ESPECIAL
@cabezamestiza
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MIAMI.- El día de 2003 en que Celia Cruz murió, ya era un lujo morirse en Nueva York y ser enterrado ahí. Era una ciudad de 8.023 millones de habitantes. Diecisiete años después la población ha crecido hasta llegar a 19.542.209. Para el 2015 se estimaba un total de 50.000 muertes cada año en la ciudad, según The New York Times. En estos momentos, coronavirus mediante, en solo unos días se completaron cerca de 3.000, cuando ha transcurrido apenas un trimestre del año.
Se extiende aún más el problema: los medios locales advirtieron en días recientes que las ambulancias de la ciudad están respondiendo a cerca de 6.000 llamadas diarias, 50% más que el promedio diario. Sobrevino lo peor, la hora de decidir quién vive y quién muere.
El domingo 8 de marzo no había carteles feministas en Nueva York, pero tampoco estaba detenida la ciudad. Tenía un ritmo más pausado, no lo suficiente para advertir que se estaba convirtiendo en la capital de la epidemia de COVID-19. Por la Quinta Avenida continuaban transitando autos y personas. La mayoría de los negocios permanecían abiertos así que no era un problema encontrar un suvenir para despedirte de la ciudad donde en una noche puedes peregrinar por más de siete bares: ver mujeres voluminosas desnudarse, tomar cervezas hasta que te aniquilen, escuchar música country o terminar con el espectáculo tejano de un lugar llamado “El Coyote”.
Mis días en Nueva York empezaron la noche del lunes 2 de marzo. Un mes después, la ciudad es el epicentro de la pandemia del nuevo coronavirus en Estados Unidos. Las fotos que guardo de una capital mundial en activo, ahora no se corresponden en absoluto con la realidad neoyorquina: 83.948 casos confirmados casi 2.000 muertos, de acuerdo con la actualización del tres de abril de la OMS. Las cifras hacen pensar, inmediatamente, en la capacidad de una ciudad para asumir sus cadáveres. Si los hospitales colapsan, no menos los cementerios. Y que se sepa, en la cosmopolita NY viven muchas más personas de las que pretenden morir y ser enterradas allí. Una emergencia como esta lo primero que cuestiona es a dónde van a parar tantos cuerpos no previstos por los camposantos que devuelve una búsqueda en Google: Green-Wood, Trinity Church Cemetery & Mausoleum, First Calvary Cemetery, Historic Jersey City & Harsimus, Machpelah, New York Marble y Woodlawnd.
El taxi me dejó en la puerta del Hotel Pennsylvania, donde me habían asignado habitación en el tercer piso, pero luego de un lloradito de los que nos encantan a los cubanos, subí al piso 15. Allí dormí a pierna suelta después de un largo respiro que se correspondía con el logro mismo de haber llegado a la ciudad. Aunque ya la vida me había demostrado que no me sentiría especial por estar en uno de los lugares en los que siempre querría estar, aunque fuera como una alfombra o un adoquín o un poster lumínico.
Lo primero que hice al levantarme fue mirar mapas y preparar un itinerario. No estaba demasiado interesada en Broadway ni en Wall Street, sino en un cementerio ubicado en el culo de NYC: Woodlanwnd Cemetery, donde está enterrada la cubana Celia Cruz. La mayoría de la gente a la que le pregunté no lo sabía y cuándo le preguntaba para que te orienten terminaban diciéndome: Woodlawnd, ¿para qué vas a ir tan lejos?
De la Penn Station me moví en la línea 2 para continuar viaje en la 4. El último tren solo lo ocupábamos unas seis personas durante las estaciones finales. En un recóndito paraje del Bronx, a menos de cien metros de la estación del metro, estaba el cementerio y, por tanto, la tumba de la Negra que tiene tumbao; la dueña del Azúcarrrrrrrr!
A la tumba llegué en el carro que patrulla el cementerio. El dominicano de la entrada tuvo la gentileza de llamar a su amigo, uno de los custodios, quien fue por mí hasta la entrada y me dio un recorrido por las tumbas que me generaban mayor interés: las de Celia, Pulitzer y Melville. En las tres me arrodillé, coloqué piedras, reverencié. En la de Celia sonreí y moví un poco la cintura. Tomé fotos que luego me sorprenderían.
