sábado 14  de  febrero 2026
CRÓNICA

San Valentín: amar en tiempos donde todo parece reemplazable

En tiempos marcados por la prisa y la inmediatez, esta fecha invita a reflexionar sobre el valor de los vínculos reales, el amor que resiste las ausencias y la capacidad humana de reconstruirse a través de los afectos.

Diario las Américas | CARLOS ARMANDO CABRERA
Por CARLOS ARMANDO CABRERA

MIAMI.- Hay fechas que el mercado convierte en espectáculo, que llegan con ruido de vitrinas, flores envueltas en papel celofán y reservas imposibles en restaurantes llenos. Hay otras que, con el paso del tiempo, sobreviven porque tocan algo profundamente humano. San Valentín es una de ellas.

La historia más difundida sobre esta celebración habla de un sacerdote del siglo III que desafió órdenes imperiales para casar a parejas en secreto, defendiendo la idea de que ese vínculo era demasiado poderoso para ser prohibido. Más allá de la precisión histórica, el símbolo permanece: el amor, cuando es real, siempre ha sido un acto de valentía.

Hoy, siglos después, el acto de amar sigue enfrentando sus propias batallas. Ya no contra emperadores, pero sí contra la prisa, el ruido digital, la superficialidad y la sensación creciente de que todo puede ser reemplazado.

San Valentín, más que una ocasión romántica, funciona como una pausa emocional colectiva. Un momento para preguntarnos a quién sostenemos y quién nos sostiene a nosotros.

En una ciudad como Miami, donde convergen historias de migración, reinvención y supervivencia emocional, el amor adquiere un significado particular. Aquí, amar muchas veces significa reconstruir. Significa aprender a vivir entre la nostalgia del país que quedó atrás y la esperanza del país que se construye todos los días.

El amor en esta ciudad no siempre se parece a las películas. A veces es una videollamada que reemplaza un abrazo. A veces es enviar dinero a casa antes de comprar algo para uno mismo. A veces es cocinar recetas familiares para que los hijos no pierdan sus raíces. Aquí, el amor también es resistencia cultural.

Pero San Valentín no solo habla de presencia. También habla de ausencia: de personas que marcaron nuestra historia, de relaciones que enseñaron más de lo que prometieron, de despedidas que redefinieron quiénes somos. Hay amores que construyen hogares. Y hay amores que reconstruyen almas. Ambos dejan huella.

En una era dominada por la inmediatez digital, el amor enfrenta nuevos desafíos. Hoy se mide en tiempos de respuesta, en visualizaciones, en interacciones que muchas veces sustituyen la presencia real. Sin embargo, el amor verdadero sigue funcionando bajo códigos antiguos: presencia, coherencia, paciencia y cuidado.

Amar sigue siendo elegir. Elegir escuchar cuando es más fácil ignorar. Elegir quedarse cuando lo fácil sería irse. Elegir construir cuando no hay garantías.

Quizás por eso San Valentín debería celebrarse más allá de la pareja. Ese lazo se expresa también en la amistad que aparece sin condiciones, en la familia que sostiene cuando todo se tambalea y en la fortaleza interior que nace después de atravesar pérdidas. Porque amar también es acompañar en silencio. Es celebrar el éxito ajeno sin competir. Es sostener cuando alguien ya no puede sostenerse solo.

En un mundo atravesado por conflictos, crisis económicas y divisiones sociales, el amor se convierte, casi sin que lo notemos, en una forma de resistencia humana. Es elegir empatía cuando domina la indiferencia. Es elegir diálogo cuando el mundo empuja hacia el enfrentamiento. Es elegir humanidad cuando lo fácil sería endurecerse.

El 14 de febrero, entonces, deja de ser solo una fecha romántica. Se convierte en un recordatorio: el amor no es un evento; es una práctica diaria que se construye en la constancia y se fortalece en la honestidad. Se pone a prueba en los momentos difíciles.

Y quizás la lección más honesta del amor es que no siempre es perfecto, ni eterno ni sencillo. Pero cuando es verdadero, transforma. Nos hace crecer. Nos obliga a mirar la vida desde un lugar más humano.

Al final, el amor auténtico no necesita grandes escenarios: se manifiesta en la sencillez, la honestidad y lo compartido. Porque cuando pasa el tiempo, cuando baja el ruido del mundo, cuando las fiestas terminan, lo que permanece no son los regalos ni las fotos perfectas. Lo que permanece es aquello que fuimos capaces de amar. Y aquello que, al amarnos, nos transformó para siempre.

Desde DIARIO LAS AMÉRICAS, les deseamos feliz Día del Amor y la Amistad.

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