POR GRETHEL DELGADO

MIAMI.- Frank León protagoniza la cabecera de la edición impresa del DIARIO LAS AMÉRICAS que circula de miércoles a viernes, durante la semana inaugural de importantes de Art Basel Miami, Art Miami, CONTEXT Art Miami y una veintena de ferias satélite que convierten la ciudad de Miami en la capital del Arte durante una semana.

El artista cubano vive en un espacio creativo que también resulta ser su casa. Le acompañan en su retiro artístico un perro, un montón de libros y su memoria.

Frank León tiene una casa, un perro y un corazón bien remendado. Como un alquimista solitario, recolecta la seda que las arañas tejen en su patio y usa ese material en una serie que prepara.

Por estos días de Art Basel, Frank León no presenta ninguna exposición personal, ni anda con su obra bajo el brazo detrás de algún dueño de galería. León, ganador en 2000 de la prestigiosa beca otorgada por The Pollock-Krasner Foundation, de New York y con obras expuestas en América y Europa, vive con sencillez, sin perder el asombro por las pequeñas cosas.

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Frank León en el patio de su casa taller, desde donde investiga y experimenta para crea nuevos paisaje visuales, naturales y sonoros de Arte Digital.
Frank León en el patio de su casa taller, desde donde investiga y experimenta para crea nuevos paisaje visuales, naturales y sonoros de Arte Digital.

Su estudio de pintura rebasa las paredes del cuarto de estudio. Desde que uno entra a su mundo, se llega a un sitio donde afloran las huellas de una vida. Las pinceladas, los trazos en un lienzo digital, los libros manoseados, la música y el silencio son su mejor compañía.

Un hombre, un perro, una casa

Frank busca su pipa, la picadura y el fuego. Toma asiento en su silla vieja y comienza el ritual del humo. Observa a su perro detenidamente, le dice “Leo, oye”, guarda silencio, sonríe y no le quita la mirada de encima, protector.

Leo es un pit bull noble que desde el primer momento se convierte en un amigo. Quizá por aquello de parecerse demasiado a su humano, vigila cada alegría y también sabe reconocer la tristeza aunque no hayas suspirado ni bajado la mirada. Se recuesta a ti mientras te entrega su juguete mordido y lleno de saliva.

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Frank Leon vive acompañado por su Perro Leo.
Frank Leon vive acompañado por su Perro Leo.

Todo eso en versión humana es Frank. Y como si esto no fuera suficiente, esa sensibilidad se traduce en poemas, pintura, música. Ahora vive tranquilo, pero sus recuerdos siempre le asedian. Por eso pinta, pinta y se pierde en las filigranas del humo que sale de su pipa.

Pero mucho antes de tener su propia casa en el sur de la Florida, de poder sustentarse y alimentar a su entrañable perro, el artista cubano tuvo que hacerle honor a eso de ser cubano y tragar en seco, tragar la piedra y la palabra, el destierro y también la soledad.

Como si todo eso no fuera poco para un solo cuerpo, Frank se vio obligado a sufrir uno de los dolores más innaturales del mundo: estar lejos de su madre.

La partida

Como muchos de los que se fueron de Cuba entre las décadas de los 80 y los 90, Frank comenzó a sentir la mano espinosa de un sistema donde apenas podía moverse. Su madre lo sabía bien. Previsora, como suelen ser las madres, le pidió que saliera de Cuba, porque de otro modo terminaría preso.

“Me dije ‘está bueno ya de verde olivo’, y no miré para atrás”, señaló Frank.

En 1991 decidió salir de Cuba sin saber exactamente cuándo regresaría. Ahora lo sabe. No volverá a pisar la isla cubana hasta que la vea libre.

Solo su madre supo que su viaje no tendría regreso. Ella también sabía que no lo volvería a ver. Durante 15 años, Frank y su madre hablaron a través de las cartas. Cartas que llegaban abiertas, cartas que no llegaban.

“La primera vez que viajé a Venezuela fue a un evento de la UNESCO llamado Creatividad 90. Fui con Reina María Rodríguez. La segunda vez ya había ajustado todo para la salida definitiva”, enfatizó el artista.

En Venezuela vivió durante un año. Allí hizo contacto con la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), a través de la cual pudo viajar a Estados Unidos.

“La fundación daba entrevistas a cubanos en terceros países. El que me entrevistó me preguntó de qué yo me estaba escapando. Y le mostré varias obras que había sacado de Cuba en secreto”, contó León, quien llegó el 21 de noviembre de 1991. “Vine en el último vuelo de la Pan American; a los dos días se declararían en bancarrota”, contó.