El hombre —David Meléndez se llama— resultó ser uno de los diez custodios del cuerpo de Celia cuando la trajeron al cementerio en el 2003. “Yo estaba velando el cuerpo de ella porque había mucha gente. Lo tenían en la entrada, había muchos artistas. Ese día eran como 2.000 o 3.000 personas. Había música de ella; la gente llorando y bailando, se ve que la querían”, dice.
La caja estaba cerrada, no vio su rostro. Pone su música en el móvil y me asegura que creció oyéndola. Puede tararear las canciones. “Todavía no estaba preparado el mausoleo, la llevaron a otro sitio que la gente desconocía y a los meses, cuando estuvo listo su mausoleo, la movieron para allá. Siempre venía Pedro Knight con los sobrinos a visitarla. Creo que ellos vivían en Nueva Jersey”.
Cada año, dice, hacen un canto en la capilla del cementerio y exponen sus pertenencias: pelucas, vestidos, zapatos. Todo en homenaje. Faltan meses para que llegue ese día en que se supone un nuevo homenaje a Celia. Cuando los admiradores van hasta su tumba, no imaginan la odisea de una muerte en Nueva York para quienes costean el entierro.
“Perder un ser querido de por sí es traumático, más aún cuando no se tiene el dinero suficiente para los gastos de entierro. Los elevados costos de un funeral ahondan más en el dolor al no poder darle unas exequias dignas. En el caso de NYC, aunque la Ciudad otorga una ayuda, el dinero no alcanza ni para cubrir el ataúd". Así lo contó a la publicación local El Diario, el salvadoreño Heriberto Ramos, el día que perdió de forma repentina a su hijo Jonathan, de 29 años. Jamás se imaginó que su vida cambiaría debido a la “cruda realidad” de que los entierros son muy costosos y “lo que se recibe de ayuda de la Ciudad no alcanza para darle un entierro digno a un ser querido”. Ramos reside en el Alto Manhattan, que no es la zona más afectada con la circunstancia de tener, bajo tierra, el doble de cuerpos que transitan sobre el asfalto. Aunque asombre, una zona así existe: Queens, donde se ubican cementerios como Evergreens, Cypress Hills o Calvary.
Si se revisa la historia, esta aglomeración de cementerios en Queens guarda relación con que en 1947 el Estado de Nueva York aprobó la ley de cementerios rurales. Esto permitía a las iglesias y a otras entidades comprar terrenos libres de impuestos, de acuerdo con un artículo de eldiario.es en Internet.
En 1938 se había fundado el Green-Wood, cuya administración, según declaraciones de su historiador Tedd Richman, puede decidir cómo obtener más espacio: reorganizar tumbas o hablar con los promotores y los miembros del patronato para cambiar la estrategia y poder atraer nuevos clientes. Sin embargo, el periodista insiste en que el historiador omitió que la parcela más barata en Green-Wood cuesta 19.000 dólares.
Precio y espacio atentan contra el descanso último en esta ciudad. Lo han advertido muchos a partir del hecho tácito de que la cifra de difuntos que no dejará de crecer. No dejaría de hacerlo antes del coronavirus, pero la pandemia añade un espaldarazo a la situación existente al poner a prueba la capacidad de asimilación de esos cuerpos sin vida que va dejando la COVID-19. “Sitios tan conocidos como Brooklyn Navy Yard y Washington Square Park se asientan en viejos cementerios de grupos pobres, marginados o privados de derechos. Concretamente se cree que bajo el arco de Washington Square están enterradas más de 20.000 personas”, describe la mencionada web española.
