MIAMI.- El escritor español Arturo Pérez-Reverte ha apuntado con su pluma al Cid Campeador. Ha creado un ser lleno de texturas y cicatrices y, por qué no, encantos, pero de esos encantos viles que asustan y enamoran a la vez.
MIAMI.- El escritor español Arturo Pérez-Reverte ha apuntado con su pluma al Cid Campeador. Ha creado un ser lleno de texturas y cicatrices y, por qué no, encantos, pero de esos encantos viles que asustan y enamoran a la vez.
Ruy Díaz de Vivar, un personaje archiconocido de la historia de España, que ha sido imaginado y recreado un sinnúmero de veces, adquiere una mirada muy humana y descarnada en el Sidi de Pérez-Reverte (Cartagena, Murcia, 1951).
El autor participó en el cierre de la Feria del Libro de Miami, en una charla sobre su reciente novela “Sidi”. Pero antes de encontrarse con un nutrido auditorio, conversó con DIARIO LAS AMÉRICAS sobre esta interesante novela.
Arturo espera en el vestíbulo de un hotel en Miami, aunque quizás preferiría estar bebiendo un cafelico (cafecito) en Café del Arco, en Murcia, o en un barco en medio del mar. Llevo un ejemplar de “Sidi” en una mano y para hacerme notar le digo: “Creo que usted escribió este libro”.
Nos sentamos en una esquina y comienzo a grabar. Él, que conoce a la muerte en varios idiomas, adaptado a susurrar preguntas al oído de un francotirador en zona de guerra, a cortarse con la realidad y sangrar ficciones, ya ha organizado nuestras sillas, se fijó en que traje un bolígrafo para que me firme su libro y también ha tenido tiempo de revisar el entorno, como buen cazador.
Alabado y criticado por muchos, demuestra que cuando las cosas se hacen con verdad, y no por complacer a los demás, siempre habrá quien proteste y ponga etiquetas. Pero su obra habla por sí sola.
Es miembro de la Real Academia Española; cofundador y editor de la web Zenda; ha sido reportero de guerra en varios continentes; decenas de medios publican sus columnas; tiene millones de lectores en todo el mundo; ha firmado libros como “El capitán Alatriste” (1996), “Patente de corso” (1998), “La Reina del Sur” (2002) -llevada a la televisión por Telemundo-; “Perros e hijos de perra” (2014); “La guerra civil contada a los jóvenes” (2015); entre otros.
Debe tener un gran espacio en su casa para los premios que atesora: Premio Asturias de Periodismo (1993), Caballero de la Orden de las Letras y las Artes de Francia (1998), Medalla de la Academia de Marina Francesa (2002), doctor honoris causa por la Universidad Politécnica de Cartagena (2004), Fiambrera de Plata del Ateneo de Córdoba (2009), y paro de contar porque se impone la entrevista.
A lo largo de su extensa obra, Pérez-Reverte demuestra que la Historia es de todos, y un terreno de imprecisiones deliciosas donde hay libertad para imaginar. Esa libertad que Arturo agarra por el mango y pone a disposición de sus propias experiencias, del color de la sangre que vio, del horror de la pólvora y el olor de las muertes que no le tocaron.
Lejos de mostrar, como se ha hecho demasiadas veces, un personaje en pedestal, anquilosado y torcido por ideologías huecas, el autor hace aquí un viaje a la Historia. Al menos así se lee, se vive, entre sus páginas, algo que podría compararse con la realidad virtual, aunque Arturo coincide en que las tecnologías y, sobre todo, las redes sociales, dan voz a la mediocridad.
“Ahora cualquier idiota con un ordenador desde su casa puede entrar y competir con el más elaborado intelectual; puede discutir de Matemáticas con Einstein, discutir de Literatura con Vargas Llosa o de dictadura con Maduro”, dijo, abriendo la conversación.
- ¿En qué punto el Cid se convierte en novela, y no lo hacen, por ejemplo, otros personajes tan notables de la Historia española como Hernán Cortés, por ejemplo?
Hay muchos personajes. Uno no puede escribir sobre todo. De hecho no tenía previsto escribir sobre el Cid. Lo conocía bien desde niño, pero no tenía una intención literaria respecto al Cid. Un día, viendo una película de John Ford, de la trilogía de la caballería de John Wayne -se llama “Río Grande”- dije: “Los españoles tenemos una épica extraordinaria, mucho más rica que la de los gringos; qué poco la hemos usado”. De pronto vi esa historia de caballería, el Cid tratado como un western. Así nació.
- Hay libros que se escriben en poco tiempo, quizás, pero que llevan dando vueltas en la cabeza, en el entorno. ¿Cuánto tiempo llevó organizar y dar forma al libro?
