sábado 24  de  enero 2026
ENTREVISTA EXCLUSIVA

Sacerdote Castor José: "En Cuba no tenemos paz, aunque no haya balas"

El padre Castor José reflexiona sobre la actualidad en Cuba de frente a las vicisitudes cotidianas y la desesperanza que aflige a la población

Diario las Américas | CARLOS ARMANDO CABRERA
Por CARLOS ARMANDO CABRERA

MIAMI.- En Cuba, la desesperanza es sinónimo de cansancio. No siempre se grita, a veces se aprende a estar en silencio con apagones, colas, la medicina que no aparece para curar a un enfermo y muere, con el plato vacío. En medio de ese desgaste cotidiano,“una crisis sanitaria, una crisis humana”, el padre Castor José, sacerdote camagüeyano, y una de las voces más contestarias dentro del país, insiste en un principio que repite como columna vertebral de su mensaje: “no basta con predicar desde el templo si el país se desmorona a las puertas de la iglesia.”

En su visita reciente a Miami, en entrevista exclusiva con DIARIO LAS AMÉRICAS, explicó por qué decidió hablar sin eufemismos, aun pagando altos costos personales, y cómo entiende hoy la misión de la Iglesia en una nación donde “mucha gente está desanimada” y se pregunta con una mezcla de fe y urgencia si “Jesucristo tiene algo para Cuba”.

Espiritualidad frente al colapso

El líder religioso describe su ministerio como una combinación de caridad concreta y acompañamiento espiritual. Habla de llevar alimento a quienes viven en las calles, de sostener al enfermo y al deprimido, de escuchar al que ya no encuentra salida. Pero también reconoce que, en la Cuba actual, el párroco termina inevitablemente ante el conflicto público, no para militar en una bandera, sino para poner luz donde, afirma, se ha normalizado la oscuridad.

“Dios me llamaba a ser luz del mundo, sal de la tierra también en lo social”, refiere. Y lanza preguntas que, por su sencillez, resultan demoledoras: “¿Por qué hay marabú en Cuba y no comida en la mesa? ¿Por qué no hay pescado sí estamos rodeados de mar?”

Desde su perspectiva, el centro del problema no es solo económico: es moral, institucional y humano. “Nos ha faltado amor”, repite. Y desde ahí enlaza una idea clave para su argumentación: “la paz no se reduce a la ausencia de disparos.”

El sacerdote cita un criterio atribuido al papa Juan XXIII: “si faltan condiciones básicas, no hay paz aunque no haya balas.” Para él, esas condiciones son cuatro.

“Si no hay libertad, verdad, justicia y caridad aunque no haya tiros, no hay paz”.

El avance y el retroceso

Cuando se le pregunta por libertad y justicia, sostiene que Cuba ha caminado de manera incompleta desde inicios de los años noventa. Pone ejemplos: el mercado informal (“las candongas”), el cuentapropismo y, más recientemente, las MIPYMES. No lo presenta como victoria, sino como síntoma: “una sociedad que se busca la vida en paralelo porque dejó de esperar una solución desde arriba.”

Aun así, subraya que la libertad real no puede quedarse a medias: “hacen falta las grandes empresas, la libertad completa económica y una libertad plena institucional”. En lo demográfico, recuerda un dato que retrata el tamaño del desangramiento: “Cuba cerró 2024 con 9,748,007 habitantes, según cifras oficiales de la Oficina Nacional de Estadística e Información del país.”

En cuanto a justicia, dice percibir un cambio en la conversación callejera: “la gente está hablando la verdad, reclamando equidad”. Menciona el 11 de julio de 2021 como un punto de quiebre emocional y cívico, y lo resume así: “la justicia está caminando en las mentes y en los corazones”.

Venezuela como espejo

El clérigo interpreta el impacto simbólico que ha tenido en la mayoría de los cubanos la captura en Caracas de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores por fuerzas estadounidenses el 3 de enero de 2026, un hecho que elevó la tensión geopolítica en la región y reconfiguró el tablero venezolano, según reportes internacionales.

La reacción popular, dice, “fue una mezcla de alivio y prudencia. la gente se sonreía”, pero con el instinto de quien ha sido golpeado demasiadas veces añade: “en Cuba hasta que tú no tienes eso en la mano, tú no dices ‘lo tengo’”.

Sobre el suceso describe además: “fue un momento de iluminación de la verdad que humilló al gobierno cubano, y que hay veces todos tenemos que pasar por la humillación para poder salir del orgullo. Entonces, yo creo que nuestro pueblo ha tenido un orgullo que hizo que entrara el comunismo, y estamos comiendo tierra, pero ahora les tocó a ellos. O sea, yo pienso que lo que pasó fue que el gobierno norteamericano quitó al gobierno cubano el mando de Venezuela. Entonces, el gobierno cubano se ha visto sorprendido, vamos a decir, declarado, lo que decía que no era, pues fue comprendido por muchas otras personas en el mundo al ver que ahí estaban dominando la cabeza de Venezuela, y si tú dominas la cabeza, dominas el cuerpo. El pueblo cubano en este momento tiene una esperanza de que se le quite el mando de la nación a quienes la dirigen.”

