Buena parte de los integrantes de la Generación del 98 se relacionó con la “Siempre fiel isla de Cuba” de diferente manera, en dependencia de sus juicios sobre los ideales independentistas, la Guerra Hispano-norteamericana, la repercusión de la derrota en la psicología social, la experiencia de residir o visitar la isla y, ya entrado el siglo XX, la comunicación con intelectuales cubanos y la colaboración con las publicaciones de la época.
En el Manifiesto de Montecristi, de marzo de 1895, José Martí había insistido en que la guerra apuntaba al gobierno colonial. “La guerra no es contra el español, que, en el seguro de sus hijos y en el acatamiento a la patria que se ganen podrán gozar respetados, y aun amados, de la libertad que sólo arrollará a los que le salgan, imprevisores, al camino”. Y, más adelante: “En el pecho antillano no hay odio; y el cubano saluda en la muerte al español a quien la crueldad del ejercicio forzoso arrancó de su casa y su terruño para venir a asesinar en pechos de hombre la libertad que él mismo ansía”.
Al final, hubo miles de muertos y enormes pérdidas de ambas partes, pero la independencia alcanzada en 1902 no significó distanciamiento. La emigración española continuó, incluso se incrementó, y los cubanos siempre se sintieron unidos a la Madre Patria por lazos de sangre, idioma, espiritualidad y cultura.
Al pasar revista a los nexos de estos escritores con la Cuba de principios del siglo XX, se ponen de relieve —según se trate de uno u otro— el asombro, la devoción, el cariño, la cercanía, la nostalgia, la admiración. En todos, la conciencia de una Historia compartida y de una herencia cultural que, al alimón, España e Hispanoamérica enriquecen.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (1881-1958)
El gran poeta español llegó a Cuba a mediados de 1936, inicio de la Guerra civil española. Venía acompañado de su esposa Zenobia Camprubí. Ambos se codearon con artistas e intelectuales cubanos (José Lezama Lima, Ángel Gaztelu, Dulce María Loynaz, Eugenio Florit, Emilio Ballagas y Gastón Baquero, entre otros).
El escritor andaluz impartió conferencias, intervino en programas de radio, colaboró con publicaciones (Mediodía, Carteles, Revista Cubana, Orto, entre otras) y apadrinó proyectos culturales, como el Festival de la Poesía Cubana (Teatro Campoamor, 1937) del que saldría La poesía cubana en 1936, que él preparó y prologó.
Rememorando estos días, el autor de Platero y yo, escribió:
La Habana está en mi imaginación y mi anhelo andaluces, desde niño. Mucha Habana había en Moguer, en Huelva, en Cádiz, en Sevilla. ¡Cuántas veces, en todas mis vidas, con motivos gratos o lamentables, pacíficos o absurdos, he pensado profundamente en La Habana, en Cuba! Mi nueva visión de La Habana, de la Cuba que he tocado, su existencia vista, quedan ya incorporadas a lo mejor del tesoro de mi memoria.
La estancia en Cuba sirvió al poeta para profundizar en el conocimiento de la vida y obra de José Martí:
Hasta Cuba, no me había dado cuenta exacta de José Martí y por esta Cuba verde, azul y gris, de sol, agua y ciclón, palmera en soledad abierta o en apretado oasis, arena clara, pobres pinillos, llano, viento, manigua, valle, colina, brisa, bahía o monte, tan llenos todos del Martí sucesivo, he encontrado el Martí de los libros suyos, y de los libros sobre él.
El matrimonio dejaría la isla en 1939. Juan Ramón recibió el premio Nobel de Literatura en 1956.
RAMIRO DE MAEZTU (1874- 1936)
Hijo de padre cubano y madre inglesa, el ensayista y periodista tuvo de joven que viajar a la isla debido a la precaria situación familiar. Allí residía su padre, cuyos negocios en Cienfuegos pasaban por un mal momento y finalmente quebraron. El autor trabajó inicialmente en un ingenio azucarero, pero tuvo otras ocupaciones como dependiente, cobrador y lector de tabaquería.