Uno vive, va echando cosas al zurrón, va leyendo, envejece. Cosas que antes veía de una forma ahora las ves de otras, las marcas te van cambiando. Llevas un mundo contigo, y ese mundo va saliendo en forma de novela. De pronto hay un día en que una música, una sonrisa, una mirada, un libro, un pájaro que pasa, disparan parte de ese mundo, que toma forma de novela. Es un material que ya está ahí y se limita a nacer.
Y más en mi caso. He tenido una vida complicada, no convencional: he viajado mucho, he estado en países en guerra. La violencia, la tortura, la muerte, la fatalidad, el destino, la tragedia, lo veo de una forma determinada, es mi mirada. Eso está conmigo. Todos los temas pasan a través de esa especie de filtro personal. Con el Cid pasa lo mismo. Es una novela medieval, en la que está gran parte de mi experiencia personal con los seres humanos.
-¿Cómo un hombre desterrado y con un grupo no tan numeroso logra convertirse en una leyenda?
Eso es lo que me intrigaba. Quería saber por qué. Esta novela la están utilizando en escuelas de Comercio en España como manual de liderazgo. Yo no me lo propuse pero salió. Era una banda de gente dura, que no es fácil de manejar. Guerreros, gente analfabeta, tipos duros de frontera, muy elementales, que quieren mujeres, comida, sobrevivir, y hacerse ricos si pueden. Pero yo los he conocido en África, en Oriente Medio, cuando fui reportero. Sé cómo funcionan, cómo se mueven, cómo se les convence, se les disuade, cómo se consigue o se pierde su lealtad.
Esa experiencia personal me la llevo al personaje. No sé si el Cid era así, pero ese es mi Cid. He buscado una explicación lógica de por qué un hombre, un simple guerrero, es más recordado que los reyes de su época.
- Lograste crear un hombre más allá de la leyenda o la epopeya, un ser humano lleno de matices, cruel y bondadoso, que reúne en sí la devoción y el odio de sus seguidores, una especie de respeto resentido.
En Occidente nos hemos estado engañando desde hace muchísimo tiempo. Negamos la realidad, el horror y el dolor, creemos que la bondad es el elemento dominante, y la maldad el secundario.
El ser humano es malo y bueno al mismo tiempo. Yo he visto a las mismas personas el mismo día hacer atrocidades y hacer cosas buenas. He visto a héroes por la mañana, violar mujeres por la tarde, el 4 de abril de 1977, en Teseney, Eritrea. No me lo han contado. Vi héroes de verdad, tíos que se habían jugado la vida, después con la victoria, saquear, matar, violar por la tarde. Gente admirable por la mañana, y horrible por la tarde. Eso te enseña cosas. Cuando tienes 25 años, como yo tenía, te enseña muchas más cosas.
Una novela es justamente un intento de mover al lector por los vericuetos de esta gente: matan prisioneros, cortan cabezas, hacen cosas heroicas, cosas nobles. Son seres humanos. Te digo una cosa, entre nosotros, ahora que no nos oye nadie: del bueno puedes aprender bondad, te puede dar ejemplo, pero del malo aprendes muchas cosas.
Cuando estaba en Sarajevo le pagué a un francotirador para que me dejara estar con él, con mi cámara, mientras disparaba. Le preguntaba y él me decía por qué disparaba a niños y por qué no, por qué a aquella mujer le disparó y a la otra no, porque aquella le recordaba a su sobrina y no la mató. Te das cuenta de que todo el mundo tiene razones complejas para hacer lo que hace.
La humildad profesional es muy importante para un periodista. Yo me acercaba con mucho cuidado, nunca juzgaba, ni al malo ni al bueno. Llegaba y preguntaba: “¿usted por qué acaba de matar a ese niño?” Y me lo contaban. Eso me hizo entender muchas cosas que no hubiera entendido si les hubiera dicho “usted es malo”. Tú, como periodista, te ponen sentado aquí a Stalin, a Hitler, ¿no los entrevistarías? A Pinochet, ¿no lo entrevistarías?
- Claro que sí.
Después lo ejecutas, lo metes en la cárcel, pero primero lo escuchas. Entonces en la novela voy con esa mirada, y cuando lo cuento suena real, cuando hablo de violencia, porque lo he visto, no lo he imaginado, no es Tarantino quien me ha enseñado.
- Y te han quedado cicatrices, como la de la muñeca.
[Me muestra su muñeca izquierda] Ya van desapareciendo. ¿Las ves? Son gemelas, son 30 años ya, pero ahí están todavía.
- El Cid, tu Sidi, solía pensar primero en sí mismo, en sus intereses, antes que en un ideal, o estas cosas que nos venden a veces como “el amor a la patria”. ¿Cuál era la patria de Sidi?