Ese es, a su juicio, el drama más profundo, la esperanza erosionada. Por eso insiste en que su misión es sembrarla incluso cuando el ambiente social ya no cree en promesas.

Trump y el horizonte cauteloso de un pueblo agotado

Al preguntarle si los cubanos de a pie ven en el presidente Donald Trump a una figura capaz de encarnar sus aspiraciones de libertad tras los acontecimientos recientes en la capital venezolana, respondió con cautela, subrayando el profundo desgaste emocional de una población golpeada por décadas de frustración y promesas incumplidas.

“Cuando entras a las redes y ves a personas colocando el mapa de Cuba y diciéndole a Trump ‘mira para Cuba’, eso expresa un deseo real: que el gobierno estadounidense, y en particular Donald Trump junto al secretario de Estado Marco Rubio, puedan ayudar al pueblo frente a un poder que, aunque formado por un grupo de cubanos, mantiene amordazada a la mayoría. Nosotros deseamos lo mejor para todos los cubanos, incluso para quienes gobiernan, pero no se puede negar que existe injusticia y abuso. Es como cuando en una beca hay alguien abusando de los demás: no se trata de hacerle daño, sino de decirle ‘ya basta’. Por eso muchos ven hoy una esperanza en la actual administración de la Casa Blanca y sobre todo en Donald Trump, porque no solo habla, sino que actúa. Yo estuve en la calle después del 11 de julio y la gente decía que Estados Unidos no había apoyado al pueblo cubano. Hoy la percepción es distinta. Aun así, es una esperanza contenida, un pueblo que ha sufrido tanto que le cuesta creer en un cambio. Muchos piensan que no va a pasar nada, pero, pese a todo, yo creo que sí hay esperanza.”

¿Cambio desde abajo?

Ante la interrogante sobre si el cambio debe depender de una acción interna, el pueblo “tomando la justicia por sus manos”, el líder religioso se aparta de cualquier salida violenta. Recuerda la represión del 11J y afirma que el enfrentamiento directo “desde abajo” contra una estructura de control (prisiones, fuerzas de seguridad, aparato político) es incierto y costoso.

Su diagnóstico es duro, el poder trabaja, sobre todo, en un blindaje interno. Menciona purgas y procesos como mensajes disciplinarios para que “nadie saque el pie” y los califica como “una estructura de maldad en la que sus integrantes se ven esclavos, y quizá ellos mismos temen que sus vidas estén en riesgo si se salen.”

Sobre eso ejemplifica, “cuando procesaron a Alejandro Gil (exministro), yo le decía a los colegas míos que eso era un mensaje para los del partido y la gente del aparato, decir, el que saque el pie se lo vamos a arrancar, y un mensaje para Venezuela, para decirle a la gente que podía delatar a Maduro, yo tengo la seguridad allí vigilándolos a ustedes. El proceso contra Gil en este momento, un momento de apagones, un momento de decirle al pueblo, te vamos a ayudar por el huracán Melissa, no lo hicieron, ¿Por qué? Porque es muy importante para ellos la cohesión interna. Ellos están trabajando mucho en la cohesión interna, y yo no sé si alguien se atreva dentro de todo eso a hacer algo sin un apoyo de otro poder que sea equivalente a los que gobiernan en Cuba, ¿comprendes? Y por eso muchas veces nos hace falta una manito, un empujoncito, una ayudita, hombre, como dicen los mexicanos.

Y refiere una idea que atraviesa toda la conversación, “la gente cambia primero cuando aprende a vivir sin el gobierno en su vida cotidiana, aunque aún falte transformar el marco institucional. Se buscan su vida en paralelo”.

Al abordar la polémica generada por una posible intervención de EEUU en Cuba, y tras recordar las declaraciones de Miguel Díaz-Canel quien afirmó que preferiría “hundir la isla” antes que ceder, el pastor restó credibilidad a ese discurso y lo definió como retórica política.

“¿Cómo va a hundir una isla?… son palabras”, afirmó, al tiempo que lo describió como un dirigente “atado a un puesto” y responsable de un rol que, a su juicio, todavía puede cambiar. “Ha querido jugar ese papel, pero hay que decirle: vamos a cambiar ese rol”.

Para él, el escenario actual abre una ventana de oportunidad que el poder en La Habana debería interpretar con pragmatismo:

“Yo creo que ahora Trump les está dando una oportunidad. Este tiempo de oportunidad es bueno que lo aprovechen, porque si no, entonces pueden venir otras acciones que serían mayores e inevitables a este punto”.

El dolor mayor

Al preguntarle qué es lo que más le duele de la Cuba actual, no habló primero de hambre, ni de apagones, ni de escasez material. Habló de algo más profundo.

“Quizás el dolor más grande que tengo es la desesperación de las personas, reitero, la desesperanza, el desánimo, la desilusión, el no creer que nos vamos a librar de este mal. Y eso es lo que más me duele, y es lo que más trato de cambiarle a la gente,sembrar la esperanza.”

