MIAMI.- Que Miami tenía un ídolo para enaltecer, nadie lo duda. Que todos lo querían profundamente, mucho menos. Que todos esperaban su día en el montículo con los Marlins, es una verdad irrebatible. Que con su repentina partida ha nacido una nueva leyenda, todos lo creen.

Con la sensible partida de José Fernández, conocido popularmente como “Joseíto”, Miami perdió a un joven provisto de una humildad a toda prueba. Ni la fama, ni el dinero, ni los titulares en primera plana, ni la muerte que lo rondaba desde muy niño, pudieron opacar el carisma y la pujanza de un ser que nació para brillar con luz propia.

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Pero así como Miami lo recibió con los brazos abiertos hace cuatro años, este miércoles 28 pasa a la historia como el día que una ciudad literalmente con lágrimas en los ojos, que no ha dejado de llorar un solo instante, rinde el más grande de los tributos a una persona que lo entregó todo por su familia y sus miles de seguidores.

No es una despedida común y corriente. Centenares de personas con carteles en las manos, flores multicolores, guantes de béisbol y pelotas autografiadas por el pelotero y camisetas con el apellido Fernández, entre otras formas de tributo, se suman al cortejo fúnebre que parte del estadio de los Marlins, hace escala en La Ermita de la Caridad del Cobre y finalmente llega a la iglesia Saint Brendan, en el suroeste de la ciudad.

Revisar los detalles de la vida de “Joseíto” es sumergirse en un mundo dantesco y, al mismo tiempo, atiborrado de realismo mágico, por cuenta del horror que en un principio tuvo que padecer para llegar a los Estados Unidos a cumplir el “sueño americano” y, más adelante, en virtud del hechizo que parecía envolver cada lanzamiento salido de su portentoso brazo derecho.

Declaraciones de Tomás Regalado, alcalde de Miami
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Una vida con muchas dificultades

El pelotero nacido de la entrañas de Santa Clara, Cuba, ciudad a 270 kilómetros de La Habana, cuyo mayor atractivo turístico es el mausoleo “en honor” a los restos del Ché Guevara, tenía su brújula en dirección hacia ‘el país de la libertad’. Las privaciones de un régimen opresor, como el de los hermanos Castro, lo condujeron desde muy temprano a lanzarse a las calles a vender productos comestibles para aportar unos cuantos pesos a las empobrecidas arcas familiares.

Con solo 15 años, más por necesidad que por ambición, el adolescente desertó de Cuba junto con su madre y un grupo de personas de su misma raza, anhelos y carencias. Era el cuarto intento. Todos los anteriores terminaron en una celda “por ser un traidor a la revolución”. En otras palabras, “Joseíto”, sin proponérselo, conoció por dentro el vientre de un sistema que se alimenta día a día de la desgracia colectiva.

Para la eternidad quedó grabado en su memoria que aquel momento en el vasto Mar Caribe actuó como un verdadero hombre. Primero se vio abocado a esquivar las balas de los guardacostas cubanos que dispararon contra la balsa para evitar lo que el Gobierno de la isla considera una “deserción”. Después demostraría coraje al rescatar a una mujer que había caído al agua. Era Maritza, su madre. “Joseíto” salvaba la vida de la persona que le había dado la vida; otra de sus grandes hazañas.

El deseo de superación fue el derrotero que guió la vida del joven cubano. En Tampa, una pequeña ciudad del centro de la Florida, pronto sería la atracción en el montículo. Su padrastro, Ramón, se convirtió en el timonel de la naciente estrella.

Y vendrían los triunfos. Uno tras otro eran como eslabones de una cadena de acontecimientos fantásticos que pondrían el nombre de José Fernández, el humilde y risueño muchacho cubano, elocuente y pícaro en demasía, en boca de los más experimentados comentaristas del deporte de la pelota chica.

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Admiradores de José Fernández acuden a la iglesia católica St. Brendan, donde el féretro del joven deportista será expuesto al público, de 5 a 11 pm.
Admiradores de José Fernández acuden a la iglesia católica St. Brendan, donde el féretro del joven deportista será expuesto al público, de 5 a 11 pm.

