IVÁN GONZÁLEZ ROMERO
@ivanGonRom
No es solo en el día del fallecimiento que ambos tienen coincidencias. Tanto a Ramón Emilio Valdés Amaro como a Israel López Valdés los unen detalles. Para comenzar, se les conoce por sus apodos, Bebo y Cachao, sin que se requiera de más adornos cuando se quiere hacer referencia a ellos. Ambos nacieron en septiembre de 1918, el primero el 9 y el otro el 14
IVÁN GONZÁLEZ ROMERO
@ivanGonRom
La amistad, como la genialidad, permite que los similares se reúnan en gustos y características. Un poco de eso es el sino de historia de Bebo Valdés y Cachao López, dos de los más grandes músicos en la historia del Caribe, quienes hace poco tuvieron aniversario de muerte, para variar, en la misma fecha, 22 de marzo, aunque en años diferentes, pues Cachao se fue en el 2008 y Bebo en el 2013.
No es solo en el día del fallecimiento que ambos tienen coincidencias. Tanto a Ramón Emilio Valdés Amaro como a Israel López Valdés los unen detalles. Para comenzar, se les conoce por sus apodos, Bebo y Cachao, sin que se requiera de más adornos cuando se quiere hacer referencia a ellos. Ambos nacieron en septiembre de 1918, el primero el 9 y el otro el 14.
La educación musical de los dos pasó por la música del conservatorio, sin dejar de vincularse con lo popular, con lo callejero, con eso que los negros cubanos de comienzo del Siglo XX ya atribuían a la religión, y que le dio un carácter único a sus creaciones, hasta que en pocos años ambos contribuirían. Bebo, siempre con su piano, Cachao con su contrabajo, mediante su música sincopada y llena de contratiempos a eso que hoy se conoce como jazz afrocubano, uno de los géneros más exquisitos del mundo que por igual se pueden bailar o escuchar separadamente, sin que medie el remordimiento.
Aún con esas primeras coincidencias, y pese a lo mucho que se pueda hurgar, no existen demasiadas referencias documentales respecto a un posible junte de ambos por aquellos años de la juventud. Ahora bien, imagine usted la vieja Habana de los años 50 con todo su esplendor y sus noches vibrantes, llena de luces, mulatas sonrientes y ganas de bailar y sonreír. La formalidad de una grabación, de una banda como tal, que los pusiera en el mismo sitio, puede ser un detalle a obviar. Son tiempos para la creación cotidiana, para las sesiones de improvisación con desenfreno. Eso es producto de dos almas libres que no necesitaban andar por el mismo surco para tener el mismo destino.
La imagen que se tiene de Bebo y de Cachao, más que la de un par de músicos históricos, es la de dos abuelos venerables a los que se le podría preguntar cualquier cosa. Algo de eso ha debido haber de ambos, por la cantidad de música creada y de historias alrededor. En eso Cachao tuvo más presencia, porque al ser el creador del mambo y luego de haber compuesto miles de danzones, tuvo más presencia que Bebo, quien ideó la batanga, algo muy adelantado para el momento.
A la distancia se tiene la impresión de que ambos representaban el lado gentil de Cuba. Hay ritmo y cadencia, como hay nostalgia, o picardía, o sabrosura, según sea el caso. Y a ambos les tocó vivir el destierro forzado y el ostracismo durante varios años. Cachao se vinculó a músicos en Nueva York, como fue el caso de Tito Rodríguez, y vivió en Nueva York y en Las Vegas, hasta que recaló en Miami, donde apenas tocaba en pequeños eventos sociales. De Chucho es bien sabido que partió a Europa y se estableció en Suecia, donde se enamoró y para subsistir tocaba en hoteles y restaurantes de Estocolmo.
Ambos tuvieron la suerte de que fueron rescatados del olvido. A Cachao, Andy García. A Bebo, Paquito D’Rivera. Cuando eso sucedió, por fortuna para los amantes de la música, el enérgico caudal de la genialidad de ambos resurgió en unos cuantos proyectos, incluyendo el de Fernando Trueba, quien los reunió en lo que es el único documento de fácil acceso, como fue la interpretación de Lágrimas negras, cada uno desde su instrumento y con la complicidad de la sabiduría.