Su estancia, entre 1891 y 1894, le proporcionó un conocimiento de primera mano sobre el tema cubano, sobre el cual escribió numerosos artículos, especialmente durante 1898. Crítico de la política colonial, el autor de la novela La guerra del Transvaal (1901), comparaba la entusiasta despedida de los soldados que marchaban al combate, un año antes, con el triste recibimiento que recibían cuando regresaban:
Cuando el soldado vuelve, la ilusión se desvanece. Regresa el despedido revolcándose en el vientre enorme de un trasatlántico, comido por la fiebre, por la disentería, por la tisis. ¡Es un espectro lo que regresa, no es un cuerpo! “Vienen lívidos, descalzos, desnudos, tiritando de fiebre, maldiciendo…”. Así escribe El Imparcial. Si el general Azcárraga tuviera el don de comprender a su país, leería, en las frentes abatidas, el anatema universal de la nación contra la política guerrera, la que mata y esquilma, y su esperanza en otra política más alegre, menos tétrica, que haga que los soldados regresen a sus casas… ¡enfermos y todo!
MIGUEL DE UNAMUNO (1864-1936)
Escritor y filósofo, y figura cimera de la Generación del 98 y de la literatura española, se manifestó como antimilitarista y anticolonialista, aunque nunca publicó sus ideas. Por eso el autor le confiesa en una carta a un colega: “Aquí hace estragos la imbecilidad ésa de Cuba... ¡Ojalá la perdiéramos! Sería mejor para nosotros y para ellos”.
Sin embargo, el nexo más fuerte entre el autor de Del sentido trágico de la vida (1912) y el país antillano fue su enorme admiración por José Martí, con quien se sintió muy identificado en el orden estético y ético.
Le apasionaron los Versos libres y de ellos dijo que su espíritu “vibraba por la recia sacudida de aquellos ritmos selváticos, de selva brava”. “Esa poesía greñuda, desmelenada, sin afeites —continúa—, nos traía viento libre de selva que barría el vaho cargado de perfumes afeminados, de salón”. Otro tanto ocurrió con el epistolario martiano:
“El estilo es el hombre, se ha dicho, y como Martí era un hombre, todo un hombre, tenía un estilo, todo un estilo. Era un estilista; un escritor correcto, ¡no!”.
Unamuno mantuvo una fluida correspondencia con varios intelectuales cubanos, entre ellos con Fernando Ortiz, etnólogo y antropólogo.
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ (1867-1928)
El afamado escritor y periodista cuenta que desde niño sintió una rara atracción hacia Cuba:
Era para mí el país del azúcar una ciudad encantada, como las de los cuentos infantiles, donde las casas debían ser de caramelo y no había más que agacharse para comer tierra cristalina y dulce. Además, todos volvían de allá trayendo onzas de oro y hablaban de negritos como los que había yo visto danzar, desnudos y graciosos, en las funciones de teatro. Pero la entrada de este paraíso era estrechísima y la guardaban terribles monstruos, siendo el más carnicero de todos: el llamado vómito negro.
Siendo director del diario El Pueblo, de Valencia, pidió la autonomía de Cuba, a fin de evitar las pérdidas humanas entre los jóvenes pobres (los ricos podían evadir la conscripción mediante una fuerte suma de entre 6 y 8 mil reales). En marzo de 1895 el autor de La Barraca (1898) se expresó así:
… ¡Viva la patria! Hace falta carne humana en los hospitales; las fiebres antillanas, el feroz vómito negro están hambrientos de víctimas, y allá va rumbo a las Antillas nuestra juventud robusta, arrancada al trabajo de los campos, a la industria de las ciudades, para caer en manigua o en el lecho caliente y apestado aún por el último moribundo, llamando en vano a la madre separada de ellos por miles de leguas… (…) 100,000 soldados enviados a Cuba sin la preparación necesaria y con el deseo de ocupar de pronto toda la isla, representan más de 20,000 llenando los hospitales a los pocos días, para ir por fin al cementerio…
El artículo, titulado “El rebaño gris” le valió la cárcel, de la que salió luego de pagar una fianza. Una muestra de su particular interés en el tema, sobre el que escribió entre 1894 y 1898, es la recopilación, de más de 300 páginas, bajo el título de Artículos contra la guerra de Cuba (1978).
