MIAMI.-La historia la escriben los vencedores. No importa cómo hayan ocurrido los hechos o las circunstancias que los desencadenaron, quien venza siempre tendrá la última palabra. Solo el paso del tiempo se encarga de desenlodar las páginas ocultas bajo la verdad oficial.

Para los nacidos en Cuba, después de la revolución de Castro, “la historia oficial sostiene que el 17 de abril de 1961 una brigada de 1.500 mercenarios, a sueldo del imperialismo estadounidense, invadió la Patria”.

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En ocasión del 60 aniversario de este importante hecho histórico, DIARIO LAS AMERICAS conversó con Andrés Pruna, miembro de la brigada 2506, un hombre que ha tenido una interesante experiencia vital, quien nos reveló sus motivaciones para alistarse en aquella epopeya con solo 18 años.

Andrés Pruna era un niño de clase media en La Habana de los años cincuenta. Tenía dos pasiones, el mar y las artes. Al cumplir los 10 años, su padre, un abogado de reconocido prestigio, lo envió a estudiar a EEUU para que pudiera ingresar en una universidad estadounidense. Pero Pruna, una vez que terminó la secundaria, regresó a Cuba, “quería estudiar pintura en San Alejandro”.

“Iba a la escuela, nadaba tres horas al día en el Havana Yacht Club y por la noche asistía a las clases de pintura”, así recuerda su rutina diaria.

“Salía a bucear con mis amigos de la época, Tony Zamora y Carlos Fons, y hacíamos apnea hasta los 120 pies de profundidad. Era una cosa que me encantaba”.

La familia Pruna tenía una finca en Nazareno, un pueblo de La Habana, cerca de San José de las Lajas, a la que iban los fines de semana a montar a caballo y pasear por la naturaleza.

A finales del año 58, Pruna obtuvo dos becas para continuar sus estudios, en la real academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, y la Academia de Bellas Artes Pietro Venucci en Perugia, Italia. “Tenía 16 años y estaba indeciso a cuál de las dos asistir, por lo que solicité el visado de ambos países”.

De esta forma, se maceraban todos los elementos de quien en su vida adulta sería un excelente buzo profesional, documentalista, fotógrafo y pintor. Y, además, un fervoroso amante de Cuba, por lo que se alisto para la invasión a Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Vence la revolución de Castro

“Era Año Nuevo y habíamos regresado de celebrarlo. Por la madrugada, me despertó un ruido. Había gente rompiendo los parquímetros con un bate de baseball. Así nos enteramos de que se había ido [el presidente Fulgencio] Batista. La multitud se aglutinaba en la calle. Era un momento muy peligroso. Reinaba el desorden”.

La familia de Pruna tenía la certeza de que venía una revolución radical de izquierdas. “Por los antecedentes de Fidel Castro, se veía que era un tipo totalmente radical, interesado en el poder y no en ayudar al pueblo, como se pretendió mostrar”.

Pruna recuerda muy bien cuando Fidel llegó a la Habana. “Yo estaba en la Rampa y pasó en una caravana con un grupo de personas armadas”.

La clase alta estaba muy preocupada con la deriva que podía tomar el país. Su padre y su hermano, que con 21 años había sido elegido el congresista más joven de Cuba, insistieron para que se fuera del país. El 20 de enero de 1959 Pruna abandonó su isla natal. “Tenía mi visa de estudiante. Me fui con 100 dólares y una maleta. Así llegué a Nueva York”.

En la Gran Manzana, unos amigos de su padre lo acogieron. “Me buscaron un cuarto y me dieron algo de dinero”. Al mes recibió una carta del hermano, anunciando que él y su padre estaban presos en la Cabaña [una cárcel de la Habana]. “Fue un verdadero shock”, recordó Pruna, a quien la vida le había dado un gran vuelco.

“Mi padre y mi hermano presos, mi madre y mi abuela solas. Yo tenía una visa de estudiante que se vencía a los tres meses. Para renovarla debía salir del país”. Era un momento muy difícil para alguien que siempre había estado protegido por su familia.

