogs o redes sociales, se localizan numerosos testimonios de cubanos que estudiaron en diversas repúblicas de la antigua URSS. Unos la rememoran desde los países donde actualmente viven, otros desde Cuba, como el escritor Emerio Medina Peña (Holguín, 1966). Medina se graduó de ingeniero mecánico en Uzbekistán y en una extensa crónica publicada en La Habana Elegante recordaba:

"Si uno se detiene un poco a examinar lo que nos quedó de la presencia rusa en Cuba, descubriría que estamos rodeados por elementos imprescindibles y variados: medios de transporte, tecnología, vocabulario, nombres propios, cultura cinematográfica, ciertos íconos culturales, abundante literatura impresa (basta revisar los estantes de una biblioteca pública o las colecciones privadas de muchísimos lectores). Para la mayoría de cubanos de más de 30 años, hoy es imposible recordar su juventud sin evocar un radio Rodina o Selena, un televisor Krim o Elektron, una bicicleta Chaika o Ukrania, una cámara fotográfica Zenit, un tocadiscos Ilga, una grabadora VEF, las revistas Unión Soviética, Sputnik y Mujer Soviética, un automóvil Lada, Moskvich o Volga, un camión KamAZ, ZIL, GAZ o KpZ, una motocicleta Verjovina, Karpati, Vosjod, Ural, Dniéper o Júpiter, un reloj-pulsera Slava, Raketa o Poljot, un despertador Zairá, una guagua LAZ o PAZ, una lavadora Aurika..."

No todos los que actualmente gobiernan en Cuba estudiaron en la URSS, pero algunos de los más viejos, que se caracterizan por su intransigencia castrista, aún conservan una pasión desbordada por la extinta Unión Soviética. La autocracia verde olivo aprobó la anexión de Crimea y muestra su apoyo a Rusia en foros internacionales.

En la enseñanza secundaria y preuniversitaria todavía se ofrece una versión edulcorada de la Unión Soviética. No se mencionan los crímenes de Stalin, entre ellos el Holodomor en Ucrania, donde unos cinco millones de ucranianos murieron de hambre en 1932-1933. Tampoco los Gulags, campos de trabajo forzados, vigentes desde 1930 hasta 1960, diseminados por el vasto territorio nacional. Por los Gulags pasaron 14 millones de personas, hombres y mujeres de todas las edades y nacionalidades de la antigua URSS, también ciudadanos extranjeros. Se calcula que más de un millón no logró sobrevivir. Otro episodio del cual en Cuba prefieren callar es la masacre en el bosque de Katyn, ocurrida en 1940, cuando el ejército rojo y la policía secreta soviética asesinaron a cerca de 22.000 polacos.

La añeja clase política cubana, que desde 1959 gobierna la nación, siente añoranza por aquellos tiempos, donde cualquier atisbo de disidencia era sofocado con largas condenas de cárcel y la información se controlaba con puño de hierro. Lo que más extrañan es el cheque en blanco del Kremlin, dos veces superior al del Plan Marshall en Europa, las guerras en África y el día en que Fidel Castro emplazó cohetes atómicos en la Isla.

Pero de aquel legado soviético, algo ha quedado. Los dirigentes siguen gobernando. Sin elecciones y sin democracia.

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