MIAMI.- Cada febrero, el color rosa, los chocolates, las flores y los osos de peluche inundan el horizonte. El amor está en el aire: llega otra vez San Valentín. Pero más allá de las cenas románticas y las “mariposas en el estómago”, la ciencia demuestra que amar, además de hacernos sentir bien, es beneficioso para el corazón.
Durante siglos se ha entendido que el amor es positivo, pero esa intuición cultural, digamos, tiene una base científica que permite comprender cómo la salud cardiovascular no solo responde a la dieta o al ejercicio, sino también a las relaciones humanas, las emociones y los vínculos afectivos.
El amor como medicina
Cuando una persona se enamora o experimenta afecto profundo, su cerebro activa una cascada química compleja. Varios estudios constatan que se liberan hormonas como dopamina, oxitocina y vasopresina, asociadas al placer, al apego y a la estabilidad emocional.
Estas sustancias no solo causan un bienestar psicológico, sino que también inciden en procesos fisiológicos claves. La oxitocina, por ejemplo, se asocia con una presión arterial más baja y una mejor regulación del estrés cuando existe contacto físico y apoyo emocional entre parejas.
En ese sentido, como afirma el Instituto Tomás Pascual Sanz, el amor puede reducir el cortisol, conocido como la hormona del estrés, cuyo exceso está vinculado a la hipertensión, la inflamación y un mayor riesgo cardiovascular.
Así lo explicó a la American Heart Association la Dra. Jacquie Olds, profesora de psiquiatría en la Universidad de Harvard: “Cuando recién te enamoras, esto te causa estrés y hay abundante segregación de cortisol, la hormona del estrés. Está a un nivel alto cuando te preocupas porque te enamoraste y no sabes si funcionará. Es lo que hace que sientas preocupación y obsesión, casi como si fuera un asunto de vida o muerte”.
Por su parte, el Dr. Philip Stieg, jefe del New York Presbyterian/Weill Cornell Medical Center y director del Weill Cornell Medicine Brain and Spine Center en la ciudad de Nueva York, afirmó que “el cerebro está programado para el amor”.
“Todas las conexiones están ahí, pero el software varía entre individuos. El amor adecuado es bueno para tu salud”, sumó el neurocirujano.
Es decir, cuando nos sentimos emocionalmente seguros, el cuerpo entra en un estado fisiológico más estable y, por ende, nuestra salud cardiovascular se beneficia.
El corazón y los afectos
Diversas entidades médicas y especializadas en cardiología, como la Fundación Española del Corazón, coinciden en que las relaciones afectivas estables disminuyen el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. La evidencia demuestra que las relaciones positivas mejoran la presión arterial y reducen la ansiedad, la depresión y el estrés, factores psicológicos directamente asociados a problemas cardíacos.
Además, las personas con redes afectivas sólidas suelen recuperarse mejor de enfermedades crónicas y tratamientos médicos complejos.
Las relaciones turbulentas, conflictivas o emocionalmente dañinas, por otro lado, son capaces de aumentar el riesgo de afecciones cardíacas. La fundación citada anteriormente define cómo el estrés severo dentro del matrimonio, por ejemplo, puede triplicar el riesgo de eventos cardíacos en mujeres debido al impacto del estrés crónico sobre la inflamación y la arteriosclerosis.
La soledad
Ahora, si bien el amor protege, en el otro lado del tablero tenemos la soledad. Estar aislados, no tener a quién llamar o con quien conversar, puede generar ansiedad y tristeza. Un estudio de Harvard muestra que el aislamiento social y la soledad aumentan el riesgo de enfermedad cardíaca, algo que se suma a los hábitos nocivos más conocidos, como la obesidad y el tabaquismo.
Una investigación reciente de ScienceDaily, que tuvo en cuenta a más de 42.000 personas, señala que la interacción social permite fortalecer el sistema inmunológico y reduce el riesgo de sufrir enfermedades cardíacas, además de accidentes cerebrovasculares y diabetes tipo 2.
De hecho, en la literatura médica encontramos análisis, como uno publicado en TIME, que señalan cómo la soledad puede aumentar notablemente el riesgo de infarto y de accidente cerebrovascular. Esto refuerza la idea de que las relaciones humanas son determinantes para la salud física.
Emociones positivas y una vida más larga
La ciencia también ha vinculado las emociones positivas con una menor mortalidad cardiovascular. Un análisis reciente del American College of Cardiology muestra que el optimismo se vincula con una menor incidencia de eventos cardiovasculares y una menor mortalidad general.
Asimismo, tener un propósito de vida, planes y sueños, así como experimentar emociones positivas sostenidas, se relacionan con una mejor salud cardiovascular a largo plazo.
Esto nos ayuda a entender que el bienestar emocional no es solo un elemento accesorio dentro del cuidado médico, sino que forma parte de un excelente tratamiento preventivo.
Amar para sanar
Los expertos en cardiología hacen énfasis en un enfoque integral, que contemple cuerpo y alma. La dieta, el ejercicio, el control del colesterol y de la presión arterial siguen siendo fundamentales, claro está. Pero en la actualidad se reconoce que mantener relaciones sanas, alimentar las conexiones sociales y cuidar la salud emocional son igualmente importantes.
El amor, en todas sus manifestaciones, sea de pareja, familia, amistad, es un modulador biológico del estrés, del sistema inmune y del sistema cardiovascular.
En un mundo cada vez más hiperconectado digitalmente pero emocionalmente aislado, la evidencia científica es clara: el afecto, la cercanía humana y el sentido de pertenencia no solo mejoran la calidad de vida. También pueden prolongarla.
Tal vez por eso, cada San Valentín se convierte en algo más que una fecha simbólica o un día especial para expresar nuestros sentimientos. Es también un recordatorio médico, pues cuidar el corazón implica, literalmente, aprender a amar más y mejor.