“Venezuela es una bomba de tiempo, donde la situación de pobreza generalizada, la hambruna que cubre a una parte significativa de la sociedad, la represión política, el hostigamiento a los sectores que exigen el cumplimiento de sus derechos se convierten en un factor de presión, de movilización, que se hace presente cada vez que se abre una ventana”, analiza el exgobernador del estado Táchira César Pérez Vivas.
El malestar económico encuentra otro protagonista en el plano político. Una encuesta reciente de Meganálisis indica que 90,4% de los venezolanos no cree en una recuperación económica con el chavismo en el poder, mientras que 94,5% considera insuficiente un eventual aumento salarial de entre 100 y 200 dólares.
No es un reclamo solo por el alto costo de la vida en el país. Es una petición de cambio de gobierno, uno electo por el pueblo. Tras la captura de Maduro por Estados Unidos en enero, la sociedad nuevamente retomó las esperanzas y perdió el miedo, asegura el exgobernador.
“Estos últimos años de intensa represión política, de asesinato a los ciudadanos en las calles por ejercer el derecho a la protesta, de alguna manera, habían desmovilizado al país, lo habían paralizado, porque los principales actores estaban bajo persecución o en la cárcel, y se estableció un ambiente de miedo a la represión y a la persecución”, continúa. “Sin embargo, los eventos del tres de enero han generado una nueva esperanza, pero también han revelado, de manera clara y nítida, el agravamiento de la situación socioeconómica, porque la mayoría de los trabajadores y pensionados no tienen un ingreso para alimentarse dignamente, y dependen de remesas que sus familiares envían o dependen también de otros trabajos. Y, francamente, pues, lo que tenemos es una nación que muere de mengua”.
El éxodo venezolano, según reportes de 2025, superaba los 10 millones. Y tanto desde el exilio, como internamente, la población espera un cambio real. Que Delcy reemplace a Maduro no era precisamente lo que quería el país, indica Pérez Vivas.
“No podríamos hablar de un quiebre irreversible, porque la estructura de poder establecida por Nicolás Maduro se mantiene totalmente. Si bien ha habido algunos cambios, son cambios cosméticos, no son cambios de profundidad que representen el arribo a las posiciones de gobierno y del estado de personas comprometidas con valores democráticos. Son, por el contrario, nuevos actores que estaban en segundo plano para tratar de mantener la dictadura y para permitirle a Delcy Rodríguez ganar tiempo en su estrategia de quedarse en el poder, a pesar de que todo el ordenamiento constitucional venezolano les exige a los poderes públicos convocar unas elecciones presidenciales”.
¿Señales de cambio?
La protesta pacífica de la semana pasada en Caracas, a diferencia de algunas con el mismo objetivo de llegar al Palacio Presidencial tuvo un solo diferenciador: no hubo muertos. Pero tuvo represión, detenciones arbitrarias -aunque ya fueron liberados- y censura a los medios, así como robo de equipos.
No ha cambiado mucho, solo cambió el actor principal pero no el libreto llamado represión.
El abogado Eduardo Torres, expreso político, advierte que la represión no es coyuntural, sino parte de un esquema sostenido en el tiempo.
“Si el pueblo se deja, la criminalización persistirá y se acrecentará”, afirma, al referirse a detenciones y agresiones durante protestas recientes. Sin embargo, también identifica señales de resistencia que contrastan con la idea de una sociedad completamente contenida.
“Estamos viendo muestras… de familiares de presos políticos, trabajadores y estudiantes. La fuerza popular es enorme, el régimen no está en capacidad de contener las aspiraciones de cambio. Estamos operando bajo el riesgo de persecución, encarcelamiento y peligro para la integridad y la vida. Sin embargo, tenemos que aprovechar que cientos de defensores de DDHH, dirigentes políticos y sociales, periodistas, entre otros, para fortalecer la resistencia democrática , que está pasando a la ofensiva por el reclamo de derechos, de libertad, de justicia , de institucionalidad democrática”.
Torres rechaza lecturas binarias sobre el momento del país. “Ninguna de las dos”, responde al ser consultado sobre si Venezuela está más cerca de una explosión social o de la consolidación del modelo represivo.
Su análisis incorpora el peso de la historia reciente. Recuerda que el país quedó marcado por el estallido social de 1989, lo que sigue condicionando la respuesta estatal.
“Las fuerzas policiales y militares tienen cultura represiva a la hora de contener manifestaciones”, señala.
Aun así, insiste en el desgaste del poder. “El régimen está en decadencia, no tiene pueblo”, afirma. Pero advierte que el cambio no será automático: “Solo falta que la dirección política democrática asuma una política de unidad superior y una ruta para concretarlo”.
Presión creciente
El escenario combina presión social, deterioro económico y control político. Por un lado, una población que enfrenta ingresos mínimos que no cubren necesidades básicas y que comienza a volver a la calle. Por otro, un aparato estatal que mantiene el control institucional y responde con contención.
Pérez Vivas advierte que el país está “más allá del umbral de la tolerancia” y en una “situación de desesperación”, donde el hambre puede empujar a sectores a romper el miedo.
Pero también introduce una advertencia central: un estallido social no garantiza un cambio político si no existe una estructura que lo canalice.
“Ciertamente, estamos frente a un agotamiento del modelo. Ninguno de nosotros tiene una bola de cristal para adivinar cómo se va a desenvolver el comportamiento… porque existen elementos que pueden generar un evento inesperado que logre el colapso final de la dictadura. Por una parte, hay una situación de miseria, de pobreza, de hambre en Venezuela, que puede producir un estallido social. Ahora, esos estallidos sociales, si no tienen acompañamiento de una acción de fuerza, pueden consumirse, y el poder estructural puede continuar. Hay ejemplos como Cuba… donde la dictadura logra aplastar esas explosiones”.
Torres, en contraste, descarta un escenario inmediato de explosión y apuesta por una transición basada en organización política, mayoría social y reconstrucción institucional.
Ambos coinciden, aunque desde enfoques distintos, en un punto: el modelo muestra desgaste, pero conserva capacidad de control.
El resultado es un equilibrio inestable.
Un país con salarios de centavos, rechazo político mayoritario y protestas que reaparecen pese a la represión.