MIAMI.- Acostumbro aplaudir al final de una obra de teatro, aun cuando no quede del todo satisfecho con lo que vi. Es una manera de reconocer el esfuerzo de un equipo de trabajo, de los actores que interpretan a sus personajes. Sin embargo al finalizar Zombi manifiesto, propuesta de Uruguay a la 40 edición del Festival internacional de Teatro Hispano de Miami, no tuve el valor de hacerlo, sería como una falta a mí mismo.
Reconozco lo que para los uruguayos puede representar la memoria histórica, evocar el 50 aniversario de los horrores del golpe de Estado de 1973, que tanta desolación, muerte y falta de libertades supuso la acción de los militares en el poder. Sin embargo, traer a Miami una obra que es un canto al comunismo en su estructura y desarrollo, es impropio, pues insulta a cientos, miles de víctimas del comunismo que están exiliados en Miami, precisamente por los desmanes de figuras como Carlos Marx y su Manifiesto Comunista del que constantemente se leen fragmentos en la propuesta de la compañía Abuela Katiuska, Sala Verdi de Montevideo.
Hay que resaltar que las víctimas del comunismo que residen en el sur de la Florida, no tienen un pasado sobre el cual reflexionar, sino el presente inmediato, lacerante y horroroso del comunismo, que hoy día rige los destinos en países como Cuba, Nicaragua y Venezuela. Para terminar con esta necesaria introducción, urge mencionar que la decisión de traer una obra como Zombi manifiesto al Festival de Miami recae íntegramente en los organizadores del Festival de Miami, en Verónica Sánchez, Naher Jacqueline Briceño y Melisa Messulam. Es a ellos a quienes habría que preguntarles sus razones, pues parte de los dineros que reciben para el evento, son fondos públicos, de los contribuyentes.
Recurrir al paralelismo con los judíos puede resultar manido, pero es preciso. ¿Es posible que venga a Miami Beach una obra de teatro que alabe a Hitler y a Mussolini y que pase
inadvertida la injuria a una comunidad víctima de los horrores del fascismo y el nazismo? La respuesta es no, como no debe ser la respuesta a quienes defienden el comunismo.
Zombi manifiesto, escrita, dirigida y también interpretada por Santiago Sanguinetti, abre muy seria, con una voz en off planteando la particularidad de la pieza, que es evocar el cruento golpe militar de 1973 y el Plan Cóndor, que supuso la desaparición de cientos de opositores, algo que está muy bien documentado. De repente ubica el tiempo: época actual.
A partir de esa premisa, la obra irrumpe en tono de comedia, como farsa y elementos de horror, con actores en todo momento inquietos y exaltados.
La esencia del texto presenta a un joven que acostumbra a visitar de noche el cementerio de una pequeña ciudad del interior de Uruguay con el objetivo de buscar restos humanos de torturadores, para llevárselos de regalo a su abuela de origen soviético y comunista militante en su cumpleaños. Para despertar los cadáveres lee en alta voz textos del Manifiesto Comunista. Así encuentra primero un brazo y posteriormente, con la ayuda de Matilde, una amiga de la infancia, logran despertar a un zombi que secuestran. Luego con el cadáver (el zombi) ocurre una serie de situaciones que conforman la comedia negra, algo macabra, que con frecuencia arranca la risa del público.
Estructurada en 11 escenas breves muy bien definidas y movidas por los propios actores que hacen también de tramoyistas, aparece la funcionaria del cementerio, indignada con lo que acontece en el panteón militar donde las tumbas han sido profanadas. En otro momento, que se repite, un militar el general Wilson, cuenta sus torturas a los opositores que caían en sus manos.
Sin abandonar el canto al comunismo, la marxista lucha de clases y el proletariado, hay un giro en el desarrollo de la trama. Los secuestradores del zombi lo llevan a un sótano para torturarlo y pedirle explicaciones. A la postre, los reivindicadores del pasado se comportan como los mismos violadores de los derechos humanos. Algo que se repite en la escena final.
Eso es parte de la esencia del texto de Sanguinetti, y queda muy claro, pero prevalece la defensa a ultranza de la retórica comunista, hoy en día trasnochada y demostrada su inconsistencia teórica y práctica de los textos de Marx y Engels (que bien conozco pues los tuve que estudiar obligatoriamente en Cuba). El ciclo de los golpes militares en Chile, Argentina, Paraguay, Brasil y Uruguay, por suerte han quedado atrás, es parte de la historia, mientras que los de la extrema izquierda marxista laten diariamente, encarcelando, torturando, forzando al exilio, incluso, en Cuba, condenando a penas largas a cientos de manifestantes por el solo hecho de salir a protestar a las calles, para pedir ya no solo un cambio, sino algo tan simple como electricidad, agua y que servicios comunales recojan la maloliente basura en las calles. Incluso el joven cubano Luis Robles Elizástigui fue condenado a cinco años de prisión por caminar pacíficamente y en silencio por una céntrica calle habanera sosteniendo un cartel en alto con la frase “Libertad. No más represión”.
La hora y media de función transcurre ágilmente, lo cual es un acierto ante el tema que se aborda. Está tratada con humor ácido, pero a la vez respeto para las víctimas (y familiares) de los que sufrieron las sangrientas jornadas con los militares.
Las actuaciones de Paula Lieberman, Rogelio García y Carmen Laguzzi resultan muy acertadas. Actores estupendos, que llevan las escenas con frescura, tratando un tema de terror con seriedad, pero a la vez arrancando la risa del público. La secuencia en el carro, llevando a toda prisa al secuestrado zombi es excelente, así como los monólogos de la funcionaria del cementerio al teléfono.
La actuación del dramaturgo y director Santiago Sanguinetti es sobresaliente en su personaje del zombi. La escenografía de Laura Leifert con todos sus rápidos cambios es muy práctica. El decorado inicial destaca por la ambientación de un cementerio, siendo muy efectiva al sentar las bases del espectáculo y conectar al espectador con el título de la obra.
Zombi manifiesto es una obra de denuncia y de rescate de la memoria histórica, pero peca por defender y poner como vanguardia una ideología desfasada como la comunista que ha dejado 150 millones de víctimas en el mundo durante el siglo XX (sin contar las víctimas de este primer cuarto del siglo XXI).