Blasco Ibáñez visitó la isla en tres oportunidades: dos, muy breves, en 1922; y una, más extensa, en 1923, que recoge en su La vuelta al mundo de un novelista (1924).
El escritor valenciano ya cosechaba una creciente fama y su estancia fue todo un acontecimiento cultural. La Habana lo declara Huésped de Honor y le reserva las mejores habitaciones del Hotel Sevilla.
En su libro de viajes, elogia la cantidad y cantidad de diarios y revistas, los comercios y casinos, las sociedades regionales de españoles, sus quintas y sanatorios, la riqueza y prosperidad de la capital, la arquitectura, inspirada en la española, pero mejorada con las comodidades de Norteamérica. “La Habana es una de las ciudades más higiénicas de la tierra”, apunta. La urbe “sonríe al llegar, sin que pueda decirse con certeza dónde está su sonrisa”. Dicha alegría, observa, “hay que buscarla en el carácter de las gentes; en la franqueza de los cubanos, que algunas veces parece excesiva a los extranjeros; en la belleza de sus mujeres, interesantemente pálidas y con enormes ojos”.
Cuba está presente en su obra. Por ejemplo, el protagonista de Cañas y Barro (1902), Tonet, había prestado servicio en la isla. Su regreso es motivo para referirse al momento histórico:
La guerra había terminado. Los batallones sin armas, con el aspecto triste de los rebaños enfermos, desembarcaban en los puertos. Eran espectros del hambre, fantasmas de la fiebre, amarillos como esos cirios que sólo se ven en las ceremonias fúnebres, con la voluntad de vivir brillando en sus ojos profundos como una estrella en el fondo de un pozo. Todos marchaban a sus casas, incapaces para el trabajo, destinados a morir antes de un año en el seno de las familias, que habían dado un hombre y recibían una sombra.
Vicente Blasco Ibáñez se marchó muy agradecido de la acogida, e impresionado por el cariño de los cubanos.
RAMÓN MARÍA DEL VALLE INCLÁN
El dramaturgo, poeta y novelista estuvo cuatro veces en la isla: dos visitas, en tránsito desde o hacia México en 1892 y 1893, y otras dos en 1921. La primera vez permaneció durante un mes, huésped de una familia cubana, en la provincia de Matanzas (ingenio Santa Gertrudis).
El autor de Sonata de otoño (1902) estremeció la opinión pública con sus opiniones polémicas, ironías y agudezas. Escribe Francisco Ichaso en el Diario de la Marina:
Don Ramón del Valle-Inclán. Hasta nosotros llega su nombre repetido de boca en boca en nuestros cenáculos literarios. Don Ramón del Valle-Inclán, preclaro aristócrata de las letras españolas, es nuestro huésped.
En su periplo por la capital le acompañaron Conrado Massaguer, director de la revista Social, Emilio Roig de Leuchsenring, Federico de Ibarzábal, Félix Lizaso, José Antonio Fernández de Castro, entre otros. Una parada obligada fue el Teatro Alhambra, que ya había publicado un año antes su primer esperpento, Luces de bohemia (1924).
Valle Inclán apoyó las aspiraciones cubanas a la independencia. Su obra lo patentiza: es el caso de Las galas del difunto (1926), donde recoge el enfrentamiento entre españoles y mambises. Uno de los personajes, exsoldado, cuenta su experiencia:
JUANITO VENTOLERA: Allí solamente se busca el gasto de municiones. Es una cochina vergüenza aquella guerra. El soldado, si supiese su obligación y no fuese un paria, debería tirar sobre sus jefes.
LA DAIFA: Todos volvéis con la misma polka, pero ello es que os llevan y os traen como a borregos. Y si fueseis solos a pasar las penalidades, os estaría muy bien puesto. Pero las consecuencias alcanzan a los más inocentes (…). Esta vida en que me ves, se la debo a esa maldita guerra que no sabéis acabar.
