Después de varios meses en una incuestionable recesión económica, Biden pareció admitir -de manera muy sutil y exigua- la grave situación; por supuesto, sin aludir a su responsabilidad. Como es habitual en su mandato, utilizó la pandemia y la guerra de Ucrania como pretextos para encubrir una vez más sus fracasos. Y, sobre todo, los [gigantescos gastos] de su gobierno.
Las presiones en Washington
Bajo las severas críticas de exasesores de la Casa Blanca, economistas renombrados y analistas de Wall Street, Biden sigue dibujando una realidad que no existe, con la complicidad de los grandes medios de izquierda en el país, cuya labor ha sido disfrazar y ocultar los detalles de la errática gestión presidencial.
Lo mismo ocurrió con la escalada de precios durante año y medio que desencadenó la peor crisis inflacionaria en las últimas cinco décadas (9,1% en junio y 8,3% agosto) y que Biden catalogó una y otra vez como “algo sin importancia y temporal”, dejando a un lado el sufrimiento de los más vulnerables: millones de jubilados, jóvenes y familias pobres en EEUU.
Entre los diversos cuestionamientos sobre el trabajo de la actual administración, resalta uno en especial: ¿Hasta cuándo la Casa Blanca continuará con el despilfarro del dinero de los contribuyentes?
Entre el medio ambiente, inmigración, la guerra de Ucrania y su agenda internacional prioritaria, los gastos del gobierno de Biden no tienen precedentes en la historia presidencial de EEUU, mucho menos en sus dos primeros años de mandato cuando los líderes se muestran generalmente mesurados y cautelosos en busca de popularidad para lograr otros 48 meses en la Casa Blanca en un segundo término.
En una reciente entrevista con la cadena CNN, Biden fue cuestionado sobre sus capacidades. Una de las preguntas fue: ¿Puede usted realmente hacer el trabajo? “Creo que sí puedo hacerlo. Nómbreme un presidente en la historia reciente que hizo tanto como yo durante los dos primeros años", respondió Biden.
Y realmente es así. Ningún presidente estadounidense -hasta ahora- había creado en menos de 24 meses las crisis que ha causado la administración Biden dentro y fuera del país, tampoco nadie había generado una inflación tan acelerada ni había firmado en su primera semana en la Oficina Oval más de 65 órdenes ejecutivas.
La desestabilización
La guerra de Rusia en Ucrania, en la que Washington no ha desempeñado un liderazgo eficaz a no ser como incitador, ha desestabilizado a toda Europa, a las puertas de una gran recesión en el momento en que se recuperaba de las consecuencias de la crisis sanitaria del nuevo coronavirus.
El deficiente trabajo del Gobierno le ha costado a Biden la peor aceptación de un presidente respecto a su gestión. Según el más actualizado sondeo The Associated Press-NORC Center for Public Affairs Research, un 46% de los estadounidenses afirma que su situación financiera personal es mala, mientras que el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, no cesa en sus pedidos a la Oficina Oval. Ahora quiere un “escudo antiaéreo” y es muy probable que Biden le conceda nuevamente el pedido.
El gasto en Ucrania supera los 70.000 millones de dólares en presuntas ayudas sin ninguna supervisión en medio de una guerra; un conflicto bélico costeado por los contribuyentes norteamericanos a causa del empeño de la izquierda y la extrema izquierda de defender sus intereses partidistas e, incluso, personales en ese país. Tres partidas de dinero han sido aprobadas por el Congreso y Biden afirma que seguirá financiando la guerra en el llamado Granero del Mundo.
El hijo de Joe Biden, Hunter Biden, fue hasta el 2019 miembro de la junta directiva de la empresa ucraniana de gas (Burisma Holdings). Desde el 2013 al 2018, Hunter facturó a título personal más de 11 millones de dólares trabajando para la firma ucraniana acusada de corrupción y mediante sus nexos con un importante contratista chino, también bajo cargos de fraude. Es decir, más allá de los intereses de EEUU frente a Rusia también coexisten y pululan otros grandes intereses.
Gran alarma causó la noticia de que el expresidente Barack Obama empleara en sus ocho años de gestión más de 170.000 millones de dólares directamente del presupuesto federal para el cambio climático, sin incluir en esa cifra las asignaciones adicionales a diversas entidades en el mundo y órdenes ejecutivas para asignaciones financieras.
