Mientras Andrea descubre que una derrota puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje, Mauro sueña con convertirse algún día en campeón. Son historias distintas, pero reflejan la esencia de un proyecto que busca fomentar hábitos saludables, fortalecer la autoestima y transmitir herramientas para la vida en una etapa clave de crecimiento.
“Si no ganas una pelea, no significa que se termina el mundo. Siempre tienes que aprender más cosas”, comentó Andrea, de 11 años en entrevista con DIARIO LAS AMÉRICAS.
La estudiante llegó al proyecto inspirada por la experiencia de su padre, quien también practicó judo. Con apenas unas semanas de participación, asegura que ha ganado seguridad en sí misma y aprendido que las niñas pueden destacar tanto como los varones.
“Una mujer también puede pelear. No solo los hombres pueden hacerlo. También nos divertimos mucho aquí”.
Mauro López durante una de las sesiones del campamento.
CARLOS ARMANDO CABRERA - DLA
Mauro, por su parte, destaca la combinación de aprendizaje y diversión que encuentra en cada jornada.
“Me gusta porque es divertido. Aprendo a caer, a atacar y a defenderme”, explicó.
Más allá de los aspectos técnicos, asegura que las clases le han enseñado a relacionarse mejor con los demás y a construir nuevas amistades.
“Aprendes a respetar a las personas y haces muchos amigos”.
Cuando habla sobre el futuro, responde sin titubear.
“Quiero ser campeón”.
Y ya tiene claro el camino para intentarlo.
“Voy a practicar todos los días en la casa y aquí”.
Detrás de historias como las de Andrea y Mauro está Héctor Lans, maestro, promotor de esta disciplina en el sur de Florida y principal impulsor de la iniciativa que se desarrolla en MDC.
Con décadas de experiencia vinculadas a la enseñanza y formación de atletas, sostiene que el verdadero valor de esta práctica trasciende ampliamente la competencia y las medallas.
Héctor Lanz, maestro y promotor de esta disciplina en el sur de Florida.
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Para el instructor, el judo constituye una herramienta educativa especialmente valiosa en momentos en que muchos menores pasan largas horas Lou frente a teléfonos, tabletas y videojuegos.
“El judo lleva implícitos principios como la cortesía, el coraje, el amor, el honor, la modestia, el respeto, el autocontrol y la amistad”, explicó.
Según señaló, la filosofía que acompaña esta actividad ayuda a contrarrestar algunos de los efectos asociados al sedentarismo y al exceso de tecnología.
“Las computadoras nos aceleran cada vez más el estrés social y psicológico. El judo ayuda a recuperar el equilibrio físico y mental”.
Creado por Jigoro Kano en Japón en 1882, el judo se practica actualmente en más de 200 países y forma parte del programa olímpico desde 1964. Más allá de la competencia, es reconocido internacionalmente por promover el desarrollo físico, emocional y social de quienes lo practican.
“Queremos formar jóvenes respetuosos, capaces de enfrentar los retos de la vida y convertirse en personas de bien”, agregó Lans.
Los participantes perfeccionan técnicas bajo la supervisión de sus instructores.
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Los resultados también son visibles para las familias.
Guido López decidió inscribir a su hijo Mauro motivado inicialmente por la calidad del equipo de instructores, pero asegura que los cambios observados en pocas semanas terminaron de convencerlo.
“Los niños pasan demasiado tiempo con la tecnología. En apenas un mes perdió muchos miedos, mejoró la coordinación y aprendió técnicas que antes no conocía. El cambio ha sido impresionante”, afirmó.
Aunque reconoce que asistir varias veces por semana implica reorganizar horarios y asumir sacrificios familiares, está convencido de que la decisión ha valido la pena.
“Si él está contento y quiere venir todos los días, eso te demuestra que el ambiente es bueno y que se siente en familia”.
Uno de los principales atractivos del programa vigente durante todo el año es la posibilidad de aprender directamente de figuras que dejaron una huella en el judo cubano e internacional.
