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Una de las enfermedades de mayor morbilidad en la historia de la humanidad, la llamada peste negra, reaparece en el siglo XXI, aunque aparentemente concentrada en un solo lugar: Madagascar, la isla más grande del continente africano, donde el temible mal ha provocado hasta ahora más de un centenar de muertos.

Se trata de un trastorno infeccioso y muy contagioso, cuyo nombre proviene del latín “pestis” que se traduce como enfermedad o epidemia. Es provocado por la bacteria Yersinia pestis, común en las pulgas de los pequeños mamíferos, como las ratas negras, a quienes inicialmente se les adjudicó la culpa de diseminar la enfermedad.

La también llamada peste bubónica o muerte negra, comenzó al parecer en Asia, desde donde se desplazó a través de las rutas comerciales de la época hasta llegar a Europa en el siglo XIV, provocando la pandemia más devastadora en la historia de la humanidad, que en aquel entonces arrasó con un tercio de la población del viejo continente, especialmente durante los años 1346 y 1361.

Su impacto fue devastador no solo en Europa, sino también en China, India, Medio Oriente y el Norte de África, aunque no llegó en aquel entonces ni al África subsahariana ni al continente americano. Su presencia fue recurrente hasta el año 1490, pero ningún brote posterior alcanzó la dimensión de pandemia.

Ya en el siglo XIX se consideraba desaparecida la tan temida peste, pero lo cierto es que a lo largo de toda nuestra historia se han registrado pequeños brotes en distintos lugares del mundo. De hecho la Organización Mundial de la Salud ha confirmado que entre los años 2010 y 2015 se confirmaron 3.248 casos en el planeta, y se registraron en total 584 muertes, siendo en la actualidad un problema de salud pública en Madagascar, la República Democrática del Congo y Perú.

Identificando la enfermedad

Las precarias condiciones de higiene y el básico conocimiento médico en la Europa medieval resultaron determinantes en la diseminación de la peste negra, pero en la actualidad las cosas han cambiado gracias a la identificación del agente trasmisor, la certeza en el diagnóstico, y especialmente, el desarrollo de los antibióticos. Sin embargo, la peste sigue siendo una enfermedad grave y altamente contagiosa que, sin tratamiento, suele ser letal.

Uno de los grandes avances en la lucha contra esta enfermedad infecciosa es la identificación de los mecanismos de transmisión, que son básicamente tres: la picadura de pulgas infectadas, el contacto directo con tejidos infectados, y la inhalación de partículas infectadas.

Así como del periodo de incubación que va de entre uno y siete días, y de los síntomas de la enfermedad, muy parecidos a los de una gripe común, y que incluyen en líneas generales: fiebre, náuseas, dolor de cabeza, sed, malestar general y cansancio.

Igualmente se ha logrado caracterizar la enfermedad en dos formas clínicas. La primera se conoce como peste bubónica, siendo la inflamación y dolor en los ganglios de las ingles, axilas o cuello, su principal rasgo. Se trata de la variedad más frecuente pues a ella corresponden hasta el 90 por ciento de los casos. El signo característico de la peste bubónica es la aparición del bubón, un tumor doloroso de hasta 10 cm en diámetro, con forma oval, muy parecido a un absceso, que puede llegar a ser purulento, por lo que generalmente requiere drenaje quirúrgico.

Cuando la peste bubónica se complica por falta de tratamiento, se le categoriza como peste septicémica, esta implica que bacteria se ha desplazado por el torrente sanguíneo hacia los órganos y tejidos, causando hemorragia interna y en la piel, gangrena de las extremidades, shock circulatorio y fallo múltiple de los órganos.

Precisamente esas hemorragias cutáneas que provocan manchas negras o púrpura en toda la piel, inspiraron en la Edad Media el nombre de peste negra. Se trata de una variedad de peste agresiva y difícil de diagnosticar por la ausencia del característico bubón, y es tan agresiva que en tan solo 48 horas puede provocar un estado de coma que conlleva a la muerte.

La segunda variedad es la peste neumónica que afecta el aparato respiratorio tras la inhalación de partículas infectadas, provocando dolor en el pecho, respiración acelerada y tos por esputo, que puede ser purulento o sanguinolento. Su progresión es sumamente rápida y si el tratamiento adecuado provoca la muerte del paciente.

Reviviendo el temor

A pesar de que los brotes recientes de esta enfermedad han sido pequeños y controlados, Madagascar está enfrentando, según la Organización de Naciones Unidos, el evento más mortífero de peste del siglo XXI, que afecta actualmente a más de un millar de personas. Sin embargo, la atención inmediata de la situación y el avance de las medidas de control están dando resultado. Según datos de la ONU, unas 780 personas han superado la enfermedad, y seis de los 40 distritos afectados no han reportado nuevos casos en los últimos 15 días.

Actualmente ocho centros de salud están dedicados a la atención de los infectados y se ha enviado a la zona una dotación de fármacos para tratar a unas 5.000 personas y proteger a otras 100.000. Igualmente se están aplicando medidas de control en los aeropuertos y puertos, como chequeos de temperatura y movilización de equipos médicos in situ para evitar la propagación fuera del país.

Pero no solo este brote pone en evidencia que el enemigo sigue presente, puesto que aquí en Estados Unidos, específicamente en los condados de Navajo y Coconino, en Arizona, se ha detectado la bacteria causante de la peste negra en varias pulgas comunes, una señal de alerta que no debe pasar desapercibida.

Los médicos de la peste

Una de las figuras más importantes en los lugares afectados por la peste eran los médicos dedicados a la atención de los infectados que cuidaban de los enfermos, se deshacían de los cadáveres, hacían autopsias, y llevaban un registro de las muertes.

Ellos llamaban la atención por su vestuario, especialmente diseñado para minimizar las posibilidades de contagio, y que consistía en una túnica de tela gruesa encerada, sombrero, guantes y un bastón de madera que usaban para examinar a los pacientes sin tener que tocarlos.

Pero lo más original eran sus máscaras diseñadas con dos orificios sellados con lentes para poder ver y un pico alargado, de aproximadamente unos 15 centímetros y con dos orificios para respirar, en el que se colocaban hojas de menta, estoraque, mirra, láudano, pétalos de rosa, alcanfor, clavo de olor y paja, para el aire que respiraban.

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