JUANITO VENTOLERA: Porque no se quiere. La guerra es un negocio de los galones. El soldado sólo sabe morir.
El protagonista masculino de su cuento La condesa de Cela, Aquiles Calderón, es un habanero que estudiaba en España, pero, luego de abandonar los estudios, vivía de sus artes de seducción. Hay también referencias a Cuba en Divinas palabras y La hija del capitán, entre otras obras.
El profesor y escritor Salvador Bueno (1917-2006) recordaba la reyerta —contada por el escritor gallego— que terminó a golpes y bastonazos entre este y unos manifestantes belicosos que vituperaban contra la intervención de Estados Unidos. Al hablar del tema cubano, Valle Inclán gustaba terminar con esta frase: “la guerra de Cuba la ganamos los cubanos en su patria y yo en las calles de Madrid” (“Las dos visitas de Valle Inclán a Cuba”, revista chilena Atenea, 1957).
CARMEN DE BURGOS (1867-1932)
La primera corresponsal de guerra de España fue, al final de su vida, una ferviente antibelicista. Sin embargo, la escritora andaluza defendía de joven la integridad y gloria del país en las aventuras coloniales. Por ello se refirió a las “traidoras emboscadas” de los ingratos mambises y exaltó la “historia de heroísmo” de los españoles:
¡Dichosos ellos! que al sacrificar su vida en aras de su amor patrio pueden hacerse un sudario de nuestra gloriosa bandera y recibir las bendiciones de la posteridad!
Su cuento, El repatriado, publicado a fines de 1898, muestra las terribles condiciones en que los soldados regresaban de Cuba tras el fin de las hostilidades: heridos, enfermos, deteriorados y librados a su suerte. Su novela En la guerra (1918), que aborda la contienda en Melilla de 1909, en el norte de África, contiene alusiones al conflicto en la isla.
En 1925 la autora de La malcasada (1923) visitó México y Cuba para impartir conferencias en universidades y otras instituciones. Muchos cubanos conocían su obra, así que su llegada tuvo amplia cobertura. Colombine (uno de sus seudónimos) recorrió la capital y recibió un homenaje en el Teatro Nacional. Durante su visita contactó con intelectuales españoles residentes.
En octubre de 1931 el Diario de la Marina publicó la noticia de la concesión del voto a las mujeres españolas. La acompañaba una fotografía de un grupo de feministas, entre ellas, Carmen de Burgos, pionera en la lucha por el sufragio femenino.
EMILIA PARDO BAZÁN (1851- 1921)
La versátil escritora y periodista defendió, con vehemencia y ardor patriótico, la guerra contra los independentistas cubanos. Lo consideraba un deber impostergable en aras de defender la unidad del país: “no es lícito decir ‘Cuba es de España’ sino ‘Cuba es España”.
En plena conmoción de la derrota de 1898 recriminaba a los mambises que “con tal rabia y tal saña han maldecido de nuestro nombre y de nuestra dominación, a pesar de llevar en las venas nuestra sangre y en el abolengo nuestros apellidos peninsulares”. Años después comienza en la escritora un proceso de reflexión que cuestiona el colonialismo hispano en América, lo califica de nocivo y le responsabiliza de los males del país.
Cuba está presente en la narrativa de Pardo Bazán. En la novela La Tribuna (1882) se recrea el ambiente laboral de una fábrica de tabaco. La protagonista es, precisamente, una lectora —de ahí el título de “tribuna”—, práctica netamente cubana que se introdujo brevemente en España. Su padre, Rosendo, había servido en la isla en el ejército español. En la ciudad gallega, era usual mencionar a la capital cubana, al igual que a las “habaneras”, que traían y llevaban los marineros y eran muy escuchadas.
