viernes 6  de  marzo 2026
RELATO

La doble suerte de Ariel

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

Noraida era la que pagaba el botero, no entendía nada, pero confiaba en mí.

Yo era el abogado que había contratado en La Habana para defender a su hijo Ariel, a quien habían detenido junto con dos tripulantes a bordo de una lancha, de esas que llaman cigarretas, cuando intentaba recoger a la novia, a su hermana y a Noraida por la playa de Guanabo.

Ariel era lo que en prisión se conocía como un Yuma, porque había llegado desde la orilla de enfrente, algo inconcebible para todos los que solo pensaban en escapar.

El superbote parece que era reparado y se le calentó la bobina. El mismo oficial que los detuvo, entre risas les comentó que si hubieran envuelto la bobina con un trapo mojado todo se hubiera resuelto, "estudien electricidad para la otra", les decía mientras lo esposaba con las manos a la espalda.

El botero no se sentía cómodo con mi premura, "lo traía a la una mi mula" así me reclamaba, correteando de un tribunal a otro para matar varios pájaros de un tiro antes de que terminara la jornada. Le adelanté que la presión se extendería más allá de esos carrerazos, porque al final debíamos salir como bola por tronera para la cárcel del Pitirre, en San Miguel del Padrón, donde estaba preso Ariel y de donde creía que lo sacaría esa noche, si los planetas seguían alineándose como hasta ese momento.

Si conseguía su salida, Ariel se convertiría en el primer Yuma en la calle con un cambio de medida y todo por un error de comunicación entre los tribunales, un vacío jurídico del que me estaba colgando.

"Noraida ve vendiendo la peluquería porque vamos por cuatro carreras y todavía falta el Pitirre ese y regresar a Matanzas", amenazaba el botero en voz alta y mirándome de reojo.

Ariel tenía dos causas penales abiertas, una por la entrada de marras y otra porque dos años antes del fatal regreso se había escapado de su natal Matanzas a bordo de un botecito pesquero: El y su padre llegaron a un acuerdo con el patrón y simularon un secuestro, el patrón regresó a Cuba y Ariel contó por radio Martí cómo tras amenazar al tipo no tuvo más remedio que poner proa al norte.

Los fiscales me ayudaron mucho al decidir llevar los procesos por separado, quizás buscando una sanción más severa. Así fue como descubrí que la prisión preventiva se la habían impuesto por el caso inicial, el secuestro del bote, y no tuvieron que hacer nada para iniciar el caso de la entrada ilegal porque ya lo tenían preso.

Ariel tuvo la suerte de que en pleno período especial el régimen comenzó a tratar las salidas ilegales como delitos menores, dejando en multa las sanciones y liberando a los pendientes. Un beneficio que le sería esquivo a Ariel por tener pendiente la entrada ilegal y por la aparente violencia con que había escapado del país.

Cuando presenté de oficio la solicitud de libertad me percaté de que estaban dormidos con la información del otro caso, la jueza no había ni siquiera leído los folios y pensaba que tenía ante sí a un balsero más, otro inepto atrapado infraganti.

Como le expliqué a Noraida, esa tarde colé un gato por libre y conseguí que le dieran "la calle", más le dejé claro que era coyuntural, que con una llamada de la prisión al tribunal de la segunda causa me destrozaban el plan. solo tenían que alertar al fiscal del caso para que presentara nuevamente la solicitud de prisión.

Por eso mi premura y el desespero que traía de cabeza al chofer, era importante cerciorarme de que la información con la orden de liberación había salido, que en el otro tribunal no supieran nada y tratar de llegar a la cárcel en la tarde, cuando las secretarias de cortes y fiscalías estuvieran en retirada, sin ganas de contestar o profundizar en las causas de Ariel.

En el Pitirre "armaron tremendo titingó", nos narraba José Angel, un preso amigo que tenía acceso al área de oficinas, "un error gritaba en voz alta, no puede ser que liberen a un Yuma pendiente".

Finalmente, los militares nos dieron la cara para decirnos que estábamos obligados a esperar, no por la llamada a corte, sino por la llegada del jefe de la prisión, a quien el oficial de guardia había reclamado de vuelta.

Por dos horas estuvimos recomiéndonos los hígados y aguantando las quejas del botero hasta que el teniente coronel salió, al timón del mismo Lada en el que antes había entrado a toda carrera. José Angel, el preso amigo, nos dio esperanzas y recomendó que nos quedaremos. Dijo que habían llamado hasta al "historiador de la ciudad", pero que al final el papel estaba en regla y la notificación les había entrado por el fax y "vía 500", que era el código de las llamadas telefónicas.

Casi a medianoche Ariel, con cara de susto, salió por la garita principal, lo habían amenazado con buscarlo debajo de la tierra si esto era una trampa. Y lo era, por eso no lo deje respirar, "te tienes que pirar, piensa que esto es un pase de varias horas, pero al final de que vienen por ti, vienen".

El botero no volvió a hablar, ni a bromear con la venta de la peluquería de Noraida, tuvo además que regresarme a mi casa y luego partir a Matanzas.

Ariel era el tipo más afortunado de Cuba, recién salido del Pitirre vino la crisis de los balseros y pudo montarse en un bote con todas sus mujeres y su número de seguro social y regresar a Miami, donde había dejado su licencia de conducir, una grúa y hasta un remolque.

A mí, como era de esperar, me vinieron a ver los de la seguridad del estado, buscando enredarme y responsabilizarme del rabo que le pusimos. Yo empleé mi mejor cara de tonto para preguntarles ¿cómo les pudo pasar inadvertido el escape de Ariel?

El oficial Alberto, así decía que se llamaba, me aseguró que Ariel pasó por debajo del radar porque nunca escribió un letrero contra la revolución, ni gritó abajo Fidel, porque entonces ellos hubieran entrado en acción, y mientras decía eso se golpeaba el pecho como un gorilla de zoológico, “créeme que entonces ni él ni tú hubieran escapado".

Me dieron ganas de decirle que esa justificación era tremenda mierda, pero preferí asentir en silencio, como si le entendiera, como si le tuviera miedo.

Hoy me encontré a Noraida en Hialeah y le pedí permiso para contar la historia, ella sigue en la misma dimensión, no entiende nada de lo que digo, ni de las autorizaciones que le pido, pero sonríe y me dice que sigue confiando en mí.

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