Sin embargo, reconoce el esfuerzo del pueblo cubano dentro y fuera del territorio nacional, y la capacidad de adaptación y superación de los emigrados en múltiples ámbitos. Pero insiste en que la herida principal no es económica, sino espiritual y emocional.

“Lo que más me duele es que no tengan esperanza y que no puedan visualizar el futuro tan grande que yo le veo a Cuba.”

Desde esa mirada, convoca a una reconstrucción colectiva, cubanos dentro y fuera del país, unidos en la tarea de rescatar la isla, tras décadas de imposición, miedo y dogmatismo. Al mismo tiempo, introduce un matiz que complejiza el discurso: la necesidad de comprensión humana incluso hacia quienes forman parte del sistema.

“Nos toca también tener consideración de muchos que están gobernando en este momento y que están a merced del amo, que sienten miedo de salirse porque piensan que van a recibir prisión o muerte. Y debemos tener compasión de ellos y decirles, no tengas miedo, vamos a salir de esto.”

La respuesta genera un contrapunto inmediato. Desde la experiencia del exilio y el dolor acumulado, surge la pregunta por la rendición de cuentas, por los muertos en el mar, por las travesías peligrosas a través de Centroamérica, México, por las madres con hijos presos “solo por decir la verdad”, y entre tanto por la responsabilidad histórica de quienes han sostenido el poder.

De ahí emerge el cuestionamiento mayor ¿cómo se reconstruye Cuba después de 67 años de régimen, de adoctrinamiento, de miseria y de ruptura con la normalidad del mundo? ¿Cómo se edifica una sociedad donde generaciones enteras han vivido sin banca, sin crédito, sin estructuras básicas de vida moderna, y donde como en el propio relato del periodista emigrar significó “volver a nacer”?

“Hay algo importante en Cuba, que es la reconciliación nacional, que es precisamente un equilibrio entre la justicia y la oportunidad de cambio, ¿verdad? Yo creo que ese es uno de los puntos más difíciles que tenemos. Quizás hay personas que no van a querer el cambio, personas que con todo su pasado se obstinan en el mal. Estas son las personas que no van a poder tener oportunidad de tener, vamos a decir, una influencia social. Y por eso yo comprendo que el estatus que gobierne la nación en el nuevo cambio tenga que a algunas personas de estas pasarlas por la prisión o alguna pena. Me refiero a personas que se han ido más allá del status quo, que a veces se han aprovechado de ese estatus para hacer daño, para ensañarse. Entonces, vamos a decir, hay que juzgar con prudencia. Pero esas personas que se sostienen, que no quieren el cambio, ese es el punto más crítico, porque son las personas que van a ser los antisociales de la nueva Cuba. Entonces, si tú no quieres entrar en esto, pues mira, hay que ponerte una pena, porque nosotros tenemos que echar hacia adelante, ¿no? Y hay veces, por consideración a personas, a situaciones graves, agudas, que ha sufrido la disidencia, la oposición, pues entonces va a haber que tomar determinadas penas con estas personas. Pero no podemos ir al extremo de sacarle la cuenta a todo el que haya hecho algo mal, porque cuántas personas hemos estado involucradas en una marcha del Primero de Mayo, en que si fuiste de la juventud, que si fuiste de esto, porque si no, entonces prácticamente no vamos a avanzar. No puedes ir al extremo de que si hiciste una cosita así, ya eres cómplice de la dictadura, porque tenemos una responsabilidad muy amplia.”

El día después

El padre Castor José deja claro que el reto no será solo político, sino cultural e institucional. La reconstrucción de Cuba, afirma, exigirá reglas claras, legalidad funcional y una sociedad dispuesta a convivir con sus heridas sin convertirlas en parálisis histórica.

Propone, además, una etapa inicial de ayuda humanitaria (alimentos, vacunas, saneamiento, muchos medicamentos) y un gobierno de transición que permita ordenar reglas y elecciones. En su visión, la recuperación económica podría ser veloz si se unen los dos pulmones: “los cubanos de dentro y los cubanos de fuera, con capital y conocimiento, lo cual sería muy beneficioso para todos.”

El gran desafío será construir un país con leyes sencillas y cumplibles, donde la gente no necesite huir para vivir.

Proyecto de amor

Antes de despedirse, el sacerdote deja un mensaje dirigido a los jóvenes: “no renunciar a la Isla como destino y convertir la independencia cotidiana en un proyecto con sentido. Hagan un proyecto de amor también en Cuba”, dice, y remata con una frase que busca desplazar el culto al poder: “no pongamos a ningún hombre en el lugar de Cristo”.

En su lectura, la libertad que Cuba necesita no es solo política o económica, es también, una libertad íntima, una ruptura con el miedo y la resignación.

“Porque la derrota mayor que más me duele no es la escasez, sino el momento en que un país entero se acostumbra a creer que no habrá futuro.”, concluye.

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