Caracterizado por una personalidad extrovertida, “Joseíto” llegó rápidamente a ser considerado uno de los mejores lanzadores del béisbol estadounidense. En síntesis, los Marlins contrataron al cubano pagándole 2 millones de dólares, en 2013 era premiado como el Novato del Año de la Liga Nacional y durante dos años hizo parte del equipo de las estrellas, al que solo son convocados los mejores.

Pero como la vida es una delgada línea de altos y bajos, cuando el cubano estaba saboreando las mieles del éxito una intervención quirúrgica “inevitable” aparecía frente a él como el peor de sus rivales en el cajón de bateo.

Alrededor de un año estuvo al margen de los diamantes de béisbol tras someterse a una operación Tommy John. Pero nada parecía vencerlo. De las luces artificiales de un quirófano frío pasó de nuevo a brillar con luz natural en la que, en el argot de la “pelota caliente”, se conoce como “la lomita de los suspiros”.

Sin embargo, la muerte venía confabulándose contra aquel niño humilde que Santa Clara entera recuerda por su sencillez y calidad humana; el chiquillo que vendía frutas o verduras por las calles calurosas de la provincia cubana para ganarse el sustento diario. Más temprano que tarde el día de la cita fatal llegaría sin previo aviso.

Un inexplicable accidente a bordo de una lancha cerraría para siempre los ojos de “Joseíto”. La muerte le ganaría la partida en el mismo mar que le sirvió de plataforma para llegar al país que le dio fama y fortuna. Ese mismo país que aún no se repone del dolor infligido por la precoz partida de un ser bondadoso llamado a integrar la nómina de la ‘novena celestial’.

Hoy Miami y el mundo recuerdan su contagiosa sonrisa, su combativo comportamiento en el montículo y su amor y apego por la vida. Olga, esa abuela candorosa que volvió a verlo gracias a las gestiones migratorias de las directivas de los Marlins, ha dicho en palabras entrecortadas a los medios de comunicación que se encuentra destrozada. No cree lo que ha ocurrido. Nadie lo cree. “Joseíto” sigue vivo en su memoria. “Joseíto” no ha muerto.

José Fernández era el más sonriente en el Marlins Park, el jugador que no negaba una entrevista a ningún reportero, el que sobresalía por la dulzura de su sonrisa y el amor que prodigada a todo el que se le acercaba, el lanzador que rompió un récord y se marchó con un promedio de 2.86 de carreras limpias permitidas.

Con el viaje sin retorno del gran lanzador, nace una leyenda, un mito… Adiós, “Joseíto”. Miami siempre te recordará.

La vida del pelotero José Fernández en pocas líneas:

  • Tras varios intentos de fuga, logró desertar del régimen cubano a la edad de 15 años para cumplir sus sueños en las Grandes Ligas.
  • No una, ni dos, sino tres veces fue capturado por las autoridades de Cuba cuando intentaba salir de la isla para dirigirse a los Estados Unidos y reunirse en Tampa, Florida, con su padrastro Ramón.
  • En una de sus travesías en el Mar Caribe, logró rescatar a su madre Maritza, que había caído al agua cuando, juntos, viajaban en balsa rumbo a “la libertad”.
  • En Tampa se reúne con su padrastro y empieza una carrera brillante en el béisbol menor, alcanzado amplios elogios de la prensa especializada.
  • En el año 2012 el equipo de los Marlins lo contrata y le paga dos millones de dólares para hacer parte de la novena miamense.
  • En el 2013 recibe con sobrados méritos el premio de Mejor Novato de la Liga Nacional.
  • Fue la columna vertebral de los Marlins con un promedio de 2.86 de carreras limpias permitidas, imponiendo un récord en el equipo.
  • El 25 de septiembre, en horas de la madrugada, un trágico accidente cobró la vida del lanzador y de otros dos jóvenes en las costas de South Beach.

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