Desencuentros

“Mami estuvo 15 años escribiéndome cartas todos los domingos. Desde que me fui no la pude ver más. Hasta que murió”, recordó Frank.

Antes de irse, le dejó a su madre un radio marca Selena, con el que ella creó una relación de años que le llevó a reencontrarse con Frank a través del sonido.

“Ella escuchaba la onda corta, la BBC, Radio Nacional de España y Radio Nederland. Juan Carlos Roque era periodista y tenía un programa en Radio Nederland. Mi mamá le escribió una carta y él le respondió. Ella se puso a decirlo en todo el barrio”, comentó León.

Allí nacería una relación de años que se concretó en el libro “Cartas de una madre”, con el intercambio epistolar entre Olga Villegas y Frank León.

“Una vez hicieron en la radio una serie sobre la familia, y a Juan Carlos se le ocurrió hacer algo con nosotros. Vino a Miami y me entrevistó y le llevó unas cartas a mi madre para que las leyera. Así estuvimos juntos mami y yo, al menos en un programa de radio”.

A los pocos meses, Olga Villegas falleció.

“Nunca pude ir a verla. Ahí fue donde entendí lo triste que es estar bajo algo de lo que tú no tienes control. Demasiado sufrimiento humano en nombre de algo que siempre estuvo condenado al fracaso”, señaló.

Sin embargo, Frank asegura que “la vida es para vivirla, para ser libre. Y aquí soy libre de verdad, no tengo a nadie arriba de mí que me esté diciendo lo que tengo que hacer”.

El exilio

“Aquí pasa una cosa muy extraña. La gente en Cuba es de una manera, pero cuando llegas a este país, todo cambia. Hay demasiada competencia, muchas máscaras, y ya nadie es el mismo de antes. Por eso te quedas solo”, afirmó Frank.

León, que conoce por experiencia propia lo que es vivir sin un techo, se recuesta con tranquilidad en su sofá ahora que tiene una casa y está retirado, con tiempo suficiente para echar a volar su imaginación.

“Estuve dos veces sin techo. Una vez en el 95, en Miami, y otra en Nueva York”, dijo, como quien muestra sus heridas de guerra.

En una ocasión se vio obligado a dormir en la calle.

“Tenía un Volkswagen Golf que era de cambio. Llegué a un centro comercial en la calle Flagler y la 107 avenida. Me eché para atrás, donde tenía toda mi ropa, y me dormí. Al otro día, con un dólar en el bolsillo, me compré un periódico para ver los anuncios de trabajo, y una colada de café”.

En Nueva York, se volvió a quedar en la calle. “Dormí una noche en un mini store, con todas mis cosas”.

Para Frank, la creación es una manera de respirar. Y en esa expresión encuentra su libertad, una libertad que siempre ha perseguido, desde que vivía en una isla y la pintaba con máscaras, hasta este preciso instante. Lo que sale de sus manos y su imaginación es, tal y como explica, el resultado de muchos tragos amargos y algunas alegrías.

“Si no pasas por todas esas cosas no vives. La experiencia es el cúmulo de tus errores. Te equivocas y aprendes. Y por muchas razones esto es duro, pero hay que seguir”, confesó.

“Fui delivery de una fábrica de plomo para pesca, también de una pizzería mexicana en Hialeah. Trabajé en una mueblería El Dorado, después en una organización para ayudar a los niños a salir de las drogas, luego en una oficina de inmigración. También trabajé en una tienda de pesca que abrí en Miami Beach, después como camarero de banquete, y luego haciendo transacciones en el stock market. Después trabajé en una biblioteca por varios años y eso fue lo último que hice, hasta el 2008”, dijo Frank, seguro de haber dejado otros trabajos en el tintero.

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El taller de pintura

Entrar a su estudio es recordar, de pronto, los salones de ladrillos rojos del Instituto Superior de Arte, aquella Babel de música y gestos donde realizó estudios de grabado. Es recordar a un Fidelio Ponce de León en aquellas figuras largas, ennegrecidas. Y es, también, reconocer la poesía de Lezama, a quien se le plantaba junto a Reina María Rodríguez en su ventana de La Habana Vieja, para escuchar alguna anécdota o consejo.

Como un pescador solitario, Frank tiene la vista entrenada para mirar al horizonte. Observa con agudeza, escudriña, espera. Y frente a mis ojos que no ven ese paisaje, Frank piensa en las cosas que lo hacen feliz.

“Yo soy feliz cuando empiezo una obra”.

FUENTE: REDACCIÓN

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