El domingo 8 de marzo, cuando desesperadamente tuve que dejar NY, ya había varios casos de COVID-19. Algunas personas usaban máscaras en las calles pero los negocios, hoteles, estaciones de metro, sitios emblemáticos, continuaban abiertos. Esa mañana podía haber visitado el Empire State Building o el Trade Center. Podía haberme subido al edificio más alto y haber gritado el nombre de la cubana Ana Mendieta, quien cayó desde su apartamento en el piso 34 en Greenwich Village, una madrugada de 1985. 36 años tenía; 35 hace de esto y se convirtió en ícono feminista: su esposo, el escultor Carl Andre, fue acusado de lanzarla por la ventana pero fue exonerado del delito de homicidio. Sin embargo, este 8 de marzo, el primero que me atrapa en NY, no soy capaz de subir al Empire a gritar Ana Mendieta ni llevo cintas naranjas ni violetas ni me abandero en la causa. Han prohibido las actividades por el Día Internacional de la Mujer en la misma ciudad donde surgió la tradición de la fecha. Ahora mismo la pandemia parece preocupar más que cualquier cosa en la capital de un mundo patriarcal. Que se reúnan las mujeres a exigir derechos no es tan necesario como mantener el toro de Wall Street en pie.
Ana Mendieta, a quien hoy califican de pionera, disidente y gran artista, autora de un performance sobre la violación de una mujer, hoy no parece ser tan importante porque muerta está desde hace mucho. De no haber caído por esa ventana hoy habría sido, tal vez, parte del grupo de alto riesgo ante la COVID-19 debido a su edad. Es difícil imaginarla anciana como su coterránea Carmen Herrera, quien sí es en este instante una de las personas más vulnerables al virus. A sus 104, justamente cuando la ciudad le prepara espacio para un mural que la trascendería. “Un enorme mural de la cotizada artista cubana Carmen Herrera”, según la describen medios internacionales, “embellecerá las calles de East Harlem, en Nueva York, una de las zonas donde se concentra la mayor población latina de Manhattan”.
La prensa detalló alrededor del 8 de marzo que la pieza, titulada "Un Dos Tres" y de más de 16 metros de largo y 5 de alto, podrá verse en la fachada del Colegio Artístico y Académico de Manhattan Oriental, cuyos alumnos se encargarán a partir del 18 de abril de ejecutar la obra, diseñada especialmente por Herrera para esta ocasión.
Pero en esta ciudad donde todo queda pospuesto, solo se piensa en los más de 1.000 respiradores que ha donado el Gobierno federal, en el millar de médicos y personal de salud que ha llegado a apoyar, en la línea telefónica habilitada para que los habitantes reciban apoyo emocional, en mascarillas, en escuelas cerradas, en que la Estatua de la Libertad está aislada y desierta. Es difícil apostar al día de abril en que podrá siquiera empezarse la obra. Sería una manera de celebrar conquistas femeninas, especialmente de las cubanas que han llevado su arte a NY y allí han vivido. Una forma quizás de recordar a Ana Mendieta y la comunidad de artistas que encontró al mudarse a finales de los 70.
“Las circunstancias relacionadas con la muerte de Mendieta siguen siendo un misterio. La única certeza es que cayó por la ventana de su apartamento durante las primeras horas del 8 de septiembre de 1985 y que su esposo fue acusado de homicidio”, recuerda The New York Times. No dice dónde fue enterrada. Una búsqueda en Internet no devuelve resultados satisfactorios. La controvertida muerte de Ana Mendieta, ¿Dónde está Ana Mendieta?
Ninguno podrá señalarte el Cementerio de Woodlawnd, mausoleo tal, a la derecha, como lo hacen con Celia Cruz. Hay tanto misterio en torno a la muerte de Ana que a nadie le ha parecido importante saber dónde descansa su cuerpo, dónde se le pueden colocar flores. Algunos descartarían que estuvieran los restos de la cotizada artista en Hart Island, “la pequeña y estéril parcela de tierra que se puede ver desde City Island, en el Bronx”, donde a los reclusos de Riker's Island se les paga 50 centavos la hora para que entierren a los muertos no reclamados y pobres de la ciudad.
A pocos se les ocurriría pensar que las grandes artistas que llegan a NY terminen en fosas de manera indiscriminada entre bebés, padres y madres, lejos de la mirada pública neoyorquina. Donde acaban los desconocidos para reafirmar que no es la capital del mundo un lugar para cadáveres anónimos, aun cuando de algunos no anónimos ni siquiera se conozca el paradero. Vivir y morir en NY suele tener un alto precio. El COVID-19 lo lleva a límites no previstos.
