domingo 4  de  enero 2026
ANÁLISIS

Trump y la Torre de Babel

El documento de política del Consenso de Seguridad Nacional, difundido por la Casa Blanca, llama a las naciones del continente y del mundo a defender sus derechos inalienables

Por PELEGRÍN CASTILLO

La administración Trump, respondiendo al poderoso mandato que recibió de la mayoría del pueblo estadounidense, está revisando y desmontando el orden internacional de la globalización que concibió e impulsó el establishment de Estados Unidos y Occidente tras la caída de la URSS y del campo socialista.

Ese orden globalista, nivel superior del imperialismo, giraba en torno a una visión utópica de cadenas de suministro y mercados perfectamente integrados a escala planetaria; al multilateralismo, con sus sistemas de reglas modelados por los poderes blandos; al multiculturalismo de un mundo sin fronteras, en permanente flujo; y al ominoso transhumanismo, apoyado en las tecnologías de la cuarta revolución industrial. Todo ello bajo la hegemonía de Estados Unidos, en una relación compleja y de alto riesgo con China, como la gran fábrica del mundo, que el historiador británico Niall Ferguson denominaría Chimerica.

Las élites globales, especialmente las occidentales, estaban en realidad construyendo su moderna Torre de Babel. Pronto, una serie de acontecimientos poderosos les demostró que el globalismo, el último virus ideológico, estaba condenado al fracaso; que esa imponente torre terminaría por derrumbarse de forma estrepitosa; y que las naciones, las culturas, las religiones y las estructuras familiares y tradicionales resistirían y frustrarían los proyectos destinados a borrarlas, diluirlas, disolverlas o reconstruirlas a voluntad.

El movimiento patriótico Tea Party preparó el ambiente cultural en Estados Unidos en el que pudo arraigar una fórmula rupturista de nacionalismo de gran potencia, tan poderosa como la de Donald Trump y el movimiento MAGA, tendencia que se reforzó tras su retorno al poder, luego del golpe de Estado sofisticado y eficaz que se le propinó desde el Estado profundo y los globalistas entre finales de 2019 y principios de 2020.

Es evidente que Estados Unidos se encuentra en una fase de repliegue y reconcentración en las Américas, de forma ordenada, pactada y gradual, para no repetir la experiencia de su retiro abrupto del mundo tras la Primera Guerra Mundial y el abandono de la Sociedad de Naciones. Está, en cambio, propiciando, con el espíritu de Yalta, el surgimiento de un nuevo orden internacional basado en el equilibrio de poderes y la concertación entre grandes potencias de primera división, en alianza con potencias regionales.

El gran desafío, como explicó Henry Kissinger en Orden Mundial, será ajustar los intereses y las visiones de las superpotencias dominantes en los márgenes de las regiones y “evitar que surjan guerras entre regiones”.

El documento de política del Consejo de Seguridad Nacional y la extensa rueda de prensa del secretario de Estado Marco Rubio son muy claros y elocuentes en la descripción de estas tendencias. En América Latina, el liderazgo debe comprender la importancia de este enorme giro geopolítico y aprovecharlo adecuadamente, contribuyendo al resurgimiento de un período de relaciones panamericanas que se asiente sobre bases más sólidas de seguridad, libertad, prosperidad y democracia compartidas.

“Nuestra América y la América que no es nuestra”, en palabras de Martí, se necesitan como nunca antes y, si dejaran de lado los prejuicios ideológicos y los resentimientos históricos, podrían dar nacimiento al espacio de civilización con mayores potencialidades del mundo entero, capaz de fijar su equilibrio.

Desde luego, para ello se necesitará un nuevo Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que incluya el enfrentamiento a la amenaza del imperio del crimen organizado transnacional en sus diferentes expresiones, que tanta fuerza ha adquirido dentro de la Economía Global Canalla (Napoleoni), así como el poderoso complemento de un Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA 2.0), que tome en cuenta las grandes asimetrías, especialmente con la región del Gran Caribe, que es a la vez “el vientre bajo” de Estados Unidos, es decir, su zona más vulnerable y de fácil penetración.

En el mismo orden de ideas, lo que comenzó con la doctrina Tobar en 1907 y que terminaría por concretarse en la Carta Democrática de Lima solo tendrá vigencia en gran medida si Estados Unidos es capaz de construir relaciones con las naciones y sus pueblos, y no con sus enclaves modernos, sus oligarquías atrasadas o sus sectores complacientes. Las naciones de América Latina y sus clases dirigentes tienen, a su vez, el gran reto de superar su mayor desafío histórico: integrar hacia adentro, en verdaderos proyectos nacionales, que descansen en cuerpos de ciudadanos y no en liderazgos mesiánicos o caudillos redentores.

Esto último es clave para resolver de raíz el problema de las migraciones masivas, expulsadas de sus países de origen por los numerosos colapsos de los Estados. El documento de política del Consenso de Seguridad Nacional, difundido por la Casa Blanca, parece tener conciencia de estos retos, pues llama a las naciones del continente y del mundo a defender sus derechos inalienables y sus legítimos intereses vitales. En las Américas existe una gran ventaja: una base cultural más homogénea que en cualquier otra parte del mundo.

Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos conservador y no partidista que se especializa en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com

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