Puede que la guerra más larga en la historia de EEUU haya terminado, pero muchos veteranos de guerra que respondieron al llamado de servir a su nación todavía están sufriendo. La angustia mental es real y devastadora para nuestros militares y sus familiares. También el daño físico. Son innumerables los veteranos que sufren tras haber sido expuestos a pozos de quemaduras tóxicas en Afganistán, Irak y otros países.

Por demasiado tiempo, la burocracia federal le restó importancia, actuó lentamente o ignoró por completo la ciencia detrás de la exposición de estos pozos de quemaduras tóxicas. Como resultado, nuestros veteranos se han quedado sin la atención necesaria y sin el apoyo que merecen.

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Debemos ser mejores como nación. No podemos darle la espalda a los valientes hombres y mujeres que brindaron servicio militar y se vieron obligados a respirar humos tóxicos y vapores de pozos de combustión tras haber prendieron fuego a dispositivos electrónicos --hasta neumáticos-- y desechos humanos con combustible para aviones. Tristemente ahora muchos están sufriendo de enfermedades asociadas a estas quemas.

Es hora que el Congreso pase nuestra legislación bipartidista para brindarles beneficios a los veteranos de guerra que fueron expuestos a pozos de quemaduras tóxicas.

Si se promulga nuestra ley, los veteranos que sirvieron en la quema de pozos abiertos y tienen ciertas enfermedades --tales como bronquitis crónica y cáncer de cerebro--tendrán tratamiento médico pago. Punto. No más estudios ni trámites burocráticos. No más veteranos olvidados.

Muchos de estos veteranos eran solo niños cuando cayeron las Torres Gemelas, cuando se incendió el Pentágono y cuando los héroes del Vuelo 93 salvaron innumerables vidas más. Vieron morir a 2,977 personas porque hombres malvados llegaron a EEUU para infligir terror. Estos veteranos respondieron desinteresadamente al llamado de servir a su patria.

Nuestros veteranos de guerra tenían un trabajo que hacer y lo hicieron sin pensarlo dos veces. Lo hicieron con valor, honor y distinción, y con la comprensión que serían atendidos cuando regresaran a casa.

El veterano del ejército Mark T. Jackson fue enviado a la base aérea de Karshi-Khanabad en Uzbekistán, donde se enviaron tropas sólo unas semanas después del atentado terrorista del 11 de septiembre. El nos contó sobre las condiciones allí: el suelo que rezumaba una sustancia negra, el aire pesado y ceniciento, y el agua estancada que cambiaba de color a lo largo del día.

Jackson describió los pozos de combustión que enviaban humo negro y hollín al aire como nieve malévola que se adhiere a la piel, la ropa, las carpas y los pulmones de los veteranos. Jackson también habló de sus compañeros que fueron a la guerra en la cúspide de su condición física y ahora están enfermos con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), enfermedades cardíacas, glioblastoma o hasta muriendo.

Nuestro mensaje para él, y para todos los veteranos es simple: estamos eternamente en deuda con ustedes por su servicio y sacrificio. Vamos a luchar tan duro por ustedes como lo han hecho por nosotros.

Esta no es una pelea nueva, por supuesto. En muchos sentidos, refleja la lucha para obtener cobertura de atención médica para los policías, bomberos y otros socorristas que corrieron hacia los edificios en llamas el 11 de septiembre. Ellos estuvieron expuestos a muchas de las mismas toxinas en la Zona Cero y ahora sufren de, o han fallecido a causa de muchas de las mismas enfermedades respiratorias y cánceres debilitantes de los veteranos de guerra expuestos a pozos de quemaduras tóxicas.

Se necesitaron años de lucha para aprobar una legislación que brindara a nuestros socorristas la cobertura médica que merecían. No podemos permitir que esa historia se repita en la lucha por brindarles cobertura médica a los hombres y mujeres que contribuyeron al esfuerzo de luchar contra Al-Qaeda y de perseguir a Osama bin Laden.

Este es el momento de hacer lo correcto por nuestros veteranos. Este no es un tema partidista. Este no es un problema de presupuesto. Esta es una cuestión moral.

El control de Afganistán por los talibanes y el resurgimiento de grupos terroristas en todo el mundo nos recuerda que nuestra lucha contra el mal está lejos de terminar. Nuestra nación seguirá confiando en patriotas jóvenes para responder al llamado de servir y proteger a nuestra gran nación.

Su sacrificio se manifestó en Afganistán hasta el final. Lo mínimo que podemos hacer como nación es asegurarnos que quienes padecen enfermedades crónicas y sufren de parálisis tras haber sido expuestos a pozos tóxicos reciban la atención que merecen. Es lo correcto y lo vamos a lograr.

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