jueves 22  de  octubre 2026
Texas

El día en que Texas empezó a enterrar Dióxido de Carbono (CO₂)

La aprobación del proyecto de captura y almacenamiento de carbono por parte de la Railroad Commission of Texas abre una nueva era para el estado petrolero.

Hay noticias que parecen hablar de una tecnología, pero en realidad hablan de un cambio de época

El pasado 15 de septiembre, la Railroad Commission of Texas aprobó, por dos votos contra uno, el permiso para que ExxonMobil desarrolle su proyecto Rose de captura y almacenamiento de carbono (CCS) en Jefferson County, al sureste de Texas. El proyecto contempla tres pozos de inyección y la capacidad de almacenar hasta 53 millones de toneladas métricas de CO durante 13 años.

A primera vista, podría parecer simplemente otro proyecto de ExxonMobil. Pero no lo es.

Lo interesante es que Texas, uno de los grandes símbolos mundiales de la industria de petróleo y gas, está comenzando a construir infraestructura para evitar que una parte del carbono generado por la actividad industrial llegue a la atmósfera.

Y eso cambia la conversación.

Del petróleo al carbono

Durante décadas, la industria energética construyó su infraestructura alrededor de una pregunta: ¿cómo extraemos, transportamos y utilizamos hidrocarburos de manera eficiente?

Se desarrollaron pozos, oleoductos, estaciones de compresión, terminales, refinerías y enormes redes logísticas.

Ahora aparece una pregunta diferente:

¿Qué hacemos con el CO que generan determinadas actividades industriales?

La captura y almacenamiento de carbono busca responderla: capturar el CO antes de que llegue a la atmósfera, comprimirlo, transportarlo y almacenarlo en formaciones geológicas adecuadas.

En el caso de Rose, el CO procedería de grandes emisores industriales cercanos. Una vez capturado y comprimido, sería inyectado a gran profundidad en formaciones de areniscas separadas por capas de roca que actúan como confinamiento. La regulación contempla monitoreo durante los 13 años de inyección y durante 50 años posteriores, o hasta demostrar que no existe riesgo para fuentes subterráneas de agua potable.

Es decir, no estamos simplemente hablando de enterrar carbono. Estamos hablando de crear una nueva cadena industrial alrededor del carbono.

El subsuelo también puede tener otra función

Aquí aparece una paradoja que, como ingeniero petrolero, me resulta particularmente interesante.

Durante gran parte de mi carrera, el conocimiento de los yacimientos, cuencas sedimentarias, del propio subsuelo ha tenido un objetivo fundamental: encontrar y producir hidrocarburos.

Hoy, parte de ese mismo conocimiento puede utilizarse para hacer algo diferente: almacenar CO.

Geología, perforación, caracterización de formaciones, integridad de pozos, transporte por tuberías, compresión y monitoreo son capacidades que la industria de petróleo y gas ha desarrollado durante décadas.

La transición energética, entonces, no necesariamente elimina todo el conocimiento construido durante la era de los hidrocarburos.

En algunos casos, lo transforma y lo pone al servicio de un nuevo objetivo.

Pero la tecnología también tiene que ganarse la confianza

La aprobación de Rose no fue unánime.

El comisionado Wayne Christian votó en contra y expresó dudas sobre la seguridad del almacenamiento a largo plazo y sobre los subsidios públicos asociados a este tipo de proyectos.

Estas preocupaciones no deberían ser ignoradas.

Al contrario: forman parte de lo que significa llevar una tecnología de esta escala a la realidad.

Cuando hablamos de almacenar millones de toneladas de CO bajo tierra durante décadas, la ingeniería tiene que ir acompañada de regulación, monitoreo, transparencia y capacidad de respuesta.

La industria debe demostrar que la formación geológica es adecuada. Los reguladores deben establecer reglas claras. Y las comunidades deben poder conocer los riesgos y participar en el proceso.

La transición energética también necesita algo que no aparece en una ecuación de ingeniería: confianza.

El próximo gran desafío

Lo verdaderamente importante de Rose quizás no sean solamente los 53 millones de toneladas que podrá almacenar.

Es lo que viene después.

Si la captura y almacenamiento de carbono quiere convertirse en una herramienta relevante para reducir emisiones, tendrá que pasar de proyectos individuales a redes capaces de conectar múltiples fuentes industriales con múltiples sitios de almacenamiento.

Eso significa construir tuberías, estaciones de compresión, infraestructura de captura y almacenamiento, sistemas de medición y monitoreo, regulación y modelos económicos capaces de sostener estas inversiones.

En otras palabras, el carbono empieza a convertirse en una nueva molécula que necesita su propia infraestructura.

Y aquí Texas vuelve a ser interesante.

El estado que durante más de un siglo construyó una de las mayores industrias petroleras del planeta está utilizando ahora parte de ese conocimiento para enfrentar uno de los grandes desafíos de la transición energética. Desde diciembre de 2025, Texas cuenta además con autoridad primaria para regular los proyectos de almacenamiento geológico de CO bajo el programa federal Class VI.

No significa que el petróleo haya dejado de ser importante.

Significa que la industria está empezando a pensar más allá del barril.

La transición no será blanco o negro

Durante demasiado tiempo hemos presentado la transición energética como una batalla entre dos mundos: combustibles fósiles contra energías renovables.

La realidad será mucho más compleja.

El mundo seguirá necesitando energía abundante, confiable y competitiva. Al mismo tiempo, tendrá que reducir sus emisiones. Eso exigirá renovables, electrificación, eficiencia, almacenamiento, nuevas tecnologías y también soluciones para aquellas emisiones que son particularmente difíciles de eliminar.

La captura y almacenamiento de carbono no es una licencia para mantener el statu quo. Tampoco es una solución universal.

Es una herramienta más.

Pero es una herramienta que puede permitir que determinadas industrias continúen desarrollándose mientras reducen una parte de sus emisiones.

Por eso, lo que ocurrió en Texas merece atención.

El día en que Texas aprobó almacenar carbono bajo tierra no fue el día en que comenzó el fin del petróleo. Fue el día en que una industria acostumbrada a extraer carbono del subsuelo comenzó también a desarrollar infraestructura para devolver carbono al subsuelo.

Y quizás esa sea una de las imágenes más claras de lo que realmente significa una transición energética: no necesariamente destruir lo que construimos durante décadas, sino utilizar ese conocimiento para construir lo que necesitaremos durante las próximas.

Por Jorge Miroslav Jara Salas - Ingeniero petrolero de nacionalidad peruana con más de 30 años de experiencia en la industria energética a nivel global

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