“Siento en mi alma cubana la alegría de vivir.”
Salida de Cecilia Valdés

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MIAMI.- Rosita Fornés merece ser recordada no solo por su arte sino por su alma cubana, su gran ejemplo de cubanía alegre, gentil y generosa, sin patrioterismo mezquino.

Ella misma reafirmaba su alma cubana al encarnar el papel protagónico de la zarzuela Cecilia Valdés: “Yo soy Cecilia, Cecilia Valdés… Siento en mi alma cubana la alegría de vivir.”

Esta zarzuela, compuesta por el maestro Gonzalo Roig y estrenada en 1932 en el Teatro Martí de La Habana, precisamente donde el pueblo cubano rindió un último homenaje a Rosita, está basada en la novela costumbrista Cecilia Valdés o La Loma del Ángel de Cirilo Villaverde, considerada obra cumbre de la literatura cubana del siglo XIX y definitoria del carácter nacional cubano.

La zarzuela, a su vez, se considera la más simbólica del teatro lírico cubano y es Patrimonio Nacional.

Al igual que la Cecilia Valdés de la zarzuela contrapone su explosiva alegría y encanto musical al fondo trágico de la Cuba colonial, Rosita supo contraponer la contagiosa alegría de su alma cubana al doloroso fondo trágico de nuestra sufrida patria en una Cuba que se pretende revolucionaria.

A diferencia de Cecilia Valdés, criolla y mestiza, nacida en La Habana colonial del siglo XIX que sufrió un destino cruel, Rosita, nacida en Nueva York de padres españoles, asumió su condición de cubana por decisión propia.

Los que vivimos en el exilio entendemos que, al igual que Rosita, no hay que haber nacido en Cuba para sentirse cubano. Nosotros también asumimos nuestra condición de cubanos por decisión propia. Y lo vemos en nuestros hijos, sobrinos y nietos. Entendemos que los cubanos nacemos en todas partes y hablamos todos los idiomas. Y por ello admiramos la cubanía de Rosita y respetamos su papel de puente entre La Habana y Miami, entre Cuba y los cubanos de todas las latitudes.

Recordemos que la Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde es obra de exilio y que la versión definitiva de la novela vio la luz en 1882 en Nueva York, donde el autor vivía exiliado desde 1849, tras haber sido perseguido y arrestado por las autoridades coloniales españolas en Cuba.

Mi primer recuerdo de Rosita Fornés es esa salida de Cecilia, interpretada en su revista musical semanal Desfile de la alegría, a mediados de los años 1960, transmitida por la televisión cubana. Yo era un niño, y disfrutaba de su programa todos los miércoles a las 9 de la noche en compañía de mi abuela y abuelo maternos, fieles admiradores de la artista.

Y hoy, tantos años después, al despedirnos de Rosita, la vuelvo a recordar en ese papel y pienso que, para entender a nuestra vedete de Cuba, nada más revelador que su Cecilia Valdés, dada la importancia del teatro lírico en su carrera y de esta zarzuela en particular. Es un lugar común decir que Rosita representó la gloria de la Cuba de ayer y el gusto del pasado. Su representación del personaje de Cecilia Valdés parecería confirmar esta visión. Ruego que se me permita discrepar.

Rosita no es pasado, sino futuro. No es nostalgia de lo que fue, sino añoranza de lo que será. Su ejemplo de alma cubana es lo que deseamos para nuestra patria. Supo pararse bonita. Supo mantener y defender su condición de ser libre, poniendo su arte y su belleza al servicio de sus valores humanos.

Con su arte creó su propia realidad, su propia burbuja de felicidad, en medio de oprobios, injusticias, desgracias, carencias y penurias.

Rosita nos dibujó su propio mundo y nos invitó a vivirlo con ella, donde nos brindó abrigo y con su fuerza de espíritu nos dio fuerza al nuestro. Colmada de plumas y lentejuelas, nos creó un mundo de fantasía donde vivir un sueño de abundancia y regocijo.

Y en medio de la desesperación, nos devolvió las esperanzas. Apoyó a otros artistas caídos en desgracia. Protegió y defendió a su público gay, frente al terrorismo de estado. Con amor, gracia y una sonrisa, supo conservar su dignidad y nos ayudó a conservar la nuestra. Supo mantener, a pesar de los pesares, la alegría de vivir en su alma cubana.

Y hoy, al celebrar su larga vida ejemplar, brindemos por ella, agradecidos, y apostemos por Cuba, esperanzados. Qué viva Rosita. Qué viva el alma cubana. Y qué viva Cuba libre.

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