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“Mi nombre es Guadalupe Ariel Díaz [pero le gusta que le llamen Ariela]. Nací en el Perú. Mi padre tiene 102 años y es empresario ganadero. Mi madre, que tiene 87, fue ama de casa. Trabajó en el hogar porque somos una familia muy numerosa, somos 18 hermanos de padre y madre. Yo soy orgullosamente peruana. Creo que quien no reconoce a su patria es como no reconocer su apellido. Tengo dos hijos maravillosos que Dios me dio, uno es arquitecto y el otro estudia en la Universidad”, así se presenta nuestra entrevistada, quien nos recibe en el amplio salón de su casa de Homestead, donde abunda cuadros y adornos típicos de su país natal.

Su llegada a EEUU fue motivada por la ilusión que siempre tuvo de viajar. En Perú, como en muchas naciones latinoamericanas, el sueño de la juventud es hacer carrera en el exterior. Con 18 años se fue a Bolivia. Allí hizo todo tipo de oficios: limpió y fregó para otros. Quedó embarazada y trabajó muy duro para mantener a su pequeño. Incluso amamantó niños de su familia de acogida en ese país.

Regresó a su país natal con su hijo y se graduó de maestra en Educación Física en el Instituto Superior Pedagógico.

“Llegué a EEUU por Nueva York con 300 dólares y visa de turista. La gente decía que aquí era fácil trabajar, aun si lo que tenía era un permiso de turista. Pero al segundo día me quería regresar. La familia que me recibió lo hizo de forma muy fría y me sentí verdaderamente mal”.

En la ciudad de los rascacielos todo le resultaba grandioso, frío y ajeno. “Conservo la imagen del primer Cadillac que vi. Lo llevaba un joven latino que frecuentaba el barrio donde vivía y me dije: ‘Voy a trabajar para comprarme un auto como ese’”.

Al final, Guadalupe, que prefiere ser llamada Ariela, se fue de Nueva York. “Me instalé en Miami, sin papeles. Aún así creé mi compañía de restaurante. Desde el principio me fue muy bien, con el tiempo llegué a tener cinco locales. La comida peruana es tan rica y variada que tuvimos una gran acogida”, destacó.

Pero no todo fue coser y cantar para Ariela. “El peor momento de mi trayectoria fue estar indocumentada. Mi proceso [para legalizarse] fue muy largo”, recalcó. “Estuve ocho interminables años indocumentada. Pero, a pesar de no tener papeles, ni hablar inglés, abrí mi propia compañía en marzo de 2000. Y siempre pagué mis impuestos”, precisó.

Por otro lado, “el dolor de no poder regresar a mi país me acompañaba todo el tiempo. Mis padres eran ya muy mayores y si enfermaban, no podía ir a verlos. La ley es clara: si salía de Estados Unidos no podría regresar y todo el sacrificio habría sido en vano. Uno se siente preso de su propia libertad. Esa es la parte más difícil y triste”.

Cuenta que en múltiples ocasiones estuvo a punto de tirar la toalla, pero “me inspiraban esas mujeres latinas, las paisanitas con tres o cuatro hijos conduciendo autos supergrandes y llevando una vida con mucha dignidad. Lo único que hice fue imitarlas, si ellas pudieron yo también podré me repetía en mi mente”.

No hay barreras

Madre soltera, emigrante, sin conocimiento del idioma local..., Ariela tenía todos los ingredientes para el fracaso. “Muchas personas me auguraron que con esas condiciones no podría triunfar. Pero en la vida hay que ser inteligente, usar la imaginación. Por ejemplo, con los primeros ahorros traje un familiar inversionista y gracias a él abrí mi primer restaurante. Hice algo que dominaba y que el mercado necesitaba. Preparé platos que aquí no existían, ofrecí algo diferente. Y como me encanta la atención a los clientes, todo me fue bien. Así comenzó mi vida como mujer de negocios. Uno recibe en retorno lo que da”, sentenció.

El negocio actual

Aunque sostiene que los restaurantes siempre han sido su pasión, hace poco los vendió y con el dinero obtenido empezó a invertir en tierras. Así nació la compañía inversionista Arieldy & H Investment LLC.

“Dos cosas me hicieron cambiar de negocio. La primera es la seguridad: me asaltaron dos veces en los restaurantes. La segunda fue mi hijo. La vida de los dueños de restaurantes es muy esclava. Mi hijo pequeño prácticamente vivía dentro de la oficina de uno de los restaurantes. Le dediqué menos tiempo del que quise por sacar adelante mi negocio”, reflexionó.

“Mi esposo actual es contratista de obras y él me aconsejó cambiar de vida. Vendí todo y compré varios lotes de tierra en diferentes sitios dentro de la Florida. Para esta nueva fase de mi vida me he ido autopreparando: leo mucho, voy a diferentes eventos de inversiones en bienes raíces y contacto a muchas personas. Me inscribí en varias cámaras de comercio, hago mucho networking”.

En las prisiones

Esta mujer atípica no deja de sorprender. Confesó que es capellán y visita a reclusos en diferentes prisiones. “Creo que es un acto de fe visitar a las personas desvalidas. En mi pueblo, en Perú, había una prisión de alta seguridad y desde pequeña me preguntaba cómo sería la vida de las personas que estaban allí encerradas. Siempre sentí esa curiosidad. Con el tiempo, ya adulta, comprendí que los seres humanos cometemos errores, algunos de ellos se pagan con años de privación de libertad. Mi credo me dice que debemos ayudar a las personas caídas en desgracia por esos errores. Y eso hago: visito a los presos y les doy apoyo espiritual. Pertenezco a un grupo de mujeres religiosas y tenemos licencia para ir a los centros penitenciarios. Llevamos nuestras biblias, les hacemos compañía y les llevamos la palabra de Dios”.

Ariela también colabora con organizaciones que protegen a las mujeres maltratadas y a niños abandonados.

Mujer de negocio

Su respuesta a la pregunta de si es muy difícil ser mujer de negocio respondió: “Creo que hay muchas organizaciones que ayudan a las mujeres. Aquí dicen que empoderan a la mujer. Ese término no me gusta. La mujer se empoderar sola, es algo que está en su naturaleza. Las instituciones les ayudan y les ofrecen las oportunidades a través del conocimiento y la educación”, concluyó.

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