martes 6  de  diciembre 2022
CUBA

Veteranos de guerras en África y la lucha clandestina sobreviven entre la miseria y el olvido del régimen

Pero si esos ancianos algo tuvieron en común es que casi ninguno era oportunista. No recibían prebendas por su respaldo incondicional a Fidel Castro y su revolución

Diario las Américas | IVÁN GARCÍA
Por IVÁN GARCÍA 5 de abril de 2021 - 12:09

Gilberto H. cumpliría 82 años el próximo 6 de abril. Bebía mucho, comía poco y mal y la violencia domestica lo alejó definitivamente de su familia. Dormía encima de unos cartones donde le atrapaba la noche. Era un inadaptado social. Un desequilibrado. No siempre fue así.

En el otoño de 1975 voló en un vetusto avión Bristol Britannia a Luanda como parte de la Operación Carlota, nombre clave que utilizó el gobierno de Fidel Castro en la contienda angolana. Llegó a obtener el grado de mayor. Moradores de la barriada habanera de La Víbora lo recuerdan cantando música salsa en la parada de Acosta y 10 de octubre. Le llamaban Pedrito, por su parecido con el cantante de la mítica agrupación Van Van.

Vestía como un mamarracho y andaba con un rústico bastón de madera. Cuando no estaba ebrio era un tipo sensato. Le contaba al que quisiera escuchar la génesis de su locura. Una noche cerrada, rodeado por tropas de Jonás Savimbi, le llegó una información que tres soldados angolanos bajo su mando colaboraban con la UNITA. En un juicio sumario fueron condenados a muerte. Para no develar su ubicación al enemigo con una descarga de fusilería ordenó que los ahorcaran. Cargó siempre en su conciencia con esa pesadilla. Murió andrajoso y borracho una tarde lluviosa de 2009 en La Habana.

Jesús M. fue un piloto de categoría de aviones MIG. Era un comunista convencido que lindaba con el fanatismo. Residía en un pequeño apartamento a una cuadra de 41 y 42, en el municipio Playa, al oeste de la capital. Estaba casado con una rusa con quien tuvo su única hija. Su demencia fue gradual. Espiaba a su familia, a sus amigos y a sus vecinos. Enviaba informes a la Seguridad del Estado sobre las personas que escuchaban Radio Martí y disidentes como el matrimonio de Oscar Chepe y Miriam Leiva que residían cerca de su domicilio.

Su única desavenencia con el gobierno fue por la apertura del turismo y la legalización del dólar, moneda que prohibió en su casa, así como todo lo que dijera Made in USA. Su esposa y su hija lograron huir del infierno doméstico. Murió de un derrame cerebral, solo y abandonado.

Douglas G. hace rato que quisiera estar muerto. La explosión de una mina en Angola provocó que perdiera una pierna. Para sobrevivir en las duras condiciones del socialismo castrista, vende pacotillas baratas en su sillón de ruedas en una céntrica calzada. A pesar de ser veterano de guerra y haber sido condecorado por su participación en la guerra de Angola, su pensión de 1,675 pesos apenas le alcanza para pagar la factura eléctrica y comprar algunas viandas. Bebe alcohol pendenciero como un cosaco y padece de cirrosis hepática.

Vive en un sórdido cuchitril de un solar en el barrio de Atarés, Cerro. No tuvo hijos y sus familiares no lo atienden. La muerte se le resiste. No tiene planes para el presente ni el futuro. Douglas sobrevive como un zombi. La guerra civil de Angola, en la cual Cuba intervino durante dieciséis años, dejó una secuela de traumas personales, mutilaciones y demencia en cientos de compatriotas.

Más de 300 mil soldados tomaron parte en la contienda. Según cifras oficiales, 2,655 cubanos perecieron en los combates o fueron víctimas de minas terrestres y el fuego amigo. En su momento crucial, Fidel Castro concentró 52 mil hombres y más de mil carros de combate en el campo de operaciones. Desde una casona en Nuevo Vedado, apoltronado en una butaca de cuero negro, puntero en mano, a distancia dirigió las acciones bélicas en una maqueta gigante tanques y soldados de calamina.

