Por José Toro Hardy
Editor adjunto de Analítica

Pido excusas al lector. Voy a romper una vieja norma conforme a la cual, en periodismo, no se debe escribir en primera persona. No encuentro otra forma de expresar mi frustración. No hay gasolina. De las pocas estaciones de servicio que funcionan en Caracas es la antigua Texaco ubicada al principio de la Avenida Principal de las Mercedes. La cola comienza a kilómetros de distancia en la Avenida Rio de Janeiro a la altura de Caurimare. Con paciencia me resigno a pasar todo el día en esta cola. Ayer intenté la misma aventura, pero me dijeron que sólo suministraban gasolina a “funcionarios”.

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Mientas espero fluyen los recuerdos a mi mente. Hace algo más de 20 años, siendo miembro del Directorio de PDVSA, asistí con orgullo a la inauguración de esta misma Estación de Servicio Texaco, hoy en manos de PDVSA. Como parte de la Apertura Petrolera, habíamos decidido abrir el mercado interno a los inversionistas privados. Para atender adecuadamente nuestro mercado interno hacía falta invertir más de 3.500 millones de dólares en la modernización e instalación de nuevas estaciones de servicio. La suma era considerable y en PDVSA teníamos proyectos de inversión prioritarios. La bomba Texaco fue una de las numerosas que se instalaron.

En aquel entonces, nuestro sistema de refinación estaba integrado por 6 refinerías en Venezuela y 16 en el exterior y estábamos procesando unos dos millones de barriles diarios de crudo. En 1995 se había concluido, con una inversión superior a los cinco mil millones de dólares, el Proyecto de Adecuación de la Refinería de Cardón (PARC), uno de los mayores del mundo en su especie, que permitía convertir 90.000 barriles diarios de residuales de bajo valor en productos blancos de elevada calidad que se agregaban al sistema de gasolinas y destilados producidos en el país.

Se procedió entonces a la integración de las refineries de Amuay y Cardón, en lo que se conoció como el Complejo de Refinación de Paraguaná (CPR), que se transformó en ese momento en el mayor centro de refinación del mundo entero que procesaba unos 955.000 barriles diarios de crudo. Mientras tanto, estábamos realizando fuertes inversiones en las refinerías de El Palito y la de Puerto La Cruz y en las demás del sistema. En 1997 el suministro de hidrocarburos al mercado interno fue de 669.000 barriles diarios, un 3% más que el año anterior, alcanzando el consumo de gasolina un promedio de 189.000 barriles diarios. Las ventas de diésel/gasóleo se incrementaron en 72.000 b/d, 11% más que el año anterior, en tanto que las ventas de gas licuado fueron de 65.000 barriles por día.

PDVSA había llegado a ser considerada como la segunda mayor empresa petrolera del mundo y una de las más eficientes.

De haberse cumplido las inversiones y contratos ya licitados, suscritos, ratificados por el Congreso Nacional y después por la propia Corte Suprema de Justicia, hoy Venezuela debería estar produciendo más de 5 millones de barriles diarios de petróleo.

Pero, pasó lo que pasó. La revolución llegó a Venezuela y lo destruyó todo en medio de un paroxismo de populismo, corrupción, charlatanería e ineficiencia. Hoy Platts nos informa que producimos apenas unos 600.000 barriles diarios de crudo en lugar de 5 millones.

Y, en medio de esta tragedia, se nos arroja encima el Coronavirus. No hay gasolina porque todas nuestra refinerías están paralizadas, sin que eso tenga nada que ver con la pandemia. Además, hace 5 semanas que no ha llegado ningún cargamento del exterior. Están tratando de reparar la refinería de El Palito, pero como no tienen los repuestos, están canibalizando otras refinerías del sistema. Si lo logran, no sé como harán con los aditivos, que antes eran producidos en esas mismas refinerías que hoy están cerradas.

Y mientras reflexiono en este caos masivo que azota a mi país, me apresto a pasar el resto del día haciendo una interminable cola para surtirme de gasolina en la antigua estación de servicio Texaco en la Avenida Principal de las Mercedes.

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