Lalo Durazo era como uno de esos adolescentes intrépidos que se levantan cada mañana a enfrentarse solos contra el mundo. Aquel día llamó a su amiga Laura y le dijo: “oye, dile a tu papá si me da un puesto, porque quiero trabajar en el verano”.

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Carlos Anderson, el padre de Laura, era un notable empresario que tenía una gran cadena de restaurantes. No empleó muchos reparos para admitir bajo su techo a aquel chico larguirucho y temerario, pero le impuso la condición. Lo aceptaría, aunque sin paga, a lo que el joven Durazo respondió con otra desafiante contrapropuesta: “Está bien, no me pague, pero al menos denme el chance de comer a la carta todos los días”.

Y así fue. Recuerda el propio Durazo que “trabajaba toda la jornada, pero al final del día pedía lo que quería, ¡y ahí estaba yo feliz!”. Era el año 1974, Lalo apenas contaba 17, y acababa de sembrar la semilla de donde brotaría el exitoso empresario que es hoy en día.

De aprendiz a socio

Empero, no siempre fueron caminos de rosas para este nativo de la ciudad de México, también tuvo que enfrentar muchos instantes difíciles y situaciones inesperadas en su largo trayecto. Rememora que luego de iniciar como aprendiz sin paga en la empresa de Carlos, terminó por ser uno de sus socios principales. “Estaba en Acapulco y llevaba ahí casi tres años. Teníamos unos negocios exitosísimos y me iba muy bien para mi edad, tenía entonces 21 años”.

No obstante el empeño por realizar su sueño personal, sus padres le insistieron para que comenzara a estudiar. De hecho, él también sentía que “había aprendido todo lo que tenía que aprender”, y además, por ser una persona muy inquieta, ya empezaba a aburrirse. “Necesitaba otro reto. Me gustan los retos”, puntualiza.

Con esa decisión en mente, pensaba moverse desde Acapulco hasta México, cuando Carlos Anderson le vuelve a llamar y le pide que se vaya a Los Ángeles, donde recién había abierto un restaurante en Sunset Boulevard. Sin embargo, esta vez Lalo fue quien exigió la condición. Aceptaba ir, pero con el requisito de que le permitiera iniciar sus estudios.

Rumbo a Los Ángeles

Los Ángeles es una ciudad insaciable que encandila con tanto brillo y glamour. Lalo tampoco fue inmune a su seducción: “Veo el American Dream, pero sobre todo llego a universidad y veo también que ¡es carísima!”, y entiende entonces que ese esfuerzo requeriría una alta cuota de sacrificio.

Aunque su interés inicial era la cocina y la gestión hostelera, estas especialidades todavía no estaban disponibles en los centros de estudios californianos, y se matriculó en el Entrepreneur Program de la Universidad de South California (USC). Fue una etapa compleja y agotadora para Lalo: “trabajaba 55 horas a la semana e iba a la escuela de business, al quinto semestre me fui al summer school; no paraba”, revive con emoción.

Aun así, el fastuoso entorno que le aupaba al mismo tiempo le asfixiaba: “Había tanto éxito, que el ambiente no era muy propicio para que yo estudiara, porque era una fiesta todo el tiempo. Muchas tentaciones”, recapitula reflexivo.

En el empresariado

“Primero me gradué y me dije, ya me voy a dedicar a otra cosa. Soy un business school graduate y voy a aspirar a algo más”, evoca Durazo, y de esa determinación nació Lalo´s Brothers, su primer negocio. Para entonces había formado una familia, acumulaba mucha experiencia de trabajo, incluso en hoteles, pero las circunstancias le llevarían a probar, no solo el éxito, sino también el fracaso, e incluso hasta una breve incursión en el negocio inmobiliario.

Después de la muerte de su mentor Carlos Anderson, Lalo fundó junto a su socio Manolo Raca un nuevo grupo con el que llegó a abrir hasta 15 restaurantes en México, Cancún, Puebla, Guadalajara y Tijuana. Sin embargo, la vida le pondría una vez más a prueba tras un grave accidente automovilístico, donde ve la muerte muy de cerca y su hijo varón queda parapléjico.

La familia se convirtió entonces el centro de su atención y la salud de su hijo una prioridad. Así puso rumbo a Miami donde todo comenzaría de nuevo.

Miami, el último hogar

En la Ciudad del Sol se reencontró con su hermana Mary Luz, el Miami Project de Nick Buoniconti para atender la condición de su hijo, y además, la posibilidad de recomenzar sus negocios. “Yo seguía trabajando en México -señala Durazo-. Pero, desde que llegué al Grove (Coconut Grove), dije, sabes que, aquí me voy a quedar”.

Hacia mediados de la primera década de este siglo comenzó por fundar primero Jaguar, y a seguidas abrió Talavera, en Coral Gables. Después llegaron Peacock en el Grove y otro más en Wynwood. En esta permanente capacidad de reinventarse, Lalo siempre ha tenido bien claro lo que deseaba.

“Tienes que tener una visión cuando vas a crear un negocio -especifica.- Si tu objetivo es hacer dinero o hacer a la gente feliz”. La suya es una percepción de la realidad donde el fracaso no existe, solo hay aprendizaje. “Es un proceso que es inevitable vivir, porque nos vamos a equivocar, porque somos humanos. Yo creo que la diferencia está en el cómo respondes a esas equivocaciones”.

Con el gusto siempre de atender y complacer al cliente, Lalo ha hecho de esa máxima una filosofía de vida, que le ha recompensado todos los avatares sufridos y lo ha convertido en un hombre de éxito.

“Yo quiero hacer lo que me hace feliz, quiero estar en este negocio para cocinar rico y hacer a los clientes felices”, afirma y recuerda que “era para mí un placer ver toda esa gente disfrutando. Eso era lo que yo quería hacer y dije, eso es a lo que me voy a dedicar, ya no hay de otra, este es mi rollo”, y sin pensarlo dos veces asegura: “Yo me enfoqué en ser feliz, no en ser un triunfador”.

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