sábado 21  de  febrero 2026
Brigada 2506

"No tengan miedo, el momento de Cuba va a llegar"

Armando J. Bolet no tiene heridas físicas de aquella invasión en 1961, sí emocionales. A pesar del odio, y por sus principios católicos, "perdoné a todo el mundo, pero no olvidé"
Diario las Américas | GRETHEL DELGADO
Por GRETHEL DELGADO

Entre el 15 y el 19 de abril de 1961, casi 1300 cubanos exiliados en Estados Unidos, agrupados en la Brigada de Asalto 2506, entraron a Cuba por Playa Girón, en Bahía de Cochinos, al sur de la provincia Matanzas, con el objetivo de derrocar al incipiente régimen de Fidel Castro.

Allí estaba Armando J. Bolet, quien a sus 78 años recuerda con total claridad aquellos días. Pero, sobre todo, rememora su niñez, las calles de La Habana, y el camino que le hizo realizarse como un hombre libre fuera de la isla.

“Mi casa quedaba entre 5ta y 3ra, en Miramar. En esa calle vivían los padres de Armando Alejandre, [uno de los integrantes] de los Hermanos al Rescate, el doctor Mendiola, Humbertico Cortina, Rey Fernández Mendoza, Calixto Barraqué, ahí vivía Raúl Roa. Ese era mi barrio. De ahí me fui”, relata Bolet, que pasó por “el kindergarten de La Salle, de la calle 20”, y luego por los colegios La Salle de Miramar y del Vedado.

Su padre era el director de la Orquesta Sinfónica de La Habana. “Era un hombre extremadamente brillante”, recalca. “Mi tío, Jorge Bolet, era un gran pianista. No nos considerábamos mejores que nadie, pero teníamos educación. A mi papá lo perseguían porque era un intelectual, lo consideraban un lumpen del imperialismo”.

Y es que, como declara, “los amigos de mis padres decían ‘hay que irse’. Aunque no estaba declarado oficialmente, se sabía que era un gobierno comunista. A nosotros nos quitaron todo”.

“Fui sacado del colegio en tercer año de bachillerato, tenía 16 años. Llegué al exilio el 3 de enero de 1959. Había gente que tenía brazaletes del 26 de julio por las calles de Miami. Eso desapareció. Después de tres meses ya la gente sabía cómo eran las cosas. Nosotros pensamos que íbamos a volver a Cuba enseguida. Pero mentira”, dice Armando con cierta amargura.

Poco después, “la cosa en el exilio empezó a hervir. Había que ir para Cuba, recobrar lo perdido. Los jóvenes sabíamos que teníamos que ir. No éramos políticos, queríamos volver a Cuba, y yo quería volver a mi clase. Fuimos a recuperar el país que teníamos”.

Armando aprendió a pilotar aviones desde muy joven. A los 16 años “ya tenía como dos mil horas de vuelo”. Cuando llegó a los campamentos de entrenamiento de la CIA para la invasión, “Villafaña, que era el jefe de la aviación, me dijo que debía tener 18 años para volar. Entonces me metieron a paracaidista, que es lo más cerca de estar en el aire”.

Bolet hace una pausa para ordenar sus pensamientos, mientras observa algunos de los rostros que se exhiben en el Museo de la Brigada, los retratos de los caídos en combate. “Imagínate. Yo no puedo ver las fotos esas. Mira, este era el jefe de mi batallón, Alejandro del Valle”.

“Estábamos desesperados por llegar a Cuba”, prosigue en su relato. “No nos pasaba por la mente que íbamos a perder. Los americanos que nos entrenaban decían ‘Johnny never loses’. Johnny era John Wayne. Y es verdad, Wayne no pierde nunca. Esa fue la mentalidad que nos transmitieron”.

En la puerta del avión, antes de lanzarse con paracaídas, alrededor de las 6 de la mañana, estaba a punto de cumplir una deuda con su patria. “Estuvimos en el aire como seis segundos. Mataron a dos en el aire”, lamenta. “El avión nos tiró encima de San Blas y caímos en la aldea. Ocupamos la aldea enseguida”.