Las circunstancias lo obligaron a madurar. Logró una beca en una escuela de arte. Comenzó entonces a pintar y vender sus obras con algún éxito.

Viajó a Martinica con el objetivo de renovar su visa de estudiante y trabajó como buzo para subsistir. Coincidentemente, en esa isla caribeña se produjo una revolución que duró una semana. “Me preguntaban sobre mi experiencia con la revolución cubana”.

Se alista para la invasión

De regreso a Nueva York, se enteró por unos amigos que estaban preparando la invasión a Cuba y viajó a Miami. “La primera pregunta que hice fue si estaban preparando hombres rana”.

Para esa fecha liberaron a su padre en Cuba, pero su hermano continuaba preso, debido a que se había escapado y se había alzado contra Fidel. Fue hecho prisionero en la Sierra de los Órganos y esta vez lo condenaron a pena de muerte. “Pena que no ejecutaron porque Celia Sánchez [guerrillera que se alzó con Castro contra Batista] intervino. Entonces le impusieron 30 años de privación de libertad”.

Pruna localizó a sus amigos del preuniversitario para que se sumaran a la invasión. Solo uno, que era único hijo, dijo que no. Los hombres-rana se entrenaron en la isla de Vieques.

“Éramos 12 buzos, nos llamábamos los 12 Apóstoles”. Pero, finalmente, participamos 11 porque entre nosotros había un joven de 16 años y el entrenamiento era tan riguroso que pedimos que lo sacaran. Él quedó destrozado por no poder ir, pero era un crimen llevarlo”.

La invasión

Según recuerda Pruna, a los buzos los entrenaron aparte. Los dividieron en tres grupos. "Uno nadaría hasta Playa Girón, otro a Playa Verde y el mío a Playa Larga”.

El grupo de Pruna se desplazó en una lancha pequeña muy rápida, dejando atrás un barco con la tropa. “De repente sentimos los tiros provenientes de Girón. No sabíamos qué había pasado, pero entendimos que en Playa Larga tal vez, al oír los disparos, se alertarían de que estábamos invadiendo”.

La misión era alcanzar la playa, marcar el área de desembarco y eliminar al enemigo de forma sigilosa, sin llamar la atención. “Estábamos contentos, cantamos el himno nacional. Fuimos los primeros en desembarcar”.

Su vena artística le acompañó durante la invasión. “Llevábamos un cartel que había pintado con la imagen de un tiburón que decía “Bienvenidos Invasores”. La idea era clavarlo en la arena. Pero en el área donde desembarcamos solo había rocas. Yo me imaginaba a alguien observándonos en la distancia, cagado de risa, viéndonos como tratábamos de clavar inútilmente aquel letrero en el diente de perro”, recordó con algo de humor.

Fe en el vecino del norte

“Teníamos una fe enorme en EEUU. Era lógico en aquella época. Un país que ha tenido tantos éxitos en la guerra estaba planeando una invasión a Cuba. Nunca se nos ocurrió que el plan no fuera seguro. Se nos explicó que habría tres días de bombardeos para eliminar la fuerza aérea cubana. Solo después desembarcaríamos con el objetivo de tomar un perímetro al que llegarían los miembros de un gobierno provisional que estaba en Miami y ellos a su vez solicitarían ayuda a EEUU.”

El fracaso, según Pruna, se debió a que solo hubo un día de bombardeos, de los tres planificados. “Quedaron suficientes aviones de la fuerza aérea cubana. Nosotros carecíamos de poderío aéreo. Realmente desde ese momento estaba perdida la invasión. Se hizo un esfuerzo sobrehumano y logramos mantener la posición, luchando en un combate de sesenta contra uno. Solo éramos 1.500 contra 70.000 milicianos. Habían desplegado cañones y nos bombardeaban desde varios kilómetros de distancia. Nos estaban acabando”.

