En entrevista con DIARIO LAS AMÉRICAS, el dramaturgo ganador del premio Pulitzer habla sobre los desafíos de acercarse a uno de los grandes clásicos del teatro estadounidense, su conexión personal con la historia y las razones por las que, tantos años después, sus personajes continúan siendo profundamente actuales.
También dirigida por Samantha Pazos, la producción de Arca Images llega al Westchester Cultural Arts Center, en Miami, del 21 al 30 de agosto, con las actuaciones de Carlos Acosta Milián, Caleb Casas, Guillermo Cabré, Rosalinda Rodríguez, Charles Sothers, y Nabilah Hernández Molina.
- ¿Qué te hizo asumir el reto de dirigir La muerte de un viajante, una de las obras más emblemáticas del teatro estadounidense?
Esta es una obra que no envejece. El sueño americano no realizado es algo que se repite a través de los años en este país. Vemos familias que han trabajado toda una vida creyendo en una promesa de progreso, y vemos a sus hijos tratando de alcanzar sueños que cada vez parecen más lejanos.
Willy Loman, el personaje central de la obra, encarna muchas de esas aspiraciones. Miller escribió la obra en 1949, pero la frustración de Willy Loman, su deseo de que sus hijos tengan una vida mejor que la suya y el dolor de ver que esas expectativas no se cumplen siguen siendo muy nuestros.
Y creo que ahí está algo esencial de la obra: no estamos hablando solamente del fracaso individual de Willy, sino de una promesa que el país hace una y otra vez y que no siempre puede cumplir.
- ¿Qué encontraste en el texto de Arthur Miller que te resultó especialmente cercano o relevante desde tu propia sensibilidad como dramaturgo y artista?
Me interesa mucho la manera en que Miller explora la psicología de sus personajes y, sobre todo, la relación entre el pasado y el presente. Es algo que a mí también me gusta investigar como dramaturgo y director.
En La muerte de un viajante, el pasado nunca desaparece. Está continuamente irrumpiendo en el presente, como ocurre también en nuestras propias vidas. Nos atamos a él porque el pasado no se borra: nos define, nos marca, incluso cuando tratamos de cambiarlo o de evadirlo.
Eso me resulta muy cercano como escritor. Me interesa esa convivencia entre lo que somos y lo que fuimos, entre la memoria y el presente.
- ¿Qué querías descubrir o revelar de esta obra que quizás el público no haya visto en otras versiones?
No creo que se haga una obra para revelar necesariamente algo nuevo, sino para mostrar lo que está detrás de las palabras y del comportamiento humano. Ahí es donde para mí está el verdadero descubrimiento.
La muerte de un viajante es una obra de una vigencia extraordinaria. Lo que Miller muestra es la constancia de un sistema que vende sueños, que crea expectativas sobre el éxito, el dinero y la felicidad, y las consecuencias humanas cuando esas promesas no se cumplen.
Más que imponerle una nueva lectura a la obra, me interesa observar profundamente a estos personajes y dejar que aparezca todo aquello que se esconde detrás de lo que dicen, de lo que callan y de cómo se comportan.
-La muerte de un viajante fue escrita en 1949. ¿Qué crees que dice hoy sobre nuestra sociedad y sobre la idea del “sueño americano”?
Hoy en día pareciera que se vive para trabajar, en vez de trabajar para vivir. Y creo que La muerte de un viajante nos enfrenta precisamente a esa contradicción.
El deseo forma parte de nuestra existencia. Nuestros esfuerzos se alimentan de sueños y deseos, de la necesidad de alcanzar algo, de mejorar nuestras vidas. Pero quizás deberíamos concentrarnos menos en esa sed que nos impulsa casi en todo momento y aprender a participar plenamente de todo lo que nos ofrece la vida, encontrando valor tanto en lo que hacemos como en lo que no hacemos con nuestro tiempo.
Willy ha aprendido a medir su vida a partir de lo que logra, de lo que vende, de cómo lo ven los demás. Y en esa búsqueda se le escapa algo esencial: el valor de su propia existencia más allá de sus logros.
- Willy Loman está obsesionado con el éxito, el reconocimiento y con la imagen que proyecta ante los demás. ¿Qué representa ese personaje para ti?
Creo que hay un poco de Willy Loman en todos nosotros. Lo importante es reconocer ese rasgo en nuestra propia existencia y preguntarnos qué hacemos con esa constante que hemos heredado, no solamente de nuestros ancestros, sino también del ambiente y de la sociedad en que vivimos.
Todos llevamos dentro ciertos deseos de éxito, de reconocimiento. El peligro está en permitir que esos deseos determinen el valor que le damos a nuestra vida. Para mí, lo importante es encontrar valor en todo lo que se hace y también en lo que no se hace, en este tiempo prestado que se nos ha dado. Quizás la tragedia de Willy sea precisamente no haber podido reconocer a tiempo que su vida tenía un valor que no dependía de sus logros ni de la mirada de los demás.