Más revelador de la visión de la escritora gallega es el cuento breve Episodio (1896), referido al trágico final de una pareja de recién casados:
En la isla cunde la guerra; no se oye hablar más que de devastaciones, escaramuzas, de epidemias, de sangre vertida, de crímenes y venganzas de incendios y macheteos; pero los recién casados se olvidan de todo y viven para sí mismos, absortos en una dicha tan grande que no da lugar a la conciencia del peligro.
Al final una partida mambisa irrumpe, “ya han saltado la tapia algunos negros machete en puño”, la pareja termina asesinada y la vivienda saqueada e incendiada.
Aunque nunca visitó la isla, la autora de Los Pazos de Ulloa (1886) era bien conocida por su columna “Cartas de la Condesa”, que publicó el Diario de la Marina desde 1909 hasta 1921, centrada en sucesos de Europa y España de interés para la colonia española. En ocasiones, la sección “Modas, literatura, arte” recogió sus cuentos y crónicas.
PÍO BAROJA y NESSI (1872-1956)
Pío Baroja nunca puso un pie en la isla. Con todo, en su obra hallamos parte del rechazo que, entre los grupos socialistas y anarquistas, provocaba la guerra de Cuba. En Aurora Roja (1910) puede leerse:
“En todas partes se daban mítines de propaganda, se hacían bautizos anarquistas, matrimonios anarquistas, se mandaban proclamas a los soldados para que se indisciplinaran y no fueran a Cuba, y gritábamos en los teatros: ¡Muera España! ¡Viva Cuba libre! (…) ¡Vaya un reinado! Miles de hombres muertos en Cuba, miles de hombres muertos en Filipinas, hombres atormentados en Montjuich, inocentes como Rizal fusilados, el pueblo muriéndose de hambre. Por todas partes sangre... miseria... ¡Vaya un reinado!”
El desarrollo de los acontecimientos, que llevó a la participación estadounidense, despertó en muchos españoles un ansia belicosa y un alarde patriótico, propugnados por la propaganda gubernamental y la prensa. Cobró actualidad la frase de Antonio Cánovas del Castillo, primer ministro: “¡No nos iremos nunca de Cuba, lucharemos hasta el último hombre y hasta la última peseta!”.
Andrés, el protagonista de El árbol de la ciencia (1911), fustiga la postura del gobierno, de la prensa y, en general, de los españoles ante la guerra. Así el autor vasco recoge la atmósfera de histeria xenófoba de 1898:
Los periódicos no decían más que necedades y bravuconadas: los yanquis no estaban preparados para la guerra; no tenían ni uniformes para sus soldados (…); los yanquis, que eran todos vendedores de tocino, al ver a los primeros soldados españoles dejarían las armas y echarían a correr …
Consumada la derrota, Baroja retrata la indiferencia de la gente:
… después del desastre de las dos pequeñas escuadras españolas en Cuba y Filipinas, todo el mundo iba al teatro y a los toros tan tranquilo; aquellas manifestaciones y gritos habían sido espuma, humo de paja, nada.
La regeneración de España —objetivo de la Generación del 98— suponía una crítica a fondo de la sociedad y la historia:
España ha sido durante siglos un árbol frondoso, de ramas tan fuertes, tan lozanas, que quitaban toda la savia al tronco. EI sol no se ponía en nuestros dominios; pero mientras en América iluminaba ciudades y puertos y monumentos construidos por los españoles, en España no alumbraba más que campos abandonados, pueblos sin vida, ruina y desolación por todas partes.
JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ -AZORÍN (1873-1967)
Azorín es una de las principales figuras de la literatura española. Sobre la guerra de Cuba escribió unos pocos artículos, criticando la política colonial. En uno de ellos presagiaba el desastre del 98:
Lo que se ha elaborado en el insondable Infinito, comienza a manifestarse y no sabemos todavía lo que es. Se lee una noticia vaga, entre dos sorbos de café, y se vuelve a dejar el periódico con indiferencia, en el blanco mármol. No ocurre todavía nada. Pero la tragedia está en el aire. Pronto el trajín afanoso en los puertos, las despedidas animosas en las ciudades, los transatlánticos que parten henchidos de soldados. La tragedia avanza. Luz misteriosa va a iluminar estos años de nuestra historia. Toda España se conmueve. Lejanía remota presta tintes de romanticismo a la gesta. Un romanticismo mezclado a la más dolorosa realidad. Y los soldados inválidos, enfermos, escuálidos, con el semblante pálido y macilento, que van volviendo.
