lunes 20  de  julio 2026
OPINIÓN

El otoño de los reservistas

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

Rusia agotó el modelo para sostener la guerra sin declararla del todo. Durante cuatro años el Kremlin compró soldados en lugar de reclutarlos cuando pagó primas de alistamiento que multiplicaban el salario medio, asimismo, vació las cárceles a cambio de contratos y presionó a los hombres con menos recursos legales para resistir. Ese sistema funcionó mientras el dinero alcanzó y los rusos creyeron que la guerra era un asunto de otros. Ambas condiciones se erosionaron al mismo tiempo.

Los números describen el agotamiento. El reclutamiento por contrato cayó una vez y media en el cuarto trimestre de 2025 respecto del año anterior y continuó su descenso a comienzos de 2026, cuando apenas 800 hombres diarios firmaron contratos, la cifra más baja en tres años. En el otro platillo de la balanza, las bajas rusas superaron los 30.000 hombres mensuales y excedieron al reclutamiento cada mes desde diciembre de 2025. Solo en enero de 2026 el ejército perdió unos 9.000 hombres más de los que pudo reponer. Un ejército que pierde más de lo que incorpora tiene tres opciones: negociar, retroceder o movilizar. Entre tanto, el Kremlin descartó las dos primeras.

La evidencia de que eligió la tercera dejó de ser una conjetura de analistas cuando una investigación de los medios independientes iStories y Verstka, basada en ocho fuentes vinculadas a la Administración Presidencial, expuso que la movilización se discute en todos los niveles del poder y que octubre figura como fecha posible, después de las elecciones a la Duma. Una fuente supervisando el reclutamiento en una corporación estatal admitió que las medidas preparatorias para lo que nunca se llamará movilización llevaban ya varios meses en marcha, según estas fuentes. En Penza, la policía y los comisariados militares organizaron redadas callejeras para forzar la firma de contratos, una práctica que comenzó en enero de 2026 y se intensificó desde entonces. Entre tanto, el diputado Andrei Gurulev, exmando militar y partidario público de la guerra, escribió el 1 de junio que el Kremlin preparaba una nueva ola de movilización para el otoño. Si bien este legislador luego retiró su posteo y lo denunció como apócrifo, el público lo tomó como algo cierto.

El calendario obedece a una lógica electoral elemental. Las elecciones legislativas rusas están fijadas para el 20 de septiembre. Su resultado no admite incertidumbre, pero Putin conserva la superstición de las formas y tiene el hábito de usar votaciones amañadas como antesala de anuncios impopulares, y una confirmación oficial antes de los comicios resultaba improbable. La urna primero, la citación después.

Los efectos de una movilización general operarán en cuatro planos. El militar es el más inmediato porque una inyección de 300.000 a 500.000 hombres alteraría el equilibrio de un frente estancado, donde el ritmo de avance ruso se redujo a menos de la mitad respecto de 2025. Con reservas frescas, Moscú perdería todo incentivo para negociar. Por lo tanto, la ventana diplomática que algunos gobiernos europeos creyeron abierta durante el verano se cerraría con la primera orden de reclutamiento.

El plano social, el segundo, es el más peligroso para el régimen. La movilización parcial de septiembre de 2022 provocó la huida de hasta 1.000.000 de hombres en edad militar y fue el único momento de la guerra en que el descontento amenazó con volverse político. Una nueva convocatoria rompería el contrato tácito por el cual Putin protegió a los rusos comunes del costo de la guerra a cambio de su silencio. Putin conoce el precedente que lo obsesiona cuando los conscriptos descontentos fueron instrumentales en la caída del imperio zarista en 1917, y él mismo presenció cómo la ira por las guerras ajenas disolvió a la Unión Soviética.

El tercer plano, el económico, agrava el social. La economía rusa ya opera con escasez aguda de mano de obra, al tiempo que el gasto en defensa y seguridad absorbió casi el 40% del presupuesto federal; con un déficit en los 5,9 billones de rublos. Extraer varios cientos de miles de trabajadores adicionales del mercado laboral, sumado a una segunda fuga masiva de hombres calificados, presionaría los salarios al alza, la producción civil a la baja y la inflación en la única dirección que conoce.

El cuarto plano es el que menos se discute y es la calidad del ejército resultante. Los analistas que estudian la sociología del frente ruso anticipan que en una nueva movilización la evasión y el rechazo escalarán porque los soldados aprendieron que el sistema los retiene con contratos indefinidos hasta la muerte o la mutilación. Un ejército de hombres pagando sobornos para evitar asaltos a posiciones no es un instrumento de ruptura estratégica, es sólo una masa que ocupa trincheras.

La movilización general dejó de ser una hipótesis remota y se convirtió en la consecuencia aritmética de una guerra consumiendo más hombres de los que el dinero puede comprar. Putin apostó a que el otoño electoral le daría la cobertura para anunciarla. Sin embargo, la historia rusa sugiere que los autócratas sobreviven a las derrotas militares con más frecuencia que a los reclutamientos forzosos. Esa asimetría, y no la diplomacia europea, es el verdadero límite de la escalada.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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