- ¿Consideras que Willy es una víctima del sistema, de sus propias decisiones o de ambas cosas?
Si Willy Loman fuera solamente una víctima, no seguiría luchando por su vida y por la de los demás. Su lucha es interminable. Se equivoca, se engaña, pero nunca deja de buscar una salida.
Incluso su final trágico tiene para él un propósito: facilitarle una vida mejor a su hijo Biff, que está perdido y no encuentra cómo realizarse en el mundo. Willy llega a creer que el dinero de su seguro de vida puede darle a su hijo la oportunidad que él no pudo darle en vida. Su último acto es a la vez desesperado y profundamente ligado al amor. Willy sigue creyendo hasta el final que puede hacer algo por su hijo, aunque para lograrlo tenga que desaparecer él.
-¿La relación entre Willy y sus hijos es uno de los grandes motores emocionales de la obra. ¿Qué te interesaba explorar de ese vínculo entre padres, expectativas y decepciones?
Cuando enseño en universidades, veo que muchos estudiantes no siguen sus verdaderas pasiones ni estudian necesariamente lo que desean. En parte tiene que ver con lo que cuesta estudiar en Estados Unidos y el sacrificio económico de las familias.
La expectativa puede llegar a ser muy grande. He conocido casos de estudiantes que han sufrido terriblemente bajo la presión de las expectativas familiares, incluso casos que han terminado trágicamente en suicidio. Y veo también en los ojos de muchos jóvenes la ansiedad que esas expectativas pueden producir.
Eso me hace pensar mucho en la relación entre Willy y Biff. Willy ama profundamente a su hijo y quiere lo mejor para él, pero proyecta sobre Biff su propia idea de lo que significa triunfar. A veces, por amor, los padres depositan sobre sus hijos sueños que les pertenecen a ellos, sin darse cuenta del peso que esos sueños pueden llegar a tener.
- ¿Hasta qué punto crees que los padres pueden transmitir a sus hijos sus propios sueños y frustraciones?
La transmisión de sueños, deseos e inquietudes por el destino de nuestros seres queridos proviene, muchas veces, de un gran amor familiar. Los padres quieren proteger a sus hijos, desean que tengan una vida mejor y que puedan alcanzar aquello que quizás ellos mismos no pudieron alcanzar.
En la relación entre Willy y Biff vemos precisamente eso. Willy deposita en su hijo sus esperanzas y su propia idea de lo que significa triunfar. Pero lo hace también desde un amor profundo y desde el deseo de asegurarle un lugar en el mundo.
El problema surge cuando los sueños de los padres se convierten en expectativas que los hijos sienten que tienen que cumplir. Biff carga durante años con una idea de sí mismo que pertenece en gran parte a su padre. Y su lucha consiste precisamente en descubrir quién es él, separado de los sueños que Willy imaginó para su vida.
Quizás amar a un hijo también significa aprender a aceptar que su sueño puede ser completamente distinto al nuestro.
-La obra habla mucho de la necesidad de sentirse querido, admirado y reconocido. ¿Es ese, en el fondo, uno de los grandes dramas de Willy?
Todos queremos tener un lugar en la sociedad y ser valorados por nuestros esfuerzos. Queremos sentir que lo que hacemos tiene algún significado y que nuestra presencia en el mundo importa para los demás.
Willy necesita sentirse querido, admirado y reconocido, pero no creo que esa necesidad sea solamente suya. El problema surge cuando nuestro sentido de valor depende demasiado de la mirada y de la aprobación de los demás. Willy mide su existencia por cuánto vende, por cuánta gente lo conoce y por la imagen que proyecta. Quizás uno de sus grandes dramas sea no poder reconocer el valor de lo que ya tiene: una familia que lo ama, una vida que ha construido y un lugar en el mundo que no necesita ser demostrado constantemente.
- ¿Cómo trabajaste con los actores para construir personajes tan complejos sin convertirlos simplemente en víctimas o villanos?
Estos personajes han sido delineados por Miller de tal manera, a través de la musicalidad del lenguaje y del subtexto de los diálogos, que es difícil caer en estereotipos de víctimas y villanos.
Como director, mi trabajo ha sido escuchar lo que ya está en el texto y ayudar a los actores a descubrir lo que existe detrás de las palabras. Muchas veces un personaje dice una cosa y siente otra, o intenta ocultar precisamente aquello que más le duele. Es en esas contradicciones donde aparece su humanidad.
En verdad, lo que estos personajes buscan es crear una realidad falsa para poder seguir sobreviviendo en una sociedad llena de expectativas. Se aferran a una imagen de sí mismos y de los demás porque necesitan creer en ella. La excepción es Biff, que lucha por liberarse de esa falsa identidad, de la imagen que su padre ha creado para él y que él mismo ha cargado durante tantos años.
Miller no juzga fácilmente a sus personajes. Los deja equivocarse, herirse, amarse y contradecirse. Y cuando uno trabaja desde esa complejidad, deja de buscar culpables y empieza a encontrarse con seres humanos.