Años después, la firma de Azorín aparecía en un sinnúmero de publicaciones latinoamericanas, entre ellas, el Diario de la Marina. El rotativo cubano le solicitó en 1913 una serie de colaboraciones.
Salvo Francia, donde residió, el escritor valenciano nunca viajó al extranjero. Tal vez ello explique que no haya visitado el Caribe. Su interés por la problemática social y el recuerdo de 1898 nunca le abandonaron. He aquí un testimonio de 1934:
Estos días ando leyendo todo lo referente a la pérdida de Cuba y Filipinas. Y veo con dolor, pero sin sorpresa, que hay ahora en nuestra política la misma negligencia y la misma ceguera, la misma inmoralidad. El resultado será un tremendo desastre.
JACINTO BENAVENTE (1866-1954)
El prolífico dramaturgo y director, premio Nobel de Literatura, llegó a Cuba en diciembre de 1922. Sus obras eran aclamadas en el país, por lo cual los habaneros lo recibieron con extraordinario entusiasmo, que la prensa calificó de “homenaje de admiración y simpatía”.
El Diario de la Marina comentaba:
Con la llegada de Jacinto Benavente a La Habana, puede decirse que entra por nuestras puertas todo el prestigio y significación del teatro español contemporáneo.
El autor de Los intereses creados (1907) recorrió la ciudad y, además, visitó Cárdenas y Cienfuegos. En todos los sitios fue recibido con inmenso fervor; aplausos, brindis y prensa abundaron. Tan grata fue esa primera estancia, que unas semanas después ya el escritor estaba de vuelta.
Esta vez se le declaró Huésped de Honor de La Habana y recibió un obsequio que le complació muchísimo: una colección 100 tabacos selectos, regalo de la directiva del Club Rotario.
Mucho tiempo después, el escritor madrileño rememoraba sus días en la isla:
Yo no he conocido país del mundo en donde la gente sea tan efusiva, tan cordial, tan generosa de sus bienes y de su espíritu, como la de Cuba. De cualquier tierra, por agradable que sean nuestros recuerdos, siempre hay algo malo, que basta para destruir los mejores. De Cuba yo no puedo recordar nada triste, ni enfadoso, ni desagradable; todo era simpatía, agrado, cordialidad por parte de todos, sin distinción de clases ni de personas, altas o bajas, blancas o de algún color. Era la alegría de vivir en toda su plenitud. Si días felices ha habido en mi existencia, ninguno como los pasados en la isla de Cuba.
¿Interesado en la vida y obra de los miembros de la Generación del 98? Un Taller de Lectura comenzará en Miami el próximo 4 de septiembre, patrocinado por la Sala Catarsis.
TALLER DE LECTURA: LA GENERACIÓN DEL 98: NARRATIVA Y TEATRO
Desde el 4 de septiembre al 27 de noviembre del 2024 (12 sesiones). Miércoles, de 6 a 8 pm. en la Sala Catarsis (3715 SW 8th St., Coral Gables, Florida 33134).
Para matricularse: pulse https://ci.ovationtix.com/36022/production/1211838 o llame al (305) 443-1009.
Se pasará revista a la vida y obra de Miguel de Unamuno (1864-1936), Ramón M. del Valle Inclán (1866-1936), Jacinto Benavente (1866-1954), Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), Pío Baroja (1872-1956), José Martínez Ruiz -Azorín (1873-1967), Ramiro de Maeztu (1874- 1936) y Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Así también lo haremos con escritoras injustamente olvidadas: Emilia Pardo Bazán (1851-1921), María Legájarra (1874-1974), Carmen de Burgos (1867-1932) y Concha Espina (1869-1955).
Instructor: Dr. Emilio J. Sánchez ([email protected])