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MIAMI.- “Nuestra organización fue fundada por afroamericanos y judíos. Siempre ha habido un cruce cultural para luchar por la justicia social y contra el prejuicio racial”, explica Ruban Roberts, presidente de la NAACP en Miami-Dade (Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color), la más antigua de su tipo en Estados Unidos.

Roberts es originario de Bahamas, pero se crio en Miami, exactamente en el área que hoy se llama La Pequeña Haití. Cuando tenía alrededor de diez años, vio por la televisión el éxodo de los “marielitos”, cubanos que llegaban por miles a Miami, procedentes del puerto de Mariel, localizado a 25 millas al oeste de La Habana, en la provincia de Artemisa.

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“Eran muchos cubanos afrodescendientes”, recuerda. “No podía creer que hubiera una población tan grande de negros en esa isla. No lo sabía. Y cuando crecí tuve amigos [cubanos] que se consideraban blancos, pero si hubiera ido a las casas de sus abuelos o tíos, habrían lucido como yo”.

El presidente de la NAACP subraya que la comunidad negra y la hispana están “inextricablemente relacionadas”. A su manera de ver, son lo mismo, “sólo que venimos de distintos lugares”. Por lo tanto, en la medida que el Gran Miami crezca y fortalezca su imagen de ciudad de primera clase, “necesitamos enfrentar esas divisiones raciales”.

Desde su punto de vista, dichas divisiones no son sólo un asunto de percepción, sino el resultado de cómo un sector minoritario de la sociedad, con poder económico, “generaliza”. “Dicen que todos los latinos son pandilleros de la mara salva trucha, violadores”.

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Y también como existe la imagen de que es la comunidad afroamericana la que parece vivir, casi a perpetuidad, de los beneficios sociales del Gobierno. “Las cifras dicen otras cosa”, explica Roberts.

Cita el hecho de que, en Miami, hay más hispanos, que afroamericanos, que reciben asistencia para vivienda pública y cupones de alimentos. “Pero a los hispanos no se les puede decir eso, porque la sociedad nos ha puesto en un lugar en el que se necesita que los dos grupos sean adversarios”, recalca.

El activista es enfático en afirmar que las dos comunidades tienen mucho más en común de lo que parece, y, precisamente, uno de los malentendidos es pensar que “somos muy diferentes, y es ahí cuando se da la polarización”.

“No necesitamos estar enfrentados porque vivimos los mismos problemas”, resalta Roberts. “Necesitamos unirnos y asumirlos. No hay ningún lugar en el mundo donde cualquiera de nosotros se quede sentado, indiferente, cuando ve cómo se tratan a los inmigrantes y se separan a las familias”, añade.

¿Ustedes han experimentado algún cambio entre el gobierno pasado (Obama) y el actual en términos de racismo o de otros temas?

No sé cómo se podría cuantificar. El racismo es algo que existe, está en la base de lo que pasa en este país. En este momento estamos viendo no sólo racismo sino lo que está pasando con esas familias que vienen a este país y han sido divididas, los jóvenes recluidos en esos centros. Una de las imágenes más deprimentes es ver a jóvenes hispanos envueltos en sábanas de aluminio. No creo que nadie deba ser tratado de esa manera. No creo que así sea Estados Unidos, es inhumano, y al respecto sin duda alzamos nuestra voz.

Miami en los cincuenta y sesenta fue, de alguna manera, parte del “sur”, como Georgia o Alabama, es decir, una ciudad segregada. ¿Cree que en estos momentos hay ecos de esa era, en diferentes maneras, para afroamericanos e hispanos, o cree que es ya algo del pasado?

No creo que Miami haya sido en algún momento parte del “sur”. Si va al norte de Orlando, por el corredor de la autopista I-4, ahí es donde va entrar en el verdadero sur. Nosotros siempre hemos tenido la influencia del caribe, yo soy originario de las Bahamas, los bahameses han venido a lo largo de los años a estas tierras. Somos parte de la constitución de la ciudad. En Coconut Grove y West Grove, se ve esa herencia. Había prejuicios raciales, discriminación, pero no los mismos con los que había que lidiar en el Panhandle. Las condiciones eran más duras en Georgia o Alabama. No quiero decir que no se vivieran aquí, pero no eran al mismo nivel. Lo que tenemos que superar son las divisiones raciales entre nuestros grupos.

¿Qué oportunidades y retos ven ustedes en su trabajo cotidiano aquí en el sur de la Florida?

Cualquiera que tenga una queja ya sea que siente que le violaron sus derechos, sin importa su color de la piel o su origen, puede llamar a la NAACP, al número telefónico 1-877-NAACP09. Recibimos dichas quejas, hacemos seguimiento de los casos y actuamos a nombre de cualquier persona, eso es lo que hacemos. Son denuncias relacionadas con el sitio de trabajo, con la manera cómo actúa la policía y otras entidades que pueden estar comprometidas, defendemos un trato igualitario de la justicia para todo el mundo, también el desarrollo económico, la justicia social, el acceso a la salud. Hay disparidades en todos esos aspectos. Lo que nosotros hacemos es crear conciencia sobre esos problemas, y defender a esas personas que no tienen acceso a la vivienda, uno de los grandes problemas que tenemos, es decir, la gente que trabaja en Miami pero no tiene los recursos suficientes para vivir en la ciudad.

¿Cómo ven ustedes el problema de la violencia armada en ciertas zonas del condado Miami-Dade?

El primer factor en situaciones de violencia, es la familia. Si alguien debe trabajar en tres puestos, tiene hijos entre los 11, 12 y 15 años, es muy difícil que pueda cumplir sus tareas de ser padre, y sus ingresos solo le permitirán vivir en vecindarios afectados por altas tasas de inseguridad. Hay una gran probabilidad de que sus hijos estén influidos por ese ambiente, porque además el padre o la madre no van a poder estar pendientes de ellos todo el tiempo, porque están en el trabajo. Lo importante es que las personas puedan tener un ingreso que les permitan sostener a sus familias, poder estar en la casa para criar a los hijos, y no tener que trabajar 12 horas o más al día.

 

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