MIAMI.- A 130 años de la publicación de los números de la revista “La Edad de Oro”, de José Martí, otro cubano, escritor también, se ha lanzado a la aventura de editar este trabajo con la misma apariencia de la edición original que vio la luz en 1889, en Nueva York.

Luis Enrique Valdés Duarte, radicado en España, es un profundo martiano y un soñador que lleva en su Cuba portátil varios amuletos que lo conectan con sus raíces. Uno de esos amuletos es Martí, su “Pepe querido”, que tanto hizo por la libertad de la isla.

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Su proyecto editorial, junto al español Carlos Martín Aires, alcanzó la recaudación necesaria en la plataforma de crowdfunding Verkami, y ahora quienes deseen recibir el set con la edición de “La Edad de Oro” solo tienen que entrar a la página y encargarlo antes del 20 de mayo.

Según Valdés Duarte contó a DIARIO LAS AMÉRICAS, esta travesía editorial ha sido un desafío, pero tras meses de intenso rastreo y gracias a manos amigas, la edición será una realidad.

¿Qué huellas martianas te acompañan?

José Martí y su obra han sido cardinales en mi vida. Aquello que en nuestra infancia constituye una adoración es muy difícil de remover y en mi caso, por el contrario, se ha robustecido. Siempre me gustó más leer que ir a corretear. Y, en mis lecturas, Martí ocupó el lugar esencial.

El conocimiento de su obra me ha llevado siempre a una conclusión determinante: entregó su vida, y no me refiero sólo a la muerte en Dos Ríos, sino a todos los días de su intensa existencia, al servicio de hacer de la suya una patria libre, digna, de hombres preparados y valientes. Ese nivel de arrojo absoluto, viviendo en medio de inmensas precariedades como se desprende de su epistolario, es lo que convierte a Martí en un ser de otra índole.

Su ideología, tantas veces reacomodada y reajustada, comienza a fraguarse, probablemente, en su primer viaje a España cuando era aún un niño pequeñísimo. Esa primera estancia fue larga y, obviamente, decisiva. Pero tres circunstancias marcan profundamente la senda de su conciencia: Hanábana, donde vivió más de cerca junto a su padre el horror de la esclavitud, las clases y la amistad de Mendive y, finalmente, la cárcel. Cuando es deportado a España, quien llega aquí es un hombre de unos ideales inamovibles; no hace falta más que leer “El presidio político en Cuba”, escrito aquí a su llegada. Esas ideas se convierten en actos rotundos que tienen en La Fernandina lo que pareció ser un resquebrajamiento insalvable. Pero no, el hombre organiza la Guerra y llega a Cuba. ¡Martí es inmenso!

Mis abuelos tenían una pequeña finca cerca de Herradura, mi pueblo, en Pinar del Río. Era un lugar rodeado de naranjales y mangos donde no había electricidad. Ahora la vida allí me resultaría cruenta, pero entonces era el paraíso. Mi hermana tenía “La Edad de Oro” y mi abuela Lola se la leía con ella sentada en las piernas. Yo aún andaba por el suelo y era incapaz de entender nada. Cuando empecé a leer, fue uno de mis primeros libros: el mismo ejemplar. Y ese ejemplar está conmigo, aquí está.

Luego sitúo sucesos como ese concurso de bibliotecas, en el que participaba siempre, que se llamaba “Sabe más quien lee más” (expresión de “La Edad de Oro”), la llegada a mi vida de Alina González, una bibliotecaria, prima de mi madre, martiana y culta, que acrecentó en mí el amor por su figura y por el teatro: hicimos un montaje escolar de “Abdala” y nos apasionaba leer a Martí juntos.

Hay un suceso que no puedo soslayar. Mi abuelo Alejandro leía a todas horas, tenía una biblioteca enorme y tenía las Obras Completas de Martí. Yo estaba reuniendo peso a peso para comprar una bicicleta. Era un acto sisífico, claro. Pero cuando vi aquella colección martiana, cambié de rumbo. Le pregunté a abuelo dónde se podían comprar aquellos libros. Me dijo que aún los vendían en la librería de Los Palacios, donde él vivía. Entonces manifesté mi decisión de no comprar la bicicleta cuando tuviera el dinero reunido sino aquellas Obras Completas. Abuelo no lo dudó ni medio segundo: -¡Son tuyas!

Conmigo están esas Obras Completas y el recuerdo de mi excelente amigo Miguel Benavides, a quien Fernando Pérez había elegido para hacer el papel de Nicolás del Castillo en “José Martí: el ojo del canario”, aunque no llegó al rodaje para mi desconsuelo, conmigo está el recuerdo emocionado de mi amigo Jesús Ruiz, llorando en silencio los dos ante su tumba y conmigo también el apodo que, por apellidarme Valdés y amar a Martí, tuve durante toda la secundaria: Fermín.

¿Por qué crees que Martí se ha convertido en una especie de amuleto o señalita patria que los inmigrantes llevamos con nosotros cuando dejamos Cuba?

