El pasado jueves, el viejo dictador cumplió 89 años. Por mucho que se esfuercen sus palmeros bolivarianos, el iluminado Obama y los mercaderes que se aprestan a tomar la isla, la imagen de decrepitud de Fidel Castro es una metáfora de lo que ha sembrado entre los suyos y los que no lo son.
Desconozco si sopló las velas o si golpeó la piñata con un palo. Tampoco sé si bailó con sus ilustres invitados Evo Morales y Nicolás Maduro, pero no perdió la oportunidad de publicar una de sus cartas. Esas que hace años hacía llorar de angustia y hoy consiguen saltar nuestras lágrimas, pero de risa. Exige Fidel a los americanos una indemnización por los daños causados al pueblo cubano por el embargo. Al mismo embargo que le ha servido como botella de oxígeno para mantenerse en el poder durante más de medio siglo, tras el rédito político quiere sacarle tajada económica.
Lo peor de todo es que la inmoralidad de éste y otros Castro parece contagiosa. No sólo ha conseguido doblegar a muchos cubanos de la isla para que miren otro lado y hagan criogenia de su moralidad para que la rescaten futuras generaciones, su oportunismo ha inspirado al presidente de los Estados Unidos para emprender un “camino histórico” por el que Obama quiere pasar a la historia. Los principios de unos y otros los dejan para mejor ocasión. Al cuasinonagenario Fidel eso de la revolución le debe sonar a batallita del pasado. Aquí lo que hace falta es plata y da igual de donde venga. Ya que la teta de la vaca rusa se quedó sin leche, vamos a travestirnos y a chupar de la ubre gringa, que viene con premio y sin condiciones. El comandante pide billete duro para compensar sus pesadillas con el embargo, pero se le olvida todo lo que expropió a sus compatriotas tras la llegada de los suyos al poder.
Contaba esta semana Clara González en un artículo en Diario de Cuba como vivió hace un año el cumpleaños del todopoderoso en la plaza de principal del pueblo de Viñales. Tras un baile de celebración, el Partido Comunista obsequió a los vecinos una colorida tarta que fue cortada y repartida por las militantes más veteranas. Aunque la comida no sea precisamente lo que sobra en Cuba, el pastel del barbudo sólo fue catado por algunos niños. Los mayores ya no se tragan los logros de Fidel aunque estén embadurnados de crema y azúcar.
A estas alturas, uno pensaba que nadie en este planeta se tragaría la tarta del castrismo. Pero ahí sigue. Con sus colorantes y conservantes, en una permanente fecha de caducidad a la que se acerca, pero nunca llega. El último ingrediente lo ha puesto Obama. Ha tomado el pastel que ya empezaba a oler mal, lo ha redecorado y ha puesto música de fondo. Que siga la fiesta, ahora con Kerry y después con el Presidente, que no tardará en viajar a la isla a abrazarse con los maestros reposteros.
Por supuesto, los opositores y la prensa independiente cubana, que esperen en la calle. Ellos no están invitados. No se pierden nada.