Los enormes desembolsos de la Casa Blanca
El gasto de Biden en su agenda de cambio climático comienza en 350.000 millones de dólares y sobrepasa el medio billón de dólares cuando se le suman los fondos indirectos vinculados con el medio ambiente en subvenciones a empresas e instituciones que impulsan la energía eléctrica, eólica y solar, entre otros asuntos relacionados con el mismo tema.
En inmigración, de 5.900 millones de dólares en el 2003, los fondos federales empleados escalaron a 17.700 millones en el 2021, estadística que no incluyen los 345 millones de dólares para adelantar la acumulación de alrededor de 1,3 millones de trámites de naturalización y asilo atrasados en el Servicio de Inmigración y Ciudadanía (USCIS); y 4.300 millones de dólares para procesar la admisión de los primeros 125.000 refugiados. A partir de ahí, las cifras ascendieron a medida que millones de inmigrantes han entrado al país hasta la fecha.
Desde marzo del 2021, el gobierno de Biden optó por permitir que los “menores no acompañados” permanecieran en territorio estadounidense bajo custodia del Departamento de Salud y Servicios Humanos, que recibió 47.500 millones de dólares del último paquete de estímulo de 1,9 billones aprobado por simple mayoría, gracias a una “ley de emergencia” implementada desde finales de enero por los demócratas en el Congreso.
Los fondos para inmigración tampoco incluyeron los más de 140 millones de dólares en renta de habitaciones de hoteles durante varios meses en la frontera para alojar a miles familias.
Se estima que por cada niño inmigrante el gobierno federal emplea como promedio anual más de 28.000 dólares. Sólo desde enero hasta mayo de 2021, la cifra de menores sobrepasó los 29.000.
Hasta finales de septiembre de 2022, habían llegado a la frontera de EEUU unos [cinco millones de inmigrantes] y se estima que, en apenas dos años de política migratoria de puertas abiertas de los demócratas, el costo para los contribuyentes norteamericanos sobrepase los 300.000 millones de dólares. Al costo económico que implica todo el procesamiento, detenciones y alojamiento de menores y familias se le agrega el de las deportaciones (cifra por encima del millón en menos de 24 meses), junto a los gastos después en ayudas en territorio de EEUU como educación, dinero para alimentos, viviendas para familias de escasos ingresos, etc.
Biden quiere transformar la esencia de EEUU
Durante un reciente discurso en una fábrica de transmisiones de Volvo en Hagerstown, Maryland, el mandatario intentó vender optimismo y seguridad respecto a la economía.
“Este es el progreso que necesitamos ver”, declaró el presidente. “A corto plazo, la transición hacia un crecimiento más estable que siga proporcionándoles lo necesario a los trabajadores y a las familias al tiempo que reduce la inflación. A largo plazo, una economía construida sobre bases más sólidas. Aún tenemos mucho trabajo por delante. Estamos construyendo una economía distinta a la de antes, mejor, más fuerte", acotó.
Sin embargo, la realidad muestra lo opuesto para los estadounidenses de esa llamada transición y el precio que pagan por estas fallidas reformas, después de la peor pandemia en la era moderna. Varias encuestas durante el 2022 revelan que una amplia mayoría percibe que el país avanza en la dirección equivocada. Un estudio [entre jóvenes demócratas] a nivel nacional arrojó que el 78% considera mala o pésima la gestión económica de Biden.
El 80% de los índices económicos de la nación se encuentran en cifras negativas con dos trimestres en picada, y casi seguro el tercero también. Sectores que sacaron a flote la economía durante los picos de pandemia de COVID-19 como la industria inmobiliaria se enfrentan a un desplome en ventas durante siete meses consecutivos y en vísperas del octavo, el freno a las inversiones por las altas tasas de interés y la gran incertidumbre frente a una administración sin ningún plan estructurado para salir del atolladero económico creado por el propio gobierno.
Por su parte la industria automotriz y el consumo intentan sortear el impacto de la recesión con estadísticas en rojo. Sólo General Motors (GM) exhibió ganancias en el tercer trimestre.
