MIAMI.- El programa de Maestría en Bellas Artes en Actuación de la prestigiosa Columbia University admite menos de 20 personas por generación. Bethsabé Caballero, venezolana, veintiséis años, es una de ellas. Está en su último año y llega a este momento con la temporada más cargada de su vida: siete montajes en veinticuatro meses, un debut Off-Broadway en español y la sensación —dice, y se ríe— de que apenas está empezando. Estar en una ivy league para cualquier latino es un logro realmente poderoso.
Le preguntamos primero por lo obvio: cómo se llega desde un grupo de teatro infantil en Caracas hasta un aula de Manhattan donde enseñan Ron Van Lieu, Peter Jay Fernandez, James Calleri, Scott Whitehurst, Sita Mani, Liz Hayes y Jenn Colella. "Audicioné para varios grad school programs y fui muy afortunada de quedar en Columbia", responde, y enseguida corrige la lectura fácil de la suerte. El proceso de audiciones para posgrado es célebre por su brutalidad, y ella lo recuerda de otro modo: "Cada audición era una oportunidad de explorar ese personaje y demostrar mi versión sin buscar validación, simplemente con la felicidad y el agradecimiento de poder compartir mi talento". Esa es probablemente la frase que mejor explica su carrera: la ausencia de ansiedad por permiso.
Antes de Nueva York estuvieron los cuatro años en California State University Long Beach, donde obtuvo su Bachelor of Fine Arts en 2022 y cerró con una temporada en CalRep que incluyó a Rachel Cruz-Williams en Aftermath, a Anne O'Sullivan en Sonnets for an Old Century y a Romeo en el montaje de Allegra Ritchie. Antes de California estuvieron diez años en Conexión Pelegrín, en Caracas, empezando por El Principito en 2007 y pasando por La sonrisa del señor Gepner, que la llevó a festivales venezolanos y que ella señala como el momento en que supo que esto era lo suyo. Diecisiete años de escenario acumulados antes de cumplir los veintisiete.
En Columbia el repertorio ha sido deliberadamente inclemente. Hizo Lil' Bit en How I Learned to Drive y Beth en A Lie of the Mind, las dos con Ron Van Lieu. Hizo Chris en Dancing at Lughnasa con Miguel Bregante y B en Susana Riaño con Catalina Beltrán. Este año sumó Zoe en An Octoroon con Dean Irby, Decius Brutus y Pindarus en Julius Caesar con Katherine Wilkinson, y Mary 1 y Elsa en Passion Play con Rory McGregor. Fuera del aula trabajó con la National Players Youth Academy en The Adventures of Pia Sandia y Speak, y con The Chain Theatre en The Last Five Star Bowl America.
Casi ningún actor de su generación pasa de Shakespeare a Sarah Ruhl y de ahí a Branden Jacobs-Jenkins en el mismo curso académico. Ella lo atribuye a algo anterior al entrenamiento. "Creo que haber nacido y crecido en Venezuela me ha dado un regalo infinito en esta profesión", dice. "Tener la oportunidad de vivir realmente en dos culturas y realidades distintas hace que tenga mucha perspectiva, imaginación y compasión con respecto a mi actuación". Luego desarrolla una idea que en su boca no suena a consigna: "El humor del venezolano nace de pelear tantas batallas contra la adversidad y sin embargo nunca victimizarse, más bien buscar sacar una sonrisa, aprender de las experiencias y reírse de uno mismo. Como actor esas cualidades son muy valiosas".
De ahí sale, según ella, su herramienta más específica: la capacidad de encontrar la comedia dentro de la tragedia y al revés. "Puedo saltar de un género al otro con tranquilidad o también compaginarlos, y creo que eso me ha permitido interpretar personajes complejos, a veces en situaciones extremas, pero con su humanidad siempre como norte".
A eso hay que sumarle un arsenal técnico que amplía el rango de lo que puede sostener con credibilidad: bilingüismo pleno entre español e inglés, dominio de varios dialectos latinoamericanos además del “received pronuntiation” y el americano estándar, certificación de la Society of American Fight Directors en combate escénico desarmado, salsa, merengue, bachata, contemporáneo, contact improv y clown. "He sido muy afortunada de desarrollar mis habilidades en ambos idiomas y trabajar muchos acentos", explica. "Eso me ha dado mucho rango en cuanto a la variedad de papeles que puedo interpretar con credibilidad, y creo que es algo que me hace destacar".
El acontecimiento de este año, sin embargo, no ocurrió en Columbia sino en la calle 27, en Repertorio Español, donde protagonizó a Carla en Las vidas rotas, de la dramaturga venezolana Yessi Hernández, bajo la dirección de Pablo Andrade. Fue su debut Off-Broadway y la primera producción íntegramente en español que hace desde que salió de Venezuela. "Desde el momento en que recibí el material para la audición sabía que era para mí", cuenta. "Confiaba en que contaba con el talento y las herramientas para darle vida a Carla y honrar su historia, que es la historia de miles de inmigrantes". Lo que no anticipó fue lo que pasaría después de las funciones. "La gente se me acercaba y me compartía sus historias como inmigrantes, por qué se identificaban con Carla. Saber que pude iluminar la vida de tantas personas es de los momentos más importantes de mi carrera". Trabajar de cerca con Hernández, agrega, le mostró algo que hasta entonces solo había podido imaginar: una venezolana con una carrera consolidada en Nueva York.
Cuando se le cuestiona qué viene ahora. Menciona el cine y la televisión —trabajó actuación frente a cámara durante su formación y ha participado en cortometrajes en Los Ángeles y Nueva York, y actuar en películas es un sueño que arrastra desde niña—, menciona la dirección, que ya ha ejercido en ambas costas, y menciona la escritura, que es donde más expuesta se siente. También da clases de teatro con The People's Theatre y en programas extraescolares, y sobre eso habla con una convicción distinta, más lenta: sabe lo que significó para ella que un director tuviera paciencia con una niña de Caracas.
"Sé lo que significa crecer en otro país y a veces sentir que tus sueños son muy grandes, muy lejanos, que no le pasan a gente como tú porque no ves a nadie como tú, de tu país, con una historia parecida a la tuya. Me gustaría enorgullecer a mi gente y representar mi cultura para demostrar que no somos solo una cosa, que tenemos miles de historias y que podemos honrar nuestra identidad con nuestro talento" afirma. Para ella, en el fondo, todo el oficio se reduce a una sola operación. "La actuación es una herramienta para entender mejor la humanidad", dice. "Nos da la oportunidad de ponernos en los zapatos de otras personas, muchas veces con perspectivas distintas a la nuestra, e interpretarlas sin juzgarlas". Se gradúa en 2025. Habrá que estar pendientes de la evolución de esta latina que ya se impone con éxito en las marquesinas internacionales.