La última vez que Xi Jinping se valió de su mirada bonachona para calmar inquietudes ocurrió en abril pasado. Allá en Pekín, reunió a 37 jefes de Estados y a representantes de 150 países en un imponente Foro. Necesitaba tranquilizarles sobre las dudas acerca de su Nueva Ruta de la Seda. Dirigió la vista por al auditorio y, desafiante, les aseguró a todos que iba a realizarle modificaciones a su proyecto, para que fuera más ecológico, más sostenible, más tolerante.

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No era para menos. Había mucha preocupación entre los presentes por el alto costo del desarrollo de la infraestructura y, del mismo modo, por el financiamiento de esta mega red entre Asia, África y Europa, que une regiones olvidadas y tiene componentes comerciales, financieros, de seguridad y culturales.

Empero, la limitada capacidad económica de algunos socios y el temor de estos a caer en un endeudamiento crónico frente a su contraparte china, no era precisamente una grieta que Xi Jinping pretendiera dejar abierta en esta jugada estratégica. Como todo buen chino, hizo lo que se esperaba de él ante el escepticismo, mostró mucha paciencia y ofreció más promesas.

Es bien entendido por expertos y analistas que este faraónico programa político-económico no es más que la respuesta de los nuevos mandarines comunistas frente al poder hegemónico de Estados Unidos. Los chinos están convencidos de que, si quieren convertirse en una verdadera superpotencia del siglo XXI, tienen que disputarles la cima a los norteamericanos y están dispuestos a lograrlo, literalmente, a cualquier precio.

Hablamos de dinero, de lo mismo que discuten los chinos cuando se sientan a negociar. Según datos del Mercator Institute for China Studies (MERICS), en los cinco primeros años transcurridos desde que lanzaran su iniciativa, han desembolsado más de 70 billones [70.000 millones] de dólares en infraestructuras y proyectos, sin contar los que se encontraban en construcción o en la fase de planeamiento. Más de 60 naciones se han involucrado con el plan, incluso, para algunos de ellos que no tienen salida al mar como Mongolia, Tayikistán o Afganistán, es la oportunidad dorada para escalar posiciones en lo que se conoce como el índice de conectividad global, donde estos mismos países clasifican en los puestos 85, 159 y 167, respectivamente.

Sin embargo, a pesar de lo que alumbra, el Sol también tiene manchas. Es de alegato público que la alegre chequera del Partido Comunista Chino no lleva la firma de Papa Noel, sino de la “trampa de la deuda”, un tipo de diplomacia poco ortodoxa que le ha valido la crítica insistente de su principal rival económico, EEUU, pero que también ha generado mucho recelo internacionalmente.

Ya en 2016, Gopalaswami Parthasarathy, autor y diplomático indio, le comentaba a la televisora Rajya Sabha TV que “no es algo que deba verse puramente en términos económicos, ellos (los chinos) lo usarán (el préstamo) como un dividendo, o algo más…”. Parthasarathy se refería específicamente al caso de Sri Lanka, probablemente el que más sospechas ha levantado, y de cuyas consecuencias se ha beneficiado una empresa estatal china que recibió el control del importante puerto de Hambantota ante la inviabilidad de Sri Lanka para responder a sus compromisos financieros.

La transferencia levantó muchas ronchas en la India, pues le ofreció a China la oportunidad de asumir el dominio de un territorio ubicado muy cerca de sus costas, en un sitio de apoyo clave y desde donde se puede controlar un canal comercial y militar estratégico en el que convergen las aguas del Océano Indico, el Mar de Arabia y la Bahía de Bengala.

Pero no es el único caso. En Montenegro, los chinos financiaron una carretera que, a 20 millones de dólares por kilómetro, representa el 40% del PIB del país, una cantidad que le será imposible de reembolsar a esa pequeña nación europea, según advirtió Jörg Wuttke, expresidente de la Cámara de Comercio de la UE en China, en un reporte publicado por Deutsche Welle. Pakistán, Djibouti, Kirguistán, Laos, Maldivas o Mongolia, son otros países que también se ha visto martirizados por las deudas y cada vez más dependientes de las arcas de Pekín.

Aunque China se ha defendido varias veces en voz de Ning Jizhe, vicepresidente de la Comisión Nacional de Reforma y Desarrollo, de que sus créditos no son los causantes de los problemas de deudas de los países en problemas, algunos le han ripostado con frases menos sutiles, como el primer ministro malasio, Mahathir Mohamed, quien después de una visita a Pekín le reprochó a los chinos que lo suyo se trataba de una nueva forma de colonialismo.

Esta percepción de Occidente, de que todos los negocios van en una solo dirección (la que conduce a Pekín), es la que mantiene prendida la llama de la polémica. Pero, no es lo único que inquieta, también los problemas de corrupción, las falta de transparencia, el deterioro al medio ambiente, la transgresión de las normas comerciales, las ofertas justas o el irrespeto a los derechos humanos, desbordan la cascada de críticas sobre este proyecto del gobierno chino.

Aunque Xi Jinping ha intentado lavar la cara a su Nueva Ruta de la Seda, el agua no es suficiente, le hará falta prender un gran haz de luz allí donde todos miran ahora, hacia el lado oscuro de la Nueva Ruta de la Seda.

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