Cuando salí, me llevé “La Edad de Oro” y un epistolario breve. Luego, cuando fui de visita a Cuba traje un busto de bronce, precioso, que teníamos en casa; y al venir mis padres, me trajeron las Obras Completas. Si hay algo que ya tengo de este lado es todo lo martiano. Martí mismo era un hombre de amuletos. Cuando murió en el Combate de Dos Ríos, entre otros objetos, llevaba dos que a mí me conmueven profundamente: una foto de su hija María Mantilla y una escarapela con la bandera de Cuba que había pertenecido a Carlos Manuel de Céspedes. Los dos se conservan.

Y él mismo lo es para la mayoría de los cubanos por una razón muy honda: es de lo poco que ahora mismo es común a todos. Nos hemos dividido tan dolorosamente y hay tales encontronazos ideológicos que van quedando muy pocos puntos de concordia. El amor por Martí, la bandera y la Caridad del Cobre, que son los verdaderos símbolos de la nación, es común a casi todos los cubanos. La visión sobre ellos no. La fractura es enorme, pero sueño con que se restaure.

¿Cómo nació la idea de publicar una edición de “La Edad de Oro” similar a la que vio la luz en 1889 en Nueva York?

De la manera más accidental del mundo. Mi amigo Alberto Maceo me invitó a pasar el fin de año con él y su familia en Flensburg, al norte de Alemania. Él y Petra, su mujer, me instalaron en la habitación de los niños. Tiene allí un librero y, como es lógico, me acerqué a fisgar. Tienen entre ellos dos ediciones de “La Edad de Oro” muy poco agraciadas. Y como comentario sin más trascendencia le dije: “¡Qué mala suerte editorial ha tenido La Edad de Oro!”

Hacer un libro hermoso es el resultado de una serie de decisiones acertadas. Esa revista fue concebida por Martí con un buen gusto inmenso. Tanto la forma como sus contenidos, fueron meditados y medidos por él con maneras exquisitas que luego esas ediciones han sacrificado. Así que Alberto, sabiendo que la edición de libros es para mí una debilidad me soltó: “Pues haz una tú que te parezca bonita.”

En cuanto pisé España me dispuse a la labor de encontrar “los originales”, como he llamado todo este tiempo a los ejemplares de aquella primera edición de Nueva York, único modo de hacer una edición facsimilar responsable.

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Postales con las ilustraciones internas del libro.
Postales con las ilustraciones internas del libro.

¿Qué retos has enfrentado en esta travesía editorial?

Uno de los retos mayores ha sido conseguir la financiación. Una edición facsimilar, tal como la queremos hacer: con la apariencia exacta que tuvo la revista en 1889, a cuyos cuatro números sumaremos uno que servirá de presentación y estudio, de modo que ninguno de los cuatro números martianos tenga, en lo más mínimo, supresiones ni adiciones, y que todo ello vaya dentro de un estuche exclusivo que le otorgará al conjunto elegancia, unidad y conservación, es, sencillamente, carísima.

Se nos ocurrió entonces que quizás muchos cubanos, o amantes de Cuba o, sencillamente, de las cosas hermosas, podían tener el mismo deseo que nosotros y que si nos juntábamos y cada uno ponía un poco, llegaríamos antes.

Aún está abierto el plazo dado por la plataforma y aún las personas están a tiempo de encargarnos las colecciones para ser impresas y enviadas. Hemos decidido que todos aquellos que, dentro del plazo, hagan una aportación para tener la edición, debe aparecer en ese número especial, de modo que su nombre quede, como es justo, ligado a Martí y a “La Edad de Oro”, para siempre.

No obstante, antes de todo esto, fue necesario encontrar esos “originales”. Comenzó con una búsqueda mundial urgente. Tenía muy pocos meses si quería hacer todo el proceso antes de julio, que es cuando se cumple el aniversario exacto. La revista había sido distribuida en cinco países: Estados Unidos, Cuba, México, Venezuela y España. Su distribución no fue masiva. A Martí le costó encontrar amigos que le ayudaran a distribuirla; menos en México puesto que allí estaba su “hermano” Manuel Mercado, a quien envió nada menos que 500 ejemplares del primer número. En Cuba entró por Guantánamo, donde aún una placa en el sitio en el que fueron recibidas las revistas.

Lo primero que hice fue considerar que en la Biblioteca Pública de Nueva York podían quedar ejemplares de 1889, pero no fue así. Pensé entonces que el doctor Eduardo Lolo, quien tiene una edición crítica de “La Edad de Oro”, podía indicarme el paradero de alguna colección fuera de Cuba. Su respuesta no pudo ser más desalentadora: la única colección sobreviviente era aquella que Martí había puesto en manos de Quesada y está actualmente en la isla. Que un hombre que la había estudiado con tanta profundidad me dijera esto me llenó de desánimo. Sin embargo, sus investigaciones son de los años 90. Entonces Internet no tenía el auge actual. Esto me hizo suponer que quizás sí que existía en algún lugar del mundo una colección accesible y que Lolo desconociera.

