MIAMI.- La historia artística de Karla Cañizalez es el testimonio de una vida moldeada por la música desde la infancia. Nació y creció en Boconó -Trujillo, donde el contacto temprano con el Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela definió su rumbo. Ingresó como violinista en un momento en que el país vivía una expansión cultural sin precedentes, y su talento la llevó a formar parte de la fundación de la Orquesta Sinfónica Infantil Venezolana en 1994. Ese primer paso no solo marcó su carrera, también la conectó con una misión: ofrecer acceso a la música como herramienta de transformación social. A partir de ahí comenzó un camino que mezcló estudio, disciplina y una entrega que pocos músicos mantienen a lo largo del tiempo.
Durante sus primeros años con el Sistema, Karla trabajó intensamente para dominar su instrumento. El violín se convirtió en su voz, un medio que le permitió crecer como intérprete y como profesional. Su participación dentro de la Orquesta Sinfónica del Estado Trujillo fortaleció su presencia regional y la llevó a vivir de cerca la dinámica de una agrupación estable, con temporadas, repertorios desafiantes y un público que la vio evolucionar. En paralelo formó parte de las voces blancas del módulo juvenil, una experiencia que amplió su sensibilidad musical y su capacidad de lectura y expresión.
El alcance de su trayectoria se hizo visible cuando comenzó a integrar delegaciones oficiales en giras internacionales. A mediados de los años noventa representó a Venezuela en escenarios que cualquier músico considera hitos. En Estados Unidos tocó en el Kennedy Center, uno de los espacios más importantes para las artes en el continente, y en la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York, donde la música se transformó en un puente diplomático ante cientos de invitados. También participó en presentaciones dentro del Banco Interamericano de Desarrollo, impulsando la presencia cultural venezolana desde el talento juvenil.
Sus giras también la llevaron a participar en actos oficiales en Brasil, Chile y México, acompañando visitas presidenciales y eventos vinculados a cumbres iberoamericanas. Para Karla, estos viajes fueron una escuela en movimiento. Cada país sumó aprendizajes, repertorios y experiencias que enriquecieron su interpretación. Su formación tomó un nuevo impulso cuando llegó a Europa. Tocó en el Conservatorio Verdi, en el Teatro di San Carlo y en la Catedral de Angnil, lugares que exigen rigor y madurez musical. También fue parte de presentaciones en la Capilla Clementina del Vaticano, una ocasión que pocos artistas llegan a vivir. Años más tarde participó en un concierto en Alemania con la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar, un logro que confirma la calidad de su desempeño dentro del movimiento orquestal venezolano.
Más allá del escenario, Karla ha construido un legado como educadora. Enseñó lenguaje musical, cámara, historia de la música y violín en el módulo sur de la Orquesta de Boconó. Su enfoque pedagógico siempre buscó formar músicos integrales, no solo ejecutantes. Para ella, el aula era un espacio para cultivar disciplina, sensibilidad y confianza en el propio proceso. Sus estudiantes recuerdan la claridad con la que explicaba conceptos técnicos y la paciencia con la que guiaba cada avance. El impacto de su labor docente se refleja en jóvenes que continuaron estudios avanzados o que hoy integran agrupaciones dentro y fuera del país.
La lista de reconocimientos que ha recibido confirma la magnitud de su aporte. El Ministerio de la Familia la destacó durante la gira de 1995 por Estados Unidos. La Alcaldía de su ciudad natal, le otorgó el Botón Honor al Mérito por su contribución al desarrollo musical de su municipio. La Legislatura del Estado Trujillo la reconoció por su desempeño dentro de las filas de la Orquesta Nacional Infantil. El Ministerio de Educación valoró su participación durante la VII Conferencia Iberoamericana de Educación. Incluso músicos del Cuarteto de la Filarmónica de Berlín, avalaron su calidad interpretativa en clases magistrales que dejaron huella en su formación.
Estos treinta años no pueden describirse únicamente como una carrera. Son el historial de una artista que entendió la música como un servicio, un compromiso con su comunidad y con el país. Karla ha sido intérprete, maestra, promotora cultural y testigo de la evolución del movimiento orquestal venezolano desde adentro. Su violín ha sonado en salas emblemáticas, en actos oficiales, en escuelas, en templos y en plazas donde la música tiene la fuerza de unir a la gente. Su nombre pertenece a una generación que llevó el talento venezolano a escenarios donde la calidad es ley, y su presencia sigue siendo relevante gracias a una entrega sostenida, honesta y profundamente humana.
Hoy su trayectoria se mira como una línea continua que combina experiencia, tradición y renovación. Karla Cañizalez no solo celebra tres décadas como violinista, también confirma su papel como figura clave dentro del mundo musical que la vio crecer. Su legado sigue ampliándose, no por los aplausos que recibió, sino por todo lo que ha sembrado. Su historia demuestra que un instrumento puede convertirse en un camino de vida y que, cuando se toca con pasión y propósito, puede abrir puertas que permanecen para siempre.