MIAMIRoald Dahl fue muchas cosas. Piloto de la RAF, cuentista, agente comercial de la Shell, historiador del chocolate, inventor… Su versatilidad era tan grande como el catálogo de novelas infantiles que dejó como legado. Pero poco es lo que se sabe del Roald Dahl niño. O poco sería de no haber escrito una entretenida obra en la que narra algunas de las vivencias más marcadas de la infancia. Esto, como casi todo lo que publicó, lo desarrolló en clave de literatura infantil. De este modo, el lector interesado puede encontrarse hoy en día con el privilegio de conocer al Roald Dahl niño en Boy. Relatos de infancia (Penguin Random House).

La obra se encuentra organizada cronológicamente. Desde la historia sobre cómo su madre y su padre se conocieron, hasta el momento final en el que estalló la Segunda Guerra Mundial y se enroló en la RAF, donde fue adiestrado como piloto de guerra. Pero, como el mismo autor indica, esto último de la guerra es materia para otro libro, uno que cae fuera de las esferas de la escritura para niños.

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Lo que se cuenta en esta obra son historias de infancia, a veces divertidas, otras veces sorprendentes, espeluznantes e incluso tristes. Pero siempre en una clave en la que el lector aficionado encontrará puntos en común con el resto de la obra de literatura infantil por la que es mejor conocido el autor. Son muchas sus novelas, como Matilda, Los Gremlins o Los Cretinos, las que pueden verse reflejadas en sus escritos.

Dahl, quien nació en Inglaterra en 1916, se crió solo con sus hermanas y su madre. Los padres del autor se conocieron en Noruega, de donde ambos eran oriundos. Como sucede con todos los personajes en este libro, la historia detrás del padre del escritor, Harald Dahl, es digna de conocerse. Manco tras un accidente a los catorce años, no se vio impedido de participar en la Primera Guerra Mundial, de emigrar al extranjero y de obtener prestigio y fortuna.

Según narra Dahl, su padre poseía una ambivalencia que quizás pasara como herencia a su único hijo. Pero poco más es lo que se cuenta sobre la figura paterna, al contrario que de la materna, presente en cada capítulo. El primer percance doloroso en Boy se presenta como la muerte de Harald Dahl, víctima de una pulmonía y deprimido por la pérdida de una de sus hijas poco tiempo antes. Roald Dahl contaba sólo tres años de edad, y esto le dejó con el único recuerdo paterno de unos cuadernos en los que su padre recogía escritos diarios. Un gran escritor, según su hijo. Otro rasgo, tal vez, que también heredara él mismo.

Presentado con el formato de cortas aventuras, Boy está plagado de vivencias que cuesta imaginar que no influyeran más tarde en el imaginario del autor británico en el momento de crear algunas de las novelas infantiles más queridas y mejor recordadas por lectores de todo el mundo.

Un ejemplo se encuentra en las numerosas alusiones de Dahl a los castigos corporales a los niños en su época. Conocido por su defensa de los derechos de la infancia, el autor se describe a sí mismo como una figura que jamás comprendió la necesidad de infligir daño físico a un niño para aplicar un castigo. En sus descripciones de los personajes encargados de aplicar el castigo, siempre malhumorados, terroríficos, a la caza de cualquier infracción, es fácil encontrar los símiles que años más tarde empleara para crear a los villanos de sus cuentos. Unos villanos a los nunca les gustan los niños, y que abogan por la necesidad de controlarlos con mano dura.

Quizás uno de los capítulos que más recuerde a una de sus obras sea el de “Chocolates”. Resulta que cuando el autor asistía a Repton, un colegio de lo que en Inglaterra conocían como Public Schools, la fábrica de chocolate Cadbury obsequiaba de vez en cuando a cada alumno con una caja de cartón que contenía chocolate. Doce chocolates. Once de ellos con nuevos sabores que no se encontraban a la venta, y uno de los chocolates como muestra control. Además, la caja contenía un formulario para que los niños pudieran puntuar los nuevos sabores, y añadir comentarios.

En otras palabras, Cadbury empleaba a los niños como catadores a ciegas de nuevas variedades de chocolates que deseaban sacar al mercado. Un gran acierto por parte de la fábrica, en opinión del propio Dahl, ya que así se aseguraban la experta opinión de los mayores conocedores de chocolate del mundo: los propios niños. El autor recuerda la seriedad con la que se tomaba la tarea. Se encerraba en su cuarto y cataba concienzudamente cada tableta, tras lo cual puntuaba y opinaba pormenorizadamente sobre el sabor en cuestión. Esta experiencia, como indica el propio autor, y el lector puede imaginar, inspiró, treinta y cinco años más tarde, el famoso libro infantil Charlie y la fábrica de chocolate.

En Boy hay más de lo que quepa en una nota. Sabotajes a adultos malvados, travesuras, el accidente en el que el autor perdió la nariz, inolvidables viajes de verano a Noruega, extirpaciones de amígdalas sin anestesia de por medio, y la presencia constante de la figura materna. Ya sea leído en clave infantil, o como un adulto que encuentra puntos en común con la visión idealizada de la infancia, Boy es una obra que merece un lugar propio en muchas librerías. Entre el resto de libros de este gran escritor que tanto legó a la posteridad.

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