En su obsesión por conocer al detalle el teatro de operaciones, Castro una vez envió un equipo audiovisual de las fuerzas armadas para que filmaran el campo de batallas. Estaba al tanto del rancho que consumían sus tropas. Supervisaba personalmente el envío de bombones, helado y latas de sardinas.

Aun se desconoce el monto de dinero que la autocracia verde olivo dilapidó en las guerras civiles de Angola y Etiopía. No pocos de esos veteranos son hoy desechos humanos. La Tarea Ordenamiento, un paquetazo de reformas salariales y precios que ha provocado una inflación vertiginosa, es otra vuelta de tuerca para muchos de estos veteranos que actualmente viven en la indigencia, el delirio y el alcohol. Para una nación que en la década de 1970 no llegaba a los 10 millones de habitantes, es una cifra demasiado alta que más de 300 mil cubanos participaran en guerras en el continente africano.

Ellos no han sido los únicos olvidados. También lo han sido los combatientes de la lucha clandestina, pertenecientes al Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, quienes solían utilizar métodos que hoy serían considerado terroristas como el secuestro de aviones y estallar bombas en cines y lugares públicos, pero fueron un complemento importante a las operaciones de Fidel Castro en la Sierra Maestra.

Tres mujeres con um amplio historial en la lucha clandestina, Norma Porras, Natalia Bolívar y Gladys Marel García, le enviaron una carta al presidente Miguel Díaz-Canel, designado por Raúl Castro para administrar el país, reclamando que sus "miembros, ya escasos, merecen ser reconocidos de manera adecuada, tanto por su entrega a la Patria como por el trabajo realizado durante toda su vida" en defensa de la revolución.

En un artículo publicado en La Joven Cuba, sido conformado por profesores universitarios, intelectuales y politólogos de izquierda que demandan a las autoridades reformas democrática dentro del socialismo, las veteranas de la clandestinidad consideran que "deben recibir una asistencia económica capaz de responder a sus necesidades en lugar de ser considerados bajo una vulnerabilidad que, en su caso, resulta impropia por irrespetuosa", sobre todo si se tiene en cuenta que por sus edades, entre 80 y 90 años, "no debieran ser condenados a ser pobres de solemnidad en el ocaso de sus vidas".

La trayectoria de las tres firmantes es indiscutible. En nombre de la justicia social, lucharon contra la dictadura batistiana y apoyaron a Fidel Castro. En cada barrio de Cuba solía haber ancianos intransigentes, que no dudaban en vigilar, delatar y participar en mítines de repudio contra periodistas independientes y opositores pacíficos. En fechas señaladas, vestidos de milicianos y exhibiendo un montón de medallas, el régimen los exhibía en sus actos políticos. Ya ni siquiera como propaganda le sirven.

Con el paso de los años y los achaques físicos, ya están alejados del enfrentamiento ideológico, salvo contadas excepciones. Por su fanatismo se granjearon la antipatía silenciosa o abierta, de miles de ciudadanos que los consideraban chivatos. Debido a sus posturas y actuaciones extremistas, casi todos terminaron alejados de parientes, amigos y vecinos.

Pero si esos ancianos algo tuvieron en común es que casi ninguno era oportunista. No recibían prebendas por su respaldo incondicional a Fidel Castro y su revolución. Ahora, mientras esperan la muerte, las autoridades ni siquiera responden sus cartas. Como Saturno, la dictadura cubana está devorando a sus propios hijos.

Les cuento una anécdota. En marzo de 2018, estando en un bar en Washington DC, recuerdo cómo los parroquianos se levantaban de sus asientos y aplaudían cuando entraba un grupo de militares. La gente los saludaba y les decía: "Gracias por defender nuestro país". Cada año, a los sobrevivientes que van quedando del Desembarco de Normandía (1944), los gobiernos de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido los invitan a participar en la ceremonia de conmemoración de la victoria de los Aliados sobre el fascismo alemán.

Qué se puede esperar de un sistema que ni siquiera respeta a sus partidarios más fieles. A los que lucharon contra Batista y a los que arriesgaron sus vidas en nombre de una ideología fallida participando en batalles absurdas a miles de kilómetros de su patria.

En su decadencia, el régimen castrista se está quedando sin apoyos.

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