MIAMI.- Hace 20 años Calle Ocho vivió un auténtico apogeo artístico que revivió la popular arteria miamense. Hoy, desolada por la pandemia de coronavirus, la calle más emblemática de Miami guarda en sus entrañas a pintores como Luis Molina que prefieren refugiarse tras las paredes para no ver la realidad que golpea a la ciudad.

Parapetado en su pequeño estudio, en la parte posterior de MolinaArtGallery, el pintor se mantiene alejado del “desastre”, como él mismo califica, que significa ver la calle miamense “desierta”.

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“No he dejado de pintar. Nunca he dejado de pintar, suceda lo que suceda a mí alrededor”, declaró Molina a DIARIO LAS AMÉRICAS, mientras pincelaba una de sus nuevas creaciones: un guajiro cubano que lleva los ojos en transparencia por sello característico de autor.

“No voy ni a la puerta”, subrayó. “Hace un mes que no salgo a la acera. Incluso antes de que decretaran el cierre ya evitaba salir. Ni una ventanita para tomar café. Yo ya no soy tan joven y padezco de asma, así que tengo que cuidarme. Tanto encierro molesta pero más me molesta ver la calle vacía, tan triste, todos los locales cerrados”.

De hecho, Calle Ocho es el lugar más concurrido por turistas y público en general en Miami. Por allí transitan Pepe el loco y diez Pepe más con sus historias a cuestas. Es la calle más popular, costumbrista por excelencia, adonde escritores y pintores van en busca de personajes alegóricos.

Incluso cuenta con actividades públicas culturales que atraen más personas, seguidores de la música, las artes plásticas y la artesanía. Pero todo eso ha quedado atrás, al menos por el momento.

Durante el último mes el flujo de peatones ha sido prácticamente nulo, cercano a cero, producto de la crisis sanitaria y las órdenes de cierre para locales comerciales. Ni tan siquiera la ventanita de café de El Pub está abierta. Tampoco el mostrador de Esquina de la fama ni la frutería Los Pinareños en la esquina de la avenida 13.

“El golpe económico es duro. Un mes sin clientes. Salvo un par de cuadros que vendí a una coleccionista en New Jersey por teléfono”, señaló Molina.

Pero el artista entiende que “es necesario cerrar lugares” para parar la propagación del virus “y evitar muertes”. Luego veremos cómo nos recuperamos. Mientras haya vida todo se puede”, subrayó.

Entorno

La soledad afecta los ánimos a cualquiera. Sobre todo la sensibilidad creativa del pintor, que sufre más que cualquier otra persona los cambios del entorno y puede afectar negativamente el ánimo y las emociones, y por ende la creación artística.

En el caso de Molina, un pintor figurativo que aplica en sus cuadros una gran dosis de colores y brillantez, el refugio podría significarle la supervivencia.

“Cuento con un mecanismo autodefensivo, que traigo conmigo desde Cuba, que me permite encerrarme en una especie de burbuja y mantenerme ajeno a la negatividad que pudiera rodearme”, argumentó Molina.

En este caso, “con tanta desolación allá afuera, me encierro aún más en la burbuja, aquí en mi estudio, en la parte de atrás de la galería, desde no veo ni la calle ni la luz”, recalcó.

“Si salgo afuera. Si me paro en la terraza y miro la calle desolada, me afecta mucho. Es lo más triste del mundo”, acentuó.

Luego reflexionó: “Hay diferencia entre ser pintor y ser pintor creativo. Y cuando pinto voy creando la idea y enriqueciendo la idea poco a poco. Y para poder hacer eso hay que tener la mente libre. No puede estar bloqueada por problemas o situaciones desagradables. Y la desolación de la calle es definitivamente una situación desagradable que no quiero ver”.

Bagaje

Graduado de la escuela San Alejandro en La Habana, en 1972, Molina creció en una casa frente a la iglesia Nuestra Señora del Pilar y desde temprana edad percibió vocación por la pintura religiosa.

“Luego trabajé en un taller de cerámica y pintura, donde muchos eran santeros. Así que la influencia religiosa fue grande en mí”, indicó.

Molina llegó a Estados Unidos en 1980. “Tenía tantos deseos de salir de Cuba”, después 20 años esperando por un pasaporte, “que cuando llegué aquí sentí tanta ansiedad de trabajar, de crear, de poder pintar lo que yo quería”.

Luego de una temporada en Nueva York, donde tuvo su espacio y asegura que pintó lo que quería, vino a Miami en busca de la luz que solo el Trópico es capaz de dar.

En Calle Ocho habilitó su estudio y galería expositora hace 18 años, y ha sido testigo “desde cuando venía poca gente y muchos negocios estaban a punto de quebrar hasta el bum económico cultural” que condujo a la apertura de la arteria miamense hacia la ciudad y el mundo.

Entretanto, Mario, su compañero de luchas, ha lidiado con “los números y los clientes”.

Hoy Molina continúa con agregando cuadros a sus conjuntos de guajiros, imágenes religiosas y motivos afrocubanos.

“Ahora trabajo en una nueva serie, le llaman la mano turca”, o Jamsah en hebreo, también conocida como mano de Fátima, tan popular en los países del Oriente Medio.

Y la ha cubanizado “coloco en los dedos flores de mariposa, palma real, girasoles y peces, y al final le añado ojos en transparencia como sello presente en mi obra”.

Preocupado por los días que están por venir, el duro golpe a la economía de los pequeños negocios, Molina se muestra esperanzado: “Saldremos de esto y Calle Ocho volverá a ser lo que fue. De eso y más estoy muy seguro”.

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