A Víctor Carlos Oramas se le confunden los días de la semana en La Habana, Cuba. Nació y se crió en la barriada El Canal, municipio Cerro, "donde el bullicio de la gente y el volumen de la música" marcaban el ritmo festivo de la vida, el horario y los días.

"Ya no sé cuándo es miércoles o viernes, el silencio de este barrio se volvió idéntico al de los lunes: pesado, como de luto. Con mucha suerte escuchas un equipo de música a todo volumen sábados o domingos, como si la gente hubiera perdido las ganas de divertirse, de celebrar la vida alrededor de un trago", describió Oramas, joven de 32 años y fisiculturista.

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Aunque las restricciones epidemiológicas, a consecuencia de la pandemia, impiden actualmente la celebración de festividades que conlleven a la aglomeración de ciudadanos, La Habana nunca fue amistosa con el silencio, sino una ciudad bulliciosa por excelencia.

"No necesariamente las fiestas eran motivo para poner el bafle a disposición de la vecindad, porque los cubanos somos musicales de naturaleza, adictos a los decibeles", concordó Damián Terry, sonidista desde hace más de 20 años que amenizaba bodas, quince o actividades cederistas o en centros laborales en las barriadas de Diez de Octubre.

"Los barrios de La Habana, desde hace años, se volvieron aburridos porque apenas existían ofertas de entretenimiento o recreación, pero la música no faltó nunca. Tú sabías cuándo era viernes en los solares por el volumen de la música, e incluso por el tipo de música. Pero desde que comenzó la pandemia, La Habana simplemente se apagó", señaló Terry.

Una veintena de habaneros preguntados apreciaron que, desde comienzos de la pandemia en marzo del pasado año, el volumen de la música parece haberse convertido en otra prohibición más. Varios altercados entre las fuerzas de la policía y ciudadanos se protagonizaron en varias barriadas habaneras por la interpretación errónea de que música alta y aglomeración ciudadana eran la misma cosa.

"Casi a diario veías videos en las redes sociales de familias, o vecinos de un solar, enfrentando a la policía, y el motivo era por el volumen alto que supuestamente podría atraer a la muchedumbre", opinó Andrés Guerra Quintana, vecino de Playa y víctima de un desmesurado atropello policial mientras disfrutaba dentro de su domicilio de una velada junto a sus tres hijos y esposa.

"Lo que nos sucedió no fue un hecho aislado. Es algo que se volvió cotidiano, como si disfrutar un sábado con tu familia, dentro de tu propia casa y con música, fuera parte de las prohibiciones y del confinamiento. En mi opinión se nos ha impuesto el silencio en todos los sentidos", añadió Guerra Quintana.

Vecinos del consejo popular Colón, Centro Habana, consideraron que además del inexplicable "silencio musical", en uno de los territorios más densamente poblado de la provincia, la prohibición de sentarse en los muros del malecón habanero es una medida excesiva.

"El Malecón es emblemático de La Habana, pero también es una especie de parque para nosotros, donde solemos sentarnos a coger el fresco o a despejar del agobio cotidiano", comentó Ada María Cabrera, quien antes de la pandemia rentaba habitaciones a turistas extranjeros.

"Con el inicio de la pandemia llegó la prohibición de sentarse en los muros del Malecón a cualquier hora del día. Entendemos que toda La Habana, especialmente los fines de semana, recalaba aquí porque siempre fue parte de la diversión de los pobres. Pero creo que, con un control no asfixiante, y respetando el distanciamiento social, el Malecón podría seguir siendo ese espacio de escape cotidiano para quienes lo tenemos enfrente", objetó Cabrera.

En principio los residentes de barriadas cercanas al Malecón pensaron que la prohibición era por las remodelaciones que las autoridades del régimen habían emprendido meses antes de la expansión del Covid-19. Pero, parte de las obras de restauración también se paralizaron como las de varias edificaciones ubicadas en esta propia avenida.

"Ni siquiera cuando abrieron las playas el año pasado levantaron la prohibición de sentarse en cualquier tramo del Malecón. Incluso quienes llegaban para lanzar al mar ofrendas religiosas tenían que hacerlo a escondidas", relató Vivian Durán Fernández, vecina del consejo popular Cayo Hueso.

"La Habana en silencio y sin Malecón no es vida. Ni siquiera se siente a los bicitaxistas que en su tiempo eran los más bulliciosos de toda La Habana. Ni los muchachones que llegaban a sentarse en el Malecón con sus bocinas portátiles y le ponían un poco de salsa al ambiente de fin de semana. La verdad es que ahora me percato de que la bulla es molesta fuera de hora, pero mucho peor es el silencio, y lo digo con autoridad porque tengo 59 años viviendo aquí mismo", añadió Durán Fernández.

De ciudad luctuosa describió a La Habana Yoel Cordoví, estudiante universitario y vecino del Vedado, en las cercanías del antiguo centro recreativo El Castillito.

"Podrá parecer de loco, pero el bullicio habanero se extraña. Hay un silencio como de luto, de funeral casi, y es cualquier día de la semana y en cualquier barrio de La Habana. Y ese Malecón sin personas se me antoja un ataúd. Es como una prohibición más allá de la necesaria por la pandemia; como si ambas cosas se puedan quedar así para siempre. Y precisamente es eso lo que temo, que La Habana se quede en silencio y sin Malecón para siempre", concluyó Cordoví.

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