Hace más de 25 años Alberto Marinas huyó de Cuba en una balsa improvisada y comenzó una vida que realmente le pertenecía, lejos del pronóstico de un funcionario que le espetó que se convertiría “en nada”.
Hace más de 25 años Alberto Marinas huyó de Cuba en una balsa improvisada y comenzó una vida que realmente le pertenecía, lejos del pronóstico de un funcionario que le espetó que se convertiría “en nada”.
Desde las penurias en Cuba, pasando por el día en que le dio la espalda a La Habana, hasta el nacimiento de su hijo, su libro de memorias Con mi espalda hacia La Habana pretende inspirar a otros. En 16 capítulos hace un viaje a un pasado personal y a la vez plural, que logra transportarnos al imaginario común del cubano emigrado.
Escapar de la isla
En un tono coloquial, como un amigo que te cuenta sus aventuras, comienza su historia a bordo de una balsa y en pleno escape de Cuba. En ese punto crítico de acción comienzan a hilarse los recuerdos de su niñez, donde explica “cómo era crecer bajo [el régimen de Fidel] Castro”.
Su padre y su abuela materna habían emigrado a EEUU en 1986, y cuando enviaban dinero a la familia en Cuba, Alberto recuerda que iba en un puro temblor junto a su madre a buscar aquellos dólares prohibidos que escondía en un calcetín.
Cuando tenía mucha hambre, rememora en uno de los episodios del libro, su madre le ponía una porción adicional. Luego descubrió que esa cucharada de más en su plato significaba una menos en el de su madre.
En 1994 Castro dio luz verde para abandonar el país. Alberto tenía 18 años. Su madre comenzó a vender sus pertenencias para preparar la travesía. En la noche del 7 de septiembre de ese año subió a una balsa con su madre y otras personas. Lo último que vio de Cuba fueron las luces de La Habana.
Cuando la Guardia Costera los rescató en el mar el 9 de septiembre, Alberto vio con angustia cómo un oficial disparaba con un M-16 hacia la balsa. “Es mejor dejar que se hunda”, le dijo el agente, pues si regresaba vacía a Cuba su familia podría pensar que estaban muertos.
Los balseros se vieron de vuelta a la isla para ser procesados como refugiados en la base naval de Guantánamo, donde esperaron seis meses hasta salir a Miami. En el campamento de refugiados, relata Marinas, se presentaron Celia Cruz, Willy Chirino, Arturo Sandoval, Gloria y Emilio Estefan, quienes, según Alberto, “nos ayudaron a aguantar”.
Una vez en EEUU, fue registrado como Alberto Marinas porque, como le dijo el oficial de inmigración, no había ‘ñ’. Así fue como Alberto Mariñas Guzmán, su nombre original, quedó en el pasado. El momento más emotivo a su llegada a Miami fue escuchar, en el autobús donde llevaban a los refugiados, aquel “ya viene llegando” de Chirino que le sacó las lágrimas.
Lo primero que hizo su padre fue llevarlo a una barbería de La Pequeña Habana, donde un barbero exiliado en los años 60 le preguntó por qué no se había quedado en Cuba a luchar contra Castro. “El barbero se había ido porque temía en qué se convertiría el país. Pero yo había vivido en ese país”, describió Marinas sobre las diferencias entre distintas generaciones de emigrados.
De ahí en adelante, Alberto se unió a los Marines, perfeccionó su inglés, hizo estudios universitarios y luego una maestría en negocios. “Un día miré a mi alrededor y, como dijo Nicolás Guillén, me di cuenta de que ‘tenía lo que tenía que tener’. No lujos ni bienes materiales, pero sí una familia bella; mi esposa, un bebé bello y saludable, mi propio hogar y hasta un perrito que nos hace la vida más amena”, sumó Marinas, satisfecho por haber alcanzado su “sueño americano”.
Según reveló Marinas a DIARIO LAS AMÉRICAS, “desde mis primeras conversaciones con compañeros en los US Marines, en ese inglés primitivo de dos años en este país, encontré que estaban asombrados de mi historia”.
El momento de sacar a la luz su “álbum lleno de aventuras” llegó gracias a la necesidad de “tener algo importante, una meta, un suceso para el final del libro”, y fue el nacimiento de su hijo en abril del 2017.
“Si yo no estoy cuando mi hijo sea lo suficientemente maduro para escuchar mi historia de mis labios, este libro lo hará por mí”, agregó el cubanoamericano, que realizó estudios en Florida International University y Nova Southeastern University.
De espaldas, pero sin olvidar
A Marinas no le abandonan sus recuerdos. Tampoco le teme al fantasma del “hambre vieja”. Le tomó muchos años darse cuenta de que “comía de más solo porque había más. Comía dos veces, porque por muchos años no comí suficiente”.
Las necesidades de Cuba, para él, “son un trauma a nivel nacional. Trauma que toma un matiz diferente para aquellos que logramos escapar”. Y usa la palabra ‘escapar’ en vez de ‘salir’ porque, como recalcó, “yo me escapé de Cuba. Es una acción más violenta y traumática”.
No ha regresado a Cuba desde 1994. “No me permito regresar al lugar del que me tuve que escapar para poder vivir”, confesó Marinas, experto en desarrollo de logística y automatización en el área de bienes raíces, y cofundador de PadBlock, mercado digital para compradores, vendedores y profesionales.
Alberto, que se considera “hijo y fruto de Miami”, afirmó que su propósito es “inspirar a otros a hacer más, a no rendirse, a continuar rumbo a sus sueños a pesar del acento al hablar un segundo idioma, dificultades físicas o económicas”.
“Lo importante es seguir adelante y llevar a otros contigo. No ganamos mucho si no ganamos todos. Si logro inspirar a alguien, estoy contribuyendo a la sociedad”, concluyó.
