En contra de lo que muchos suponían hace unos meses, Donald Trump no sólo no se ha caído de la carrera hacia la nominación republicana, sino que se mantiene en la cabeza, mientras desaparecen desde el Jeb Bush, que debía alzarse con la nominación, a Carson, pasando por Christie y otros tantos.  No sólo sigue en la cabeza sino que los tres rivales que le quedan, caso de sumarse, apenas logran alcanzar el número de compromisarios que Trump ha logrado ya. 

De manera no tan sorprendente, esa circunstancia ha provocado un malestar más que considerable en el seno del Partido Republicano. Sus fans no quieren verlo, pero Trump es el candidato ideal para que los demócratas sigan en la Casa Blanca los próximos ocho años.  Semejante circunstancia resulta tan clara que los dos últimos candidatos republicanos a la presidencia, McCain y Romney, han formulado declaraciones públicas señalando que están en contra de Trump llegando a calificarlo como fraude. Incluso no ha faltado algún gobernador republicano que se ha atrevido a decir que, caso de ser nominado Trump, apoyará a Hillary Clinton en la carrera hacia la Casa Blanca.  Que lo ven como una plaga bíblica es indiscutible, pero ¿realmente es tan grave que Trump obtenga la nominación?  Bravuconadas aparte, Trump cuenta con un programa extraordinariamente conciso que puede sembrar, a la vez, la inquietud y la esperanza en los que se acerquen a examinarlo.

Quizá su aspecto más positivo sea la promesa de eximir totalmente de impuestos a los que ganen hasta 25.000 dólares y a las familias que, en conjunto, lleguen a los 50.000.  No es muy claro que semejante punto programático se pueda cumplir, pero no me atrevería a negar que resulta ilusionante.  De hecho significaría que muchos de los que son considerados en naciones europeas como ricos, no abonarían un céntimo en impuestos.  Otros aspectos ya resultan menos tranquilizadores para los que los examinen con sensatez.  Por ejemplo, tomemos su insistencia en levantar un muro en la frontera con México y en que además el costo lo asuma la república vecina.  No se puede discutir que la propuesta es capaz de provocar rugidos de satisfacción, incluso entre aquellos hispanos que han decidido que, una vez dentro ellos, hay que cerrar la puerta.  Que sea una propuesta realista es otro cantar. 

De hecho, la economía, no de Estados Unidos, pero sí de estados como California, Arizona, Nuevo México y Texas, se vería seriamente comprometida sin esos hispanos, no pocas veces ilegales que en un ochenta por ciento proceden de México. 

Que además México vaya a pagar el proyecto de Trump entraría en el terreno de lo verdaderamente milagroso.  No menos discutible es la propuesta trumpiana de adoptar medidas proteccionistas contra China, la nación, por cierto, que es tenedora de la mayor cantidad de deuda pública de Estados Unidos. 

Es dudoso que ese tipo de prácticas devolvieran a territorio norteamericano las empresas que se llevaron a China las transnacionales, pero de lo que no cabe duda es de que la respuesta de otras naciones a los aranceles norteamericanos y la crisis asiática que desencadenarían las medidas trumpianas lanzarían al mundo – sin excluir a Estados Unidos – en una crisis gravísima. 

Cuanto más reflexiono en ello menos lo dudo.  Es cierto que Trump sabe caldear los ánimos de gente más airada que racional, más encolerizada que reflexiva, más gesticulante que pensante, pero que tenga algo realmente bueno que ofrecer al pueblo americano es otra cuestión. 

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

Deja tu comentario