Buena parte del cuerpo técnico está integrado por exponentes formados en la reconocida escuela cubana, una de las más exitosas de América Latina y responsable de producir campeones olímpicos, mundiales y panamericanos durante décadas.
Lans forma parte de una generación de maestros que ha trabajado durante años para mantener vivo ese legado fuera de la isla y acercarlo a estudiantes y familias en Estados Unidos.
Para muchos de los alumnos, la experiencia tiene un valor difícil de encontrar en otros programas: recibir enseñanzas directamente de atletas que alcanzaron la élite mundial y que hoy dedican parte de su tiempo a compartir conocimientos con las nuevas generaciones.
Driulis González, una de las judocas más exitosas que ha dado Cuba y ganadora de cuatro medallas olímpicas.
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Entre ellos sobresale Driulis González, considerada una de las judocas más exitosas que ha dado Cuba y una de las máximas exponentes del judo femenino a nivel internacional.
A lo largo de su carrera conquistó cuatro medallas olímpicas: una de plata y tres de bronce; además de múltiples títulos en campeonatos mundiales, panamericanos y otras competencias internacionales, logros que la convirtieron en una referencia dentro y fuera de la isla.
Con más de dos décadas vinculada a este deporte, la entrenadora continúa trasladando a los más jóvenes las lecciones que marcaron su carrera dentro y fuera del tatami.
“Fue un camino de mucha resiliencia y eso es precisamente lo que intento enseñarles a los niños”, expresó a nuestro rotativo.
Desde su llegada a Estados Unidos ha mantenido el compromiso de transmitir los conocimientos acumulados durante una trayectoria desarrollada en la élite mundial.
“Mi objetivo es que puedan enfrentar y superar cada obstáculo que se les presente, como yo tuve que hacerlo en mi momento”.
A su juicio, el impacto de esta práctica alcanza también al entorno familiar.
“Es una actividad que ayuda a la formación y al crecimiento de cada niño. También fortalece la relación entre la familia y el deporte”.
r Rodríguez, campeón olímpico en Montreal 1976 y figura histórica del judo cubano.
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La participación de Héctor Rodríguez añadió un valor adicional al proyecto.
Ganador de la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 y considerado una de las figuras más importantes en la historia del judo cubano, Rodríguez compartió conocimientos y experiencias acumuladas durante décadas de trabajo en el alto rendimiento y la formación de talentos en distintos países.
“El judo para los niños está valorado por la UNESCO como uno de los deportes que se deben practicar por su formación y por los principios que transmite”, señaló.
El exatleta, radicado en España destacó que este tipo de iniciativas favorece el desarrollo de la autoestima y la confianza desde edades tempranas.
“Es un gran honor trabajar con estos muchachos. Verlos entrenar me recordó cuando yo tenía su edad”.
Además, elogió la entrega demostrada por los participantes durante las sesiones.
“Me sorprende mucho cómo entrenan y cómo se sacrifican estos días. Ojalá alguno llegue a conquistar una medalla mundial u olímpica”.
De izquierda a derecha, Héctor Rodríguez, Driulis González y Héctor Lanz, referentes de la escuela cubana de judo.
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Para Lans, sin embargo, el verdadero éxito no se mide por los resultados competitivos que puedan alcanzar los estudiantes en el futuro.
“El judo ayuda a que los muchachos aprendan a defenderse, a respetar a los demás y a no convertirse en víctimas del bullying”.
Mientras los adultos hablan de esfuerzo, superación personal y crecimiento, Andrea tiene una explicación mucho más simple para regresar cada semana al tatami.
“Aquí me divierto mucho”, dice antes de correr nuevamente junto a sus compañeros.
Quizás ahí radique el mayor logro de iniciativas como esta: dejar huellas que pueden acompañar a una persona durante toda la vida sin que los menores dejen de sentirse niños.