La invasión fue un desastre. Pruna y su grupo lograron llegar a un destructor estadounidense, donde permanecieron dos semanas recuperando supervivientes del mar. “Sacamos a 33 brigadistas, algunos muriéndose de deshidratación. Los demás invasores cayeron prisioneros o murieron en combate”.

Tras el descalabro de la invasión, Pruna trabajó para la CIA con un grupo de infiltración. “Hacíamos ataques comandos contra Cuba, en lo que llaman ahora Operación Mangosta. Entrábamos, dejábamos al grupo dos o tres días y los regresábamos a buscar.

“En el caso mío, seguí trabajando como hombre rana. Nadábamos hasta la costa cubana y asegurábamos el lugar por donde desembarcaban. Después venía una lancha con los seis o siete hombres del comando y los dejábamos. La labor de ellos era hacer sabotaje. En ese momento éramos guerreros y así estuvimos hasta la Crisis de los Misiles, cuando el presidente John F Kennedy pactó con Rusia que no seguiríamos atacando”.

Pruna, cargado de frustración, se enroló en la Marina estadounidense, donde estuvo hasta el asesinato de Kennedy. A partir de ese momento, se dedicó al buceo experimental. Llegó a ser buzo de primera. “Fui uno de los 40 acuonautas preparados en EEUU”. Estos hombres vivían bajo el agua 15 días, a unos 600 pies de profundidad, en laboratorios acuáticos de la US Navy para probar la capacidad humana de sobrevivir en condiciones tan extremas.

De vuelta a los orígenes

Siendo ya un buzo de renombre, Pruna comenzó a trabajar con la Oficina Naval Oceanográfica como buzo y fotógrafo. Filmó ballenas con National Geographic alrededor del mundo durante 10 años. “Probablemente tengo el récord de ser la persona que más tiempo ha convivido con ballenas. He buceado con casi todas las que existen, incluso con orcas y ballenas azules”.

Actualmente, Pruna se dedica a pintar hermosos cuadros en los que plasma toda su experiencia vital. En ellos son recurrentes la jungla, los animales salvajes, el mar, las ballenas, la isla de Cuba y su gente.

El regreso a Cuba

En el año 2000 regresó a Cuba. Recibió un permiso especial para ir a ver a su nana. “Ella estaba muy anciana, pensamos que podía morir. Me garantizaron que no habría represalias conmigo y fui”.

“Básicamente era otro país. Aprovechamos para visitar Girón, fuimos al museo de la invasión. Intenté llegar a Playa Larga para ver el lugar por donde había desembarcado 40 años antes. En aquel sitio, encontramos un terreno deportivo en el que jugaban voleibol unas alemanas mostrando los senos. Me dije, si hubiéramos desembarcado en un momento como este, seguro no habría invasión”.

“Coño, que suerte tuviste”, le decían a Pruna quienes se enteraban de que era cubano y se había ido al principio de la revolución.

“Fui al club donde practicábamos natación, estaba cerrado, todo roto, lleno de matas. Visité la casa de Nazareno. Increíblemente, me recibieron como si fuera un héroe. Todas las familias se acordaban de mi padre. Me encontré con una persona que jugaba pelota conmigo y realmente tuve deseos de llorar. La finca la habían destruido, la convirtieron en un sanatorio para personas con SIDA. Es triste ver tanta devastación en un país tan lindo como Cuba.”

“Los únicos que están viviendo bien son los hijos de Fidel. Ellos viven en Europa con todo el dinero del mundo. Mientras la gente en Cuba está pasando hambre”.

“Nos llaman mercenarios, pero a nosotros no nos dieron dinero para ir a la invasión. A lo mejor por eso fuimos tan pocos voluntarios. Teníamos diferentes razones. La mía era, principalmente, porque mi hermano estaba preso, pero también por la injusticia que hasta ese momento Fidel había cometido contra el país. Era algo que no podía soportar y estaba dispuesto a dar la vida por cambiarlo”.

cmenendez@diariolasamericas.com

@menendezpryce

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