Hablar de racismo en Cuba dirige a dos puntos de análisis fundamentales. El primero descansa en el tratamiento que recibe este tema por parte del Gobierno, mientras que el segundo surge de la percepción que tienen los cubanos sobre este fenómeno social que no es más que el resultado de profundos enfrentamientos históricos y de la lucha de clases por definir quiénes serían los opresores y quiénes los oprimidos.
Con la reciente visita de Barack Obama a la mayor de las Antillas este tópico volvió a salir a flote y conmovió a muchos negros que se sintieron esperanzados con la posibilidad de aspirar a una mejor vida sin ser juzgados por su color de piel.
Aunque en la isla la mayor parte de la población es de raza negra o mestiza, es válido destacar que en la cúpula gubernamental solo dos puestos son ocupados por negros. Los privilegiados, que tienen un nivel de vida muy superior al de la media cubana, son Inés María Chapman Waugh, a cargo del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos, y Julio Christian Jiménez Molina, presidente del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación.
Si bien los spots publicitarios que se transmiten en Cuba apuntan a que existe una igualdad tanto de clases como de razas y que existen oportunidades para todos, resulta un fraude y un bochorno que se engañe al pueblo, que es testigo de que las cosas no son como las muestran. Si realmente existiera una igualdad racial, en el Consejo de Ministros de la isla habría la misma cantidad de negros que de blancos.
Durante muchos años los negros sufrieron represión y fueron “aislados” en algunos casos por pensar diferente, y en otros, por representar a una población que era considerada menos solo por su color de piel. Este fenómeno también afectó a gran parte de los cubanos que hoy dibujan una línea entre blancos y negros, y siguen estigmatizados con un tabú que no debiera tener espacio en los tiempos en que vivimos.