Wall Street sufre mes tras mes la inseguridad y falta de confianza de los inversionistas en la economía estadounidense; por suerte, con bases sólidas que han evitado una catástrofe. Un falso optimismo reina en escasas ocasiones en Wall Street para incentivar los índices principales, pero en general atraviesa una etapa de resultados negativos con pronunciada inestabilidad.
El mandatario, guiado en gran parte por una extrema izquierda sedienta de cambiar el rumbo de EEUU hacia un globalismo muy cuestionable, trata de ofrecer sus escasos resultados económicos sin ninguna preocupación visible por la abultada deuda de los estadounidenses que sobrepasa los 30 billones (trillions) de dólares y sobre la cual la mayoría de los medios de prensa ni mencionan, al parecer la eliminaron de sus temas de cobertura.
Desde el primer día, Biden se enfocó en que EEUU volviera a hacer el árbitro del planeta y dependiera de los precios internacionales del petróleo. Ambas estrategias han sido letales para los estadounidenses.
Ahora la Casa Blanca se enfrenta y trata de controlar no sólo a la Organización de Países Productores y Exportadores de Petróleo, sino que amenaza con consecuencias a Arabia Saudita por la decisión de reducir la producción de crudo para apuntalar los precios cercanos o por encima de los 100 dólares el barril. Emplaza a China por el conflicto con Taiwán y su apego a Rusia, como era de esperar; sin embargo, se inclina con cierta bondad hacia regímenes y dictaduras de izquierda en América Latina como Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Política internacional, la prioridad en Washington
Por consiguiente, la lista de gastos en política internacional es casi interminable.
Durante la sesión de la Asamblea General de la ONU, la Casa Blanca anunció $2.900 millones para abordar la inseguridad alimentaria mundial, dato que se suma a los $6.900 millones ya asignados en 2022 para ese fin.
El Departamento de Estado dijo a mediados de septiembre que destina $200 millones -a través de organizaciones internacionales y Organizaciones No Gubernamentales (ONG) asociadas en México y América Central- para asistencia humanitaria; además de $327 millones [adicionales] para Afganistán. Con esto, el total de asistencia humanitaria estadounidense en Afganistán y países vecinos asciende a más de $1.100 millones desde que los talibanes tomaron el poder hace un año, en agosto de 2021.
En ayuda a refugiados en América Latina, el secretario de Estado, Antony Blinken, ofreció 240 millones de dólares.
Para las islas del Pacífico, la Casa Blanca entregó en 2022 otros $810 millones de dólares. De ellos, $600 millones serán para limpiar las aguas contaminadas y apoyar la pesca del atún; al tiempo que prometió otros paquetes de asistencia en temas climáticos.
La lista destinada a Ucrania sigue: otros 1.100 millones de dólares financiarán 18 sistemas avanzados de cohetes para supuestamente contrarrestar los ataques rusos con drones y otro paquete de 625 millones de dólares en armamento diverso. Sólo en el sector militar, Washington ha enviado a Ucrania 17.000 millones de dólares en los últimos meses.
Para la Organización Mundial de la Salud, el gobierno de Biden ha entregado casi 1.000 millones de dólares, sin entrar en detalles en las subvenciones a ONGs en Asia, África, Europa y el Medio Oriente.
En su visita a la Franja de Gaza, Biden prometió 200 millones adicionales para la Agencia de Refugiados Palestinos y 100 millones para hospitales palestinos.
Cada vez más expertos se suman a la hipótesis de que EEUU se encamina a una recesión aguda en el 2023 si el gobierno de Biden prosigue sobre la misma plataforma económica, que también atenta contra las acciones de la Reserva Federal para frenar la alta inflación, que registró en septiembre 8,2% frente al 8,3% en agosto. Esto indica un duro golpe para el Banco Central y la campaña de Biden a pocos días de las elecciones de medio término.
Hasta ahora, no se vislumbra ni el menor atisbo de un cambio de dirección; por el contrario, en diferente foros nacionales e internacionales la Casa Blanca ha reiterado su posición de transformar la economía de EEUU, con una mayor participación y control del estado federal, algo que muchos analistas y congresistas en Washington catalogan de alarmante.
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