Para los países con reclamaciones territoriales o intereses estratégicos en la Antártica, entre ellos Chile, Argentina, Australia y otros, el Ártico ofrece una vista anticipada de cómo la competencia entre grandes potencias podría tensionar el modelo actual de gobernanza. Si el Ártico evoluciona hacia un escenario dominado por la política de poder, ese precedente podría reconfigurar el panorama diplomático antes de la revisión del Protocolo de