Eso no existía ahí; iba a ganar su pan. Iba a comer, eso era lo primero. Es que la historia de Sidi es la historia de cualquier comunidad de inmigrantes, no solamente españoles. Los bárbaros se movían para comer y atacaban a los romanos. Los valores de esta novela son universales: gente que lucha para comer.
- Y más en zonas fronterizas, que son tan crudas.
Pero las fronteras son muy interesantes. Los lugares consolidados, ya hechos, que ya no se renuevan, son lugares monótonos, aburridos, previsibles. Las fronteras son muy cambiantes. Es otro mundo: unos tipos malos, buenos, traidores, heroicos, hay de todo. El mundo fronterizo es muy cambiante, y se dan tipos humanos, situaciones que jamás van a darse en el village de Nueva York.
Toda la vida me he movido en fronteras. Empecé a viajar desde los 18 años, en África. No existía el sida todavía. En una época donde no existían los teléfonos móviles. Tenía que sonreírle a una telefonista en Angola, o ligármela, irme con ella a la cama, para asegurarme una comunicación telefónica. Era otro mundo. Por eso digo que las fronteras son mucho más estimulantes. Yo sí soy un hombre de frontera, y mis personajes, casi todos ellos, son gente de frontera.
- Resulta interesante cómo las peleas entre moros y cristianos cerca de la frontera del Duero, en el siglo XI, nos pueden iluminar tanto sobre la actualidad.
Siempre he pensado que sin la Historia no entiendes el presente. Entonces quería contar una historia de España como yo la veo, una historia gamberra, irreverente, incorrecta. Es mi mirada amarga. Ser español es muy amargo. Esa España que obligó a la gente a irse, o a matarse, tiene una enfermedad histórica que a veces tiene recaídas muy graves: guerras civiles, vilezas, cainismos, envidias. También tiene cosas hermosas. Lo que pasa es que nosotros mismos nos recreamos en las cosas amargas.
- ¿Cuánto de Pérez-Reverte hay en este Cid?
Yo no soy ese Cid. Lo que tiene es mi mirada, yo le presto mi forma de mirar el mundo. Es una novela en la que todos se pasan todo el tiempo mirando. Empiezo con una mirada: “el jinete cansado miró a lo lejos”. ¿Por qué miran? Porque ahora miramos el mundo a través de un teléfono móvil, o de una pantalla de ordenador. Pero para el hombre antiguo -y cuando hablo de hombre antiguo hablo de tu abuelo, de mi abuelo, no de la Edad Media- mirar significaba sobrevivir.
Soy marino, paso mucho tiempo en el mar, y estás todo el rato mirando aquella nube, aquella racha, entonces mirar es sobrevivir. En la vida es como en el mar, uno debe mirar alrededor para sobrevivir. Voy con el adiestramiento que la vida me dejó. Es saber que el mundo es un lugar peligroso.
También otra cosa le he dado al Cid. He trabajado con hombres en situaciones extremas. He mandado, he dirigido un equipo, a un cámara, y hay una serie de lecciones que aprendes sobre cómo mover a los hombres, cómo convencerlos, como hacer que tu cámara de televisión suba a aquella colina donde están disparando. No todo el mundo lo hace. ¿Qué hace que los seres humanos sean leales, valientes? Lo que aprendí se lo di al Cid.
- ¿Qué sientes cuando comienzas a preparar una nueva novela?
Es como enamorarse. A mí escribir no me gusta, detesto el acto mecánico de escribir, me parece tedioso y funcionarial. Por la mañana, echarle cuatro o seis horas todos los días haciendo así [hace como si escribiera] me parece de lo más desagradable. Si un día hubiera un escáner que lo enchufas a la oreja y sale el texto de tu cabeza al ordenador, nunca tocaría una tecla. Me gusta imaginar, pero después tengo que justificar el tiempo que imagino y tengo que escribirlo.
Cuando escribo, cuanto hago, cuanto miro, leo, escucho, todo eso me vale para una novela. Vivo como un cazador, siempre esperando algo maravilloso, como cuando esperas de alguien a quien amas una sonrisa, un gesto, el sexo, una caricia. Escribir es amar. Y durante un año o año y medio eres un especialista en ese amor.
Esa inocencia honrada de estar deslumbrado por algo que te ilusiona y que amas es lo que me hace escribir novelas.
- Y no perder el impulso de la lectura.
No hubiera leído nada sobre el Cid, pero la novela me obligó a leerme todos los textos musulmanes, los textos cristianos, armamento de la época, costumbres sociales. Y yo soy, sobre todo, un lector que accidentalmente escribe novelas. Si un día dejara de ser lector estaría muerto como novelista. Hay muchos novelistas que conozco que han dejado de ser lectores y se nota que están muertos. Ya no renuevan y están tirando del viejo capital que se agota. Pero un lector que se enamora cada día de la historia de una novela está siempre renovando.
