Que la historia le dé el lugar que no le dieron sus contemporáneos. Esa es la justicia mayor para la excelencia y la virtud que, a tono con la condena y castigo del malvado y la indiferencia de tanto homo masa, parece haberse tomado por su mano y nunca se ha permitido abandonar el gran artista cubano Mike Porcel.

Y esa, la justicia histórica para él, es la mejor mía-personal venganza contra esos mismos y todos aquellos-estos otros que se atragantan del tanto cavernícola ruido que invade hoy la modernidad y el alma y oído de sus modernos. Esos del reguetón y la guapería, de la malatrova, los cuatro acordes y la rima fácil, los del ambiguo oportunista comportamiento y el hipócrita discurso, pretendido arte.

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Y también contra los de la ignorancia forjada en el nulo esfuerzo por intentar, al menos, comprender la estricta dimensión de un arte como la canción, los matices que la configuran y la lógica que marca su división en géneros, esa característica que convierte en incomparables una canción popular con una lírica, una para encender el carnaval con una para iluminar un alma espiritualmente exigente, una tumultuosamente prescindible con una íntima, eterna, definitivamente divina.

El arte está más allá de los gustos y las utilidades. Muy al norte de lo opinable. Listo. Y ahora a lo que vale, lo noble.

Mi primer gustazo con Déjà vu, el más reciente disco de Mike Porcel, fue comprármelo. Antes de que Mike se diera cuenta, pues siempre tiene un disco destinado para mí. Luego, segundo gustazo, su dulce reprimenda por mi compra, una cariñosa versión desesperada del regaño que, me confesó, le propinó su adorable Millie por “no estar al tanto”. Pero es que, hasta donde recuerdo, Déjà vu es el primer disco que compro en mi vida. Y, por personal coherencia histórica, tenía que ser de-para Mike Porcel.

Y entonces, con los días, el premio: la escucha. La cata más bien. Porque me lo he bebido una y otra vez. Hasta llegar a considerar que ya voy entendiendo al maestro: cueste lo que cueste hay que salvar la música.

Caída en la belleza. Admiración mayor al embellecedor. También rabias y tristezas. Amieladas y leves, por supuesto, pero ahí han estado en cada audición como un reproche a medías cariñoso ante el cada vez más frecuente alejamiento de mi fe en las bellas cosas. Y, definitivamente, sorpresa y agradecimiento. Emoción. Retorno a mí mismo. Vuelta a las juveniles expectativas respecto al arte.

Música ¡Música! Pero no cualquier música: Canción. Y no cualquier canción. Canción Arte. Esa que no tiene género. Canción sin encierro, fuera de todo caracol, destinada al alma y al cerebro, repartida en riguroso equilibrio entre emoción y razón. Disfrute espiritual y físico.

Trabajo y amor, Mike en Déjà vu es, él solo, un equipo completo de creadores y ejecutores entre músicos y técnicos. Creó las canciones, creó los arreglos y las orquestaciones, dibujó y pintó los territorios sobre los que asentar su voz diciendo sus poemas y melodías, sus soportes armónicos, su entrada en ese bosque desconocido que es la música real compleja necesaria. Y tocó los Instrumentos a tocar y programó, con meticulosidad y paciencia de orfebre hacedor de damasquinado de Toledo, cuerdas, orquesta, percusiones, silencios, intenciones. Luego grabó la música y el verso desde su garganta. Para entrar a continuación en el digital universo de la tecnología que todo o casi todo lo puede y que reina para bien y mal de los hombres. Escrupulosa ingeniería necesaria para borrar cualquier rastro de todo aquello que no fuera la divina poesía sonora que necesitaba transmitir. Amor y trabajo. Mucho de ambos.

Hubo también, como complemento y acabado, la mano maestra de Ricardo Eddy Martínez en las mezclas y de Bruce Weeden en la masterización. El diseño gráfico es obra de Roberto Carril Bustamante.

¿El resultado? Esta sensación de felicidad y salud que tan poco dinero-esfuerzo me ha costado.

Insisto en el regalo: felicidad y salud.

El otro valor fundamental que preciso para celebrar la vida lo pone, en el disco, justo su arte: libertad. Como en toda su obra, sus discos y sus decires, en Déjà vu Mike es el artista más libre que conozco.

“Me niego a ser rebaño

porque el andar en fila

y esperar de rodillas me hace daño.”

Mike Porcel sigue demostrando que es posible madurar sin envejecer. O transitar la adultez sin abandonar la acometividad de la adolescencia. Esa exquisita estricta exuberancia en su música y su poesía no es más que mucha juventud, mucha vida, es la explosión de una artística adolescencia inmutable, eterna, la misma que desde hace medio siglo nos mantiene temblorosos y rejuvenecidos también a sus admirados adoradores.

Cada vez que me inquieta cierta sensación de no estar siendo absolutamente objetivo en mi percepción de Mike Porcel y su música, doy al play y me pongo a escuchar. Invariablemente el resultado es una pregunta con un sentido provocadoramente diferente: ¿qué es ser absolutamente objetivo? Todo lo bueno y mejor que se puede decir de Déjà vu está en el disco. Estos apuntes son pura emoción y, desde ellos, la necesidad de compartir.

Y la esperanza de motivar a quienes no abandonan su propia fe en las bellas cosas.

Y sí, así como fumao’ me deja el disco.

mikeporcel.com/cds

Por Rubén Aguiar, músico y compositor

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