Con la ingenuidad de los recién llegados y mi miedo incurable a manejar, me atreví a decir a amigos y familia: "¿hay guaguas y metrorail, no? Pues así me moveré yo". Fue hace 3 años y desde entonces no he incumplido mi promesa.

Me he desplazado por la capital del Sol, “la ciudad pensada para carros” según algunos de los residentes en ella, en autobuses y metrorail. Con tanto Sol, en verano he notado la falta de techos y hasta de paradas en algunos puntos. Pero nada me ha hecho desistir de mi propósito primero. Y los viajes me han hecho vivir aventuras.

Hay una notable acompañante de los choferes de la ruta 88. A ella no le gusta hacer el viaje sentada. Con sus espaciosas gafas de sol, hace todo su trayecto conversando con el chofer. Le da igual quien sea. En una ocasión hasta se atrevió la señora, que habla perfectamente español e inglés, a dar clases del idioma de Cervantes a un conductor. El resto de los pasajeros, sin alternativas, escuchábamos mudos.

También es asiduo en autobuses y metrorail un chico muy joven, con porte saludable, que te aborda para pedirte ayuda. Según cuenta, le han robado su billetera, tarjetas y toda la documentación. Quiere ver en que puedes colaborar para él poder seguir su viaje. Más o menos semana sí y semana no, le roban la billetera. La primera vez que me lo topé, lo ayudé con algo de dinero.

Los jóvenes dialogando mediante “FaceTime” hacen perder la paciencia al más flemático. Creen que ellos van solos en autobuses y vagones del metrorail, y la conversación no puede esperar. Ríen y berrean ignorando el significado de palabras como prudencia y moderación.

Los adultos a menudo también olvidan que el transporte público se comparte y demanda civismo. Hace tan solo una semana tres personas comentaban a toda voz los detalles de un proceso de custodia de un menor. Lo que llegamos a escuchar todos en aquel vagón del metrorail, ruborizaba. ¿Cómo se atrevían a deliberar en plaza pública de un tema tan delicado?.

Las travesías en transporte público pueden regalarte asimismo el intimar con personajes que se hacen querer, aunque no los conozcas de nada. En la ruta 88, de Dadeland North a Kendall, hay un "chofer de cine". El hombre lleva rastas hasta casi la cintura. En los dedos de sus manos luce anillos de oro. Y siempre va ataviado con gorra y buen humor, de ese que a veces escasea entre los conductores.

Si llegas hasta casi el final del trayecto, cuando hay menos ruido, se escuchan sus silbidos. El chofer de la 88 chifla dichoso todo el repertorio del brasileño Roberto Carlos, desde “Detalles”, “Cóncavo y convexo” o “Desahogo”. Su romanticismo y gentileza te hacen olvidar enteramente casi todas las aventuras no tan gratas.

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