“El segundo día llegó un jeep con unos milicianos que venían a entregarse con una bandera blanca. Uno nos preguntó ‘¿cuántos son ustedes?’ Le dijimos, ‘nosotros somos 30’. Y el tipo dijo: ‘ustedes están locos, lo que viene por ahí son miles de personas’. Cogimos la bandera blanca y nos la llevamos para Girón. A ese tipo después lo fusilaron.

“A Alberto, mi hermano, y a mí, nos agarraron durmiendo en una guardarraya de caña el 30 de abril. Le dije al tipo que nos cogió, ‘bueno, antes de que nos fusiles, danos un pan con guayaba’. El tipo dijo ‘no te vamos a fusilar. Ustedes van para La Habana’. Ellos decían ‘estos son todos muchachos jóvenes, no son soldados’. Mi hermano tenía 19, y yo 17. Éramos dos ‘pelados’”, narra Bolet.

Una vez en Estados Unidos, trabajó en Nueva York hasta que sacó su licencia de vuelo. “Me dieron la oportunidad de poder trabajar en Airlift, una compañía de carga. Gracias a Dios, ahí empecé mi carrera”.

Ahora, abrigado por la amistad de exbrigadistas, familia y amigos, Armando disfruta al recordar su juventud. “Hablamos de las cosas que ya no existen en Cuba, como la vida social. Esa descendencia de España conllevaba ciertos principios de educación. Era nuestro legado, el amor a Cuba. Lo que nos enseñaron en el colegio los hermanos de La Salle era ‘Dios, Patria y Libertad’. Sabemos que en este exilio nunca va a haber la juventud que nosotros tuvimos. Eso se perdió”.

Si tuviera la oportunidad de hablarle a la Cuba de hoy, Armando les diría que “nunca nos dieron un centavo, nunca fuimos mercenarios, todos éramos voluntarios, la gente joven que estaba en el exilio en el año 61. Eso fue cosa de Fidel Castro, un mentiroso”.

No ha regresado a Cuba, al menos por su propia voluntad. “¿A hacer qué?”, dice, rotundamente, antes de contar el extraño episodio de un secuestro que le llevó a la isla. “Vivía en Puerto Rico, año 71, 72. Unos amigos habíamos ido a Nueva York a ver un juego de hockey, un juego de pelota y un juego de fútbol”, cuenta con un esbozo de sonrisa.

Pero en el avión de regreso de Nueva York a Puerto Rico, “un chiquito con un lapicero bajo el pulóver cogió a la azafata y le dijo ‘llama al capitán y dile que vamos para Cuba, si no, te mato’. Entró un miliciano a la cabina y dijo ‘¡de pie, todo el mundo para afuera!’ A los cubanos nos llevaron para el Hotel Deauville”.

En la habitación del hotel, recibió la visita de “Hurtado, el jefe de la prisión del Castillo del Príncipe, donde yo había estado preso. ‘A mí me secuestraron’, le dije, ‘no vengo a pelear con nadie’. Me dijo ‘sabemos dónde estás y lo que estás haciendo’. Sacó fotografías de mi tío en Puerto Rico. Cosas que me hacen preguntarme, ¿y aquí qué? El exilio está lleno de espías por todos lados. Si ellos sabían eso en el año setenta y pico, imagínate lo que saben ahora. La infiltración en este país es muy grande”.

A los cubanos en la isla, Armando aconseja “que no tengan miedo. Creo que el momento de Cuba va a llegar, eso va a explotar por algún lado”.

¿Alguna herida de guerra? “Física, ninguna. Emocional, sí. Tuve mucho odio en contra de esta gente. Por mi religión, como soy católico, tengo que perdonar”. ¿Los perdonó? “Yo perdoné a todo el mundo, pero no olvidé”.

¿Lo haría otra vez? “Ahora mismo. Yo me monto en cualquier avión y voy para allá”.

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