- Has explorado temas como la identidad, la memoria, el exilio y el deseo. ¿Cómo dialogan esos temas con La muerte de un viajante?
La identidad, la memoria y el exilio forman parte de los temas que he explorado y que seguramente seguiré explorando como escritor en mis propias obras. No se puede esperar menos de un escritor como yo, que fue desterrado del lugar donde nació cuando era niño.
El exilio no consiste solamente en abandonar un país. También tiene que ver con la relación que establecemos con el pasado, con aquello que perdimos y con la identidad que intentamos reconstruir en otro lugar. En ese sentido encuentro una conexión muy profunda con La muerte de un viajante.
Willy vive también aferrado a un pasado al que no puede regresar y a una imagen de sí mismo y de su familia que el presente constantemente contradice. La memoria se convierte para él en una especie de territorio al que vuelve una y otra vez. Y aunque su experiencia sea muy distinta a la mía, reconozco esa necesidad humana de buscar en el pasado una explicación de quiénes somos en el presente.
- Como artista vinculado a una comunidad inmigrante y bilingüe, ¿hay elementos de la experiencia inmigrante que resuenen particularmente con esta historia?
Mis padres tenían una tienda de zapatos. Mi primer trabajo también fue en una peletería, pero ellos no querían ese futuro para mí, ni yo tampoco. Como tantos padres inmigrantes, querían que sus hijos tuvieran otras posibilidades, que pudieran llegar a lugares que quizás para ellos habían sido inaccesibles.
Por eso hay algo de la familia Loman que me resulta muy cercano. Willy también quiere que sus hijos tengan una vida mejor y lleguen más lejos que él. Esa esperanza forma parte de la experiencia de muchas familias inmigrantes: trabajar, sacrificarse y pensar que la próxima generación podrá encontrar un camino propio.
En mi caso, mis padres me permitieron buscar ese camino. No me pidieron que continuara lo que ellos habían comenzado. Y quizás ahí está una diferencia importante con Willy: amar a un hijo también puede significar permitirle imaginar un futuro distinto al que uno imaginó para él.
- ¿Encuentras algún paralelismo entre el sueño americano de Willy Loman y los sueños de quienes llegan a Estados Unidos buscando una vida mejor?
El sueño americano, que para mí incluye también la promesa de la democracia, está hoy bajo una enorme presión. Esto resuena particularmente en estos tiempos, cuando vemos a inmigrantes marginados y expulsados, y un sistema de jerarquías y meritocracia que decide quién merece pertenecer, quién puede prosperar y quién queda excluido.
Quienes llegan a este país muchas veces llegan impulsados por una promesa: trabajar, sacrificarse y ofrecerles a sus hijos una vida mejor. Pero el sueño americano nunca ha sido igualmente accesible para todos. Existe una distancia entre la promesa y la realidad, entre aquello que se nos dice que podemos alcanzar y las posibilidades reales que la sociedad nos ofrece.
Esa contradicción está en el corazón de La muerte de un viajante y también forma parte de la experiencia de muchas familias inmigrantes.
- ¿Qué significa presentar una obra estadounidense desde una mirada cultural y artística latinoamericana?
El retrato de la familia Loman podría ser también el retrato de una familia García o Toledo en un vecindario de Miami, El Paso o Nueva Jersey. Cambian los apellidos, los acentos y las circunstancias, pero permanecen el deseo de pertenecer, el sacrificio de los padres, las expectativas depositadas en los hijos y la necesidad de encontrar un lugar dentro de la sociedad.
Ahí encuentro un paralelismo muy fuerte con la experiencia inmigrante. Quienes llegan a este país muchas veces llegan impulsados por esa misma promesa: trabajar, sacrificarse y ofrecerles a sus hijos una vida mejor. Pero el sueño americano nunca ha sido igualmente accesible para todos. Algunos son invitados a participar de él y otros quedan al margen. Y esa tensión entre la promesa y la realidad hace que la obra de Miller siga teniendo una resonancia extraordinaria.
- ¿Cómo ha cambiado tu percepción de la obra desde la primera vez que la leíste hasta ahora?
He estudiado y presenciado la obra de Miller en varias ocasiones, y siempre me ha conmovido. Pero vivirla ahora desde más cerca, entrar en ella a través de los ensayos y adentrarme en su esencia, me resulta aún más conmovedor.
Cuando uno trabaja una obra desde dentro, comienza a descubrir la profundidad de los silencios, de las relaciones entre los personajes, de todo aquello que existe detrás de las palabras. Y en el caso de La muerte de un viajante, cuanto más me acerco a ella, más profundamente humana me parece.
También es importante señalar que estamos trabajando con una adaptación de Alexa Kuve, que ha sabido conservar el pulso estremecedor de la obra de Miller. A pesar de los cambios que implica una adaptación, permanece intacta esa corriente emocional que atraviesa la obra: la lucha de una familia por sostenerse, por comprenderse y por sobrevivir a sus propias ilusiones.
Para boletos o más información, visite arcaimages.org