No estaba en las bibliotecas nacionales de ninguno de los países antes mencionados, así que empecé a buscar en la de otros. Entonces en la Biblioteca Nacional de Francia dijeron tenerlos. Zoé Valdés me ayudó mucho en la comunicación con ellos y sí, supuestamente los tenían. Recibí un presupuesto con la aclaración de que, lamentablemente, había un error de catalogación. Ellos tenían “una edición facsimilar de 1989”. Era la edición de la que he hablado antes; con toda lógica la habían confundido con los originales puesto que para catalogar la revista no necesitaron abrirla, toda la información: editor, autor, año, mes, número, ciudad… todo aparece en la portada. Tras treinta años y el alto grado de conservación que pueden llegar a tener los documentos en países secos y fríos, era normal que ellos confundieran los de 1989, que han envejecido muy mal, con los de hace 130 años.

Se me ocurrió llamar a mi buena amiga María José Rucio quien es la Jefa del Departamento de Manuscritos e Incunables de la Biblioteca Nacional de España. Lo primero que me dijo fue algo que yo ya sabía: no lo tenían. Pero estuvo enseguida dispuesta a echar una mano, dándome esperanzas con que entre las bibliotecas se entienden muy bien. A los pocos días, en los cuales yo seguía buceando en cuanta biblioteca pasaba por mi cabeza, me llamó para decirme que cierta biblioteca de Madrid: la de la Agencia de Cooperación Internacional para el Desarrollo decía tenerlos.

Llamé inmediatamente a la AECID. Me atendió un señor amabilísimo que ya estaba al tanto de mis pesquisas. Miró su catálogo y me aseguró firmemente que tenía los originales. Invitado a pasar el fin de semana en la casa madrileña de mi amiga Thais Pujol Acosta, salí disparado de Valladolid para llegar justo antes de que cerraran la biblioteca. Era un viernes. Salí de la boca del metro de Moncloa con una emoción desbordante. Iba corriendo, llorando, con Alberto Maceo al teléfono. En apenas tres minutos iba a estar ante ellos por fin.

Me atendió un ser lleno de luz: Rodrigo Sorando. Tenía para mí una mala noticia: sus compañeros creían que se trataba de un facsímil. Sólo tuve que ver el lomo para percatarme de que, probablemente, no eran los que yo buscaba. Y al abrirlos vino la confirmación del desastre: el mismo error que los franceses.

Probablemente Rodrigo se percató de que yo estaba a punto de llorar. Me temblaban los labios y las manos. No tenía las más mínimas esperanzas de encontrarlo pero me habló entonces de una herramienta que hacía en un segundo lo que yo llevaba medio mes haciendo por mi cuenta: buscar en todas las bibliotecas del mundo a la vez. “Lo tienes en París.” Y yo que no, que no, que es lo mismo que aquí. Y entonces se hizo la luz, pero una luz aún muy tenue: “¡Están en una biblioteca de Miami!”

¿Cómo obtuviste la edición original?

Desde la Florida no tardaron en ser generosísimos: cederían gratuitamente las copias con las características que precisábamos, aunque fueran inmensas, con la única condición de que ello quedara constatado en el número especial de la edición. Así será y allí podrá saberse, con detalles, quiénes son estas personas tan caritativas y tan excelentes profesionales.

En medio de todo este proceso, conseguí unir a mis propósitos a quien es ahora uno de sus pilares fundamentales: Carlos Martín Aires. Además de ser uno de mis más grandes amigos, es también uno de los mejores editores que conozco. Su experiencia en la labor editorial es inmensa y su absoluta entrega al trabajo hará, con toda seguridad, que “La Edad de Oro” quede exactamente como la soñamos.

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¿Consideras que en estos tiempos los niños deberían acercarse a un clásico como “La Edad de Oro”?

Absolutamente. Se ha dicho muchas veces y yo lo repito siempre: “La Edad de Oro” es una fuente inmensa de valores. En la carta que le escribe a Manuel Mercado el 3 de agosto de 1889, hablándole detenidamente del proyecto de la revista y rogándole que busque un distribuidor en México, deja clara su profunda intención formativa: “Verá por la circular que lleva pensamiento hondo y ya que me la echo a cuestas, que no es poco peso, ha de ser para que ayude a lo que quisiera yo ayudar, que es a llenar nuestras tierras de hombres originales, criados para ser felices en la tierra en que viven, y vivir conforme a ella, sin divorciarse de ella, ni vivir infecundamente en ella, como ciudadanos retóricos, o extranjeros desdeñosos nacidos por castigo en esta otra parte del mundo. El abono se puede traer de otras partes; pero el cultivo se ha de hacer conforme al suelo. A nuestros niños los hemos de criar para hombres de su tiempo, y hombres de América”.

Es manifiesta su preocupación por llegar a ellos con un lenguaje que les pudiera entretener e instruir: “Dígame, de veras, lo que los niños de su casa han dicho de él, como niños…”.

A más de uno le sorprendería volver a “La Edad de Oro” para ver que es un texto de un enorme atractivo. Es verdad que los niños de ahora están muy cautivados por las nuevas tecnologías y ello, debidamente encauzado, no es malo. Sin embargo, los encantos que siempre ha tenido el libro impreso, su tacto, su olor, y esta vez el saber que lo que se tiene entre las manos tiene la apariencia exacta de lo que para ellos creó Martí, son insustituibles.

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