Una vergüenza… No hay otro modo de describir la noticia de que Robinson Canó fue suspendido por toda la campaña de Grandes Ligas de 2021 luego de arrojar positivo al uso de estanozolol, un esteroide que promueve el desarrollo muscular.

Es muy lamentable escuchar noticias de esta índole, especialmente cuando se trata de un veterano de 16 campañas en las Grandes Ligas que ahora se convierte en un reincidente en este asunto, o sea, no aprendió la lección la primera vez.

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En el 2018, Canó fue suspendido por 80 partidos al violar el reglamento antidopaje cuando militaba en los Marineros de Seattle por el uso de un diurético Furosemide, que puede utilizarse para enmascarar otra sustancia. En aquella ocasión alegó que recibió la sustancia en su país natal y que no sabía que estaba prohibida.

“Me la dio un doctor con licencia en la República Dominicana para curar una dolencia médica”, dijo Canó en un comunicado de prensa. “No me di cuenta en ese momento que me dieron un medicamento que estaba prohibido, obviamente ahora deseo haber sido más cuidadoso”.

“Decidí aceptar la suspensión de MLB. Esta fue la decisión más difícil que he tomado en mi vida, pero finalmente la decisión correcta dado que no discuto haber recibido la sustancia. Me disculpo con mi familia, mis amigos, fanáticos, mis compañeros de equipo y la organización de los Marineros. Estoy muy agradecido por el apoyo que he recibido durante este proceso”, agregó.

Pues, sí pudo haber sido un “error”, pero aún así no hay justificación por ser ingenuo dado al proceso que tiene implementado las Grandes Ligas para que los peloteros puedan aclarar cualquier duda sobre un producto recetado o adquirido de una tienda de productos nutrición. Es el mensaje que se lleva años martillando en las mentes de los jugadores, por eso, NO HAY EXCUSA.

Es increíble que a estas alturas todavía hayan jugadores que no entiendan las consecuencias o simplemente quieren pasarse de listos con tal de cortar el camino hacia el éxito y los millones de dólares. En el caso de Canó, quien ha guardado silencio, es inaceptable porque ya tropezó con esa piedra.

¿Estará avergonzado? Pues, debe estarlo. No conozco los pormenores de su defensa -si es tuvo alguna- pero realmente no importa. Es lo que es.

Canó es un jugador que se ha ganado más de $200 millones en su carrera y todavía le queda por devengar otros $48 millones en el 2022 y 2023 aunque este año no recibirá los $24 millones por la suspensión. Su futuro y el de sus futuras generaciones estaba más que asegurado.

¿Por qué entonces arriesgarse? Quería seguir metiendo palos a los 38 años como cuando tenía 28 para justificar un salario de $24 millones? Al final, eso fue error de los Marineros que le otorgaron un contrato cuantioso de esas cifras y que los Mets luego heredaron de forma estúpida.

Ahora cualquier posibilidad de recibir el llamado al Salón de la Fama del Béisbol quedó sepultada por esta segunda infracción. Con un promedio de .303 de por vida con 2.624 hits -puede aún alcanzar los 3.000-, 334 jonrones, 1.302 remolcadas, y dos Guantes de Oro y cinco “Silver Sluggers”, sus números lo colocan entre los mejores de su posición si anunciara su retiro en el día de hoy.

Existía una posibilidad, aunque muy muy leve, para el segunda base dominicano dado al primer positivo, pero ahora olvídalo. Su nombre aparecerá en la boleta y se hablará de sus credenciales para llenar espacios de televisión, radial y escritos -en mi caso trataré de no perder mi tiempo en ello después de esta columna-, pero ahí quedará el asunto. Cuando llegue el momento de emitir mi voto para el Salón de la Fama, no hay break.

Otra gran figura latina cuyo legado en el diamante quedará empañado para siempre en el Salón de la Fama de la Vergüenza.

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