miércoles 17  de  junio 2026
OPINIÓN

Aprender para no envidiar

“La verdadera grandeza no consiste en saber más que los demás, sino en mantener la humildad suficiente para seguir aprendiendo toda la vida"

Diario las Américas | YALIL GUERRA
Por YALIL GUERRA

Que hoy otros parezcan superarnos no significa que mañana no podamos convertirnos en líderes. La vida, esa escuela que no otorga títulos académicos pero que determina nuestro destino cotidiano, nos enseña una lección fundamental: nunca dejamos de aprender.

A diferencia de las instituciones educativas, la escuela de la vida no tiene graduación ni ceremonia de clausura. Sus lecciones se extienden desde nuestros primeros años hasta el último día de existencia. En ella aprendemos a convivir, a adaptarnos, a escuchar y a comprender que el conocimiento no es un punto de llegada, sino un proceso permanente.

Quienes han tenido la fortuna de escuchar a sus padres, abuelos y mentores suelen descubrir que gran parte de la sabiduría necesaria para enfrentar el mundo ya había sido vivida por generaciones anteriores. Ignorar esas experiencias nos deja en desventaja frente a quienes sí comprendieron el valor de aprender de los demás.

La música ofrece un ejemplo extraordinario de esta realidad. Es un arte en constante transformación, donde cada creador, intérprete o investigador desarrolla intereses distintos. Algunos dedican años a la música clásica; otros exploran el jazz, la música popular, la producción, la tecnología o la investigación. Que una persona domine un área determinada no significa que sea superior a otra; simplemente ha recorrido un camino diferente y no lo hace menos músico o artista cuando se enfrenta a un campo de conocimiento nuevo.

Es natural que, por cuestiones de tiempo y prioridades, enfoquemos nuestras energías en aquello que más nos apasiona en una etapa específica de la vida. Otros intereses quedan momentáneamente en pausa, esperando una oportunidad futura. Y esa espera no es necesariamente negativa. Por el contrario, cuando regresamos a esos territorios inexplorados después de años de experiencia, solemos hacerlo con una perspectiva más amplia y una capacidad de comprensión mucho mayor.

Quizás ahí radique una de las mayores virtudes de la madurez profesional: entender que nunca es tarde para abrir un capítulo que quedó inconcluso. Lo que antes parecía complejo o inaccesible puede convertirse en una fuente de descubrimiento cuando se aborda con disciplina, curiosidad y humildad.

Por eso, aquello que desconocemos —e incluso aquello que nos intimida— suele ser precisamente lo que más necesitamos explorar. El miedo al aprendizaje es, muchas veces, el principal obstáculo para el crecimiento. La solución no consiste en evitar lo desconocido, sino en acercarnos a ello con respeto y determinación.

El músico que hoy desconoce cómo componer una fuga quizás domina áreas que tú jamás has explorado. El compositor que no conoce un software específico puede poseer una comprensión estética que otros tardarán décadas en desarrollar. El intérprete que nunca estudió determinada corriente teórica puede tener una experiencia escénica imposible de adquirir en un salón de clases.

Nadie lo sabe todo. Y quien cree saberlo todo suele ser quien menos entiende cómo funciona el conocimiento.

En el mundo de las artes, la competencia es permanente. Vivimos rodeados de métricas, reconocimientos, premios y comparaciones. Sin embargo, vale la pena preguntarse: ¿cuánto de todo eso tendrá importancia dentro de cien años? ¿Quién recordará nuestras estadísticas, nuestros galardones o nuestras rivalidades?

La historia demuestra que los premios son efímeros, mientras que el conocimiento y la contribución auténtica perduran mucho más allá de una carrera profesional.

Por eso me resulta fascinante observar cómo algunas personas se ríen de aquello que otros no conocen. En muchas ocasiones, detrás de esa burla no existe sabiduría. Existe miedo.

Miedo a quedarse atrás.

Miedo a ser superado.

Miedo a descubrir que alguien con menos experiencia en un área posee más talento, más disciplina o una visión más amplia del mundo.

La envidia suele disfrazarse de crítica intelectual.

Los artistas, por naturaleza, suelen desarrollar múltiples talentos. Sin embargo, en lugar de admirar y aprender de las fortalezas ajenas, algunas personas optan por resentirlas. La envidia se convierte entonces en una barrera que impide el crecimiento personal y profesional.

La música, como la vida misma, está llena de satisfacciones y también de espinas. Los éxitos pueden alimentar el orgullo; las frustraciones pueden alimentar el resentimiento. Pero existe una alternativa mucho más productiva: regresar al estudio, abrir un libro, aprender una nueva disciplina, desarrollar una nueva habilidad.

Al final, el conocimiento siempre libera. La envidia, en cambio, encadena.

Por eso, frente a aquello que no sabemos, la mejor respuesta nunca será criticar a quien sí lo sabe. La respuesta correcta será sentarnos a aprender.

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