José Antonio Évora

No entiendo muy bien lo que está pasando últimamente con las definiciones de drama y comedia en el cine.  La nominación de The Martian en los Golden Globe fue en la categoría de comedia o musical, y a Matt Damon le dieron el premio como mejor actor de comedia por hacer el papel de un astronauta a quien sus compañeros de viaje dejan abandonado en el planeta Marte. Tremendo chiste. Ahora, Tina Fey protagoniza la película Whiskey Tango Foxtrot que, supongo que por tenerla a ella encabezando el reparto, se vende como comedia, sin contar que algunos sitios de internet la llaman dramedy, un engendro horrible inventado para decir comedia dramática de una forma más cool.

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A mi modo de ver, la cuestión es sencilla: el hecho de que haya momentos simpáticos en un drama no debería ser motivo para complicarle el nombre, porque la vida no es en blanco y negro y aun en las peores circunstancias la gente se ríe.  Lo que Bertolt Brecht aplicó en teatro como efecto de extrañamiento para sacudir al espectador acrítico, que se identifica con el personaje, era una variante de lo que otras representaciones ya hacían por simple observación de la vida real: la angustia se entiende mejor desde la calma y un sentido del humor afilado desarma la insolencia.  Ni The Martian es una comedia, ni Whiskey Tango Foxtrot necesita ese paternalismo semántico que sólo sirve para confundir, como si hiciera falta aclarar que un mismo río puede correr a veces por dos cauces.

Tina Fey es la comediante que ganó celebridad en Saturday Night Live y que se parece mucho a Sarah Palin, para desgracia de la exgobernadora de Alaska. Pero en Whiskey Tango Foxtrot, Fey no asume el personaje de la reportera Kim Barker en plan de burla ni mucho menos. Fue al leer en 2011 el libro de Barker The Taliban Shuffle: Strange Days in Afghanistan and Pakistan, que Fey convenció al productor de Saturday Night Live para llevarlo al cine. Todo porque, en una reseña del New York Times, el crítico decía que el relato de Barker parecía escrito por un personaje de Tina Fey.

Pero es que la propia Barker se califica a si misma de neurótica, evidentemente una neurótica desinhibida y transparente.  Sin embargo, lo más importante de su testimonio es que, una vez en Afganistán, se dio cuenta de lo frágil que puede ser la vida, y lo limitada y preciosa que es.  En traducir eso del libro al cine es donde falla la película. La secuencia de episodios riesgosos y los contratiempos de su vida sentimental nunca llegan a ponernos en los zapatos de una mujer que abandona su confortable oficina en una estación de televisión para irse a vivir en un campo de batalla (en la vida real, lo que dejó fue la redacción de un periódico, el Chicago Tribune).  A los directores, Glenn Ficarra y John Requa, les interesa más articular un inventario de situaciones que desnudar a un personaje. Su conflicto asoma de vez en cuando, pero nunca se derrama, y por eso una y otra vez lo perdemos de vista, entretenidos con lo anecdótico.

El mismo dilema empaña la actuación de Fey. La protagonista de parodias deliciosas en Saturday Night Live nunca llega a montarse en la cuerda que evidentemente la llevó a enamorarse del proyecto.  Se sabe que a los actores y a las actrices de comedia les gusta demostrar que tienen talento para hacer buen drama.  La culpa es más de los directores que de Fey, tanto a la hora de aceptar una versión definitiva del guion como al dirigirla en el set.  Sobre todo al dirigirla, porque entonces ella, que no puede verse a sí misma mientras actúa, está obligada a confiar en la visión que ellos tienen de su personaje.

Billy Bob Thornton tampoco da mucho en su papel del General Hollanek.  Lo mejor es Alfred Molina con su caracterización del ministro afgano Ali Massoud Sadiq, dispuesto a todo por una noche con la periodista. Desde Boogie Nights, donde aparecía apenas unos minutos, Molina demostró ser uno de esos actores a los que les basta una sola escena en una película para robarse el show. Aquí se la echa en el bolsillo.

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