Desde el comienzo de la pandemia, los científicos comenzaron a analizar el efecto del virus del COVID-19 en personas con condiciones preexistentes del corazón.

Un número creciente de estudios sugiere que “muchos sobrevivientes de COVID-19 experimentan algún tipo de daño cardíaco, incluso si no tenían una enfermedad cardíaca subyacente y no estaban lo suficientemente enfermos como para ser hospitalizados”, como se lee en un estudio de la Asociación Estadounidense del Corazón.

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Entre los primeros hallazgos destaca el hecho de que las afecciones cardíacas preexistentes y los problemas del metabolismo aumentan el riesgo de padecer la enfermedad de una manera más agresiva.

En primera instancia, como indica un estudio de la Universidad de Harvard publicado en enero de este año, “en comparación con la población general, las personas con enfermedades cardiovasculares tenían más del doble de probabilidades de contraer formas graves de COVID-19”.

Si bien las personas que padecen de diabetes y asma, presentaban un cuadro más complicado frente al virus, los investigadores detectaron cuáles eran los puntos débiles de aquellos con problemas cardiovasculares tras contraer el COVID-19.

Según explicó la doctora Dara K. Lee Lewis, “las afecciones cardíacas preexistentes, como el músculo cardíaco dañado o las arterias cardíacas bloqueadas, debilitan la capacidad del cuerpo para sobrevivir al estrés de la enfermedad”.

Es decir, una persona con un corazón vulnerable “tiene más probabilidades de sucumbir a los efectos de la fiebre, los niveles bajos de oxígeno, la presión arterial inestable y los trastornos de la coagulación de la sangre, que alguien previamente sano”.

Asimismo, agregó la especialista, un segundo punto “se relaciona con la mala salud metabólica subyacente, que es más común en personas con enfermedades cardíacas. La mala salud metabólica se refiere a enfermedades como la diabetes tipo 2 o la prediabetes y la obesidad, que en sí mismas causan inflamación y riesgo de coágulos sanguíneos, lo que agrava los efectos del COVID-19 y aumenta la probabilidad de complicaciones devastadoras del COVID-19”.

“El virus SARS-CoV-2 puede dañar el corazón de varias formas”, añade la doctora. “Puede invadir o inflamar directamente el músculo cardíaco y dañar indirectamente el corazón al alterar el equilibrio entre el suministro y la demanda de oxígeno”.

En torno a los resultados de investigaciones, “se ha detectado una lesión cardíaca, que puede medirse por niveles elevados de la enzima troponina en el torrente sanguíneo, en aproximadamente una cuarta parte de los pacientes hospitalizados con enfermedad grave por COVID-19. De estos pacientes, aproximadamente un tercio tiene ECV preexistente”.

Sobre los efectos posteriores al virus, se encontró que “en la forma grave de COVID-19, el sistema inmunológico del cuerpo reacciona de forma exagerada a la infección, liberando moléculas inflamatorias llamadas citocinas en el torrente sanguíneo. Esta llamada ‘tormenta de citocinas’ puede dañar múltiples órganos, incluido el corazón”.

Aunque “la inflamación del músculo cardíaco, llamada miocarditis, generalmente ocurre sólo en pacientes con enfermedad COVID-19 avanzada”, esta puede ser “el resultado de una invasión cardíaca directa por el propio virus o, más comúnmente, de una inflamación causada por una tormenta de citocinas”.

Y cuando esto sucede, “el corazón puede agrandarse y debilitarse, lo que provoca presión arterial baja y líquido en los pulmones. Si bien esta forma grave de miocarditis es poco común, estudios recientes han sugerido que una forma más leve de inflamación del músculo cardíaco puede ser mucho más común de lo que se reconocía anteriormente”.

Considerando que el daño cardíaco suele derivarse “de la formación de un coágulo de sangre en una arteria cardíaca vulnerable, que bloquea el suministro de oxígeno al músculo cardíaco”, la inflamación causada por el COVID-19 “aumenta el riesgo de este tipo de ataque cardíaco al activar el sistema de coagulación del cuerpo e interrumpir el revestimiento de los vasos sanguíneos”.

Considerando la estrecha relación entre los sistemas respiratorio y cardíaco, que “trabajan juntos en el cuerpo para mantener la oxigenación”, cuando el pulmón “se ve afectado por una enfermedad respiratoria como el coronavirus, el corazón también puede verse afectado”, alerta un informe del sistema de salud de la Universidad de Maryland. Y agrega que “el corazón debe trabajar duro para bombear sangre, lo que puede ser aún más difícil para alguien con una enfermedad cardíaca”.

Por su parte, la Universidad Estatal de Ohio indica que “las cifras actuales muestran que entre el 20% y el 25% de los pacientes hospitalizados con COVID-19 tienen algún tipo de inflamación del miocardio”, y que “esto puede variar desde un pequeño grado de inflamación hasta una miocarditis grave en toda regla. (Una comparación en el sistema respiratorio sería desde tos hasta neumonía)”.

Este informe destaca también que, aunque “hay personas que se recuperan completamente de la miocarditis sin efectos persistentes”, se tiene evidencia de que “la inflamación, incluso cuando retrocede, puede dejar huellas en el corazón. Esto puede incluir tejido cicatricial, llamado fibrosis, que puede poner al paciente en riesgo de ritmos cardíacos anormales, llamado arritmia”.

“No tenemos ningún tratamiento para la miocarditis que cambie su curso”, aseveró el doctor Curt Daniels, director del Programa de Cardiología Deportiva de la Universidad Estatal de Ohio. “El ‘tratamiento’, por así decirlo, es simplemente dejar que el corazón descanse. En casos extremos donde la miocarditis afecta la fuerza del corazón, podemos usar medicación o soporte mecánico para mantener el corazón funcionando hasta que la inflamación baje”, explicó.

Según los Centros de Control y Prevención de Enfermedades, en un estudio preliminar a principios de 2020, entre los casos de COVID-19, “las afecciones de salud subyacentes más comunes eran las enfermedades cardiovasculares (32%), la diabetes (30%) y la enfermedad pulmonar crónica (18%). Las hospitalizaciones fueron seis veces más altas y las muertes 12 veces más altas entre las personas con afecciones subyacentes informadas en comparación con las que no informaron ninguna”.

A ello se suma que, debido a los temores de contraer el virus en los hospitales, “existe el riesgo de que las personas con problemas cardíacos nuevos o previamente diagnosticados no busquen la atención médica necesaria” o aplacen sus revisiones de rutina, refiere un estudio de la Universidad de Maryland.

En general, para mantener el corazón sano, la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard recomienda “seguir una dieta saludable como la mediterránea. Cocine en casa cuando pueda y camine al aire libre con amigos si su gimnasio está cerrado temporalmente”. Además, conviene contar con un monitor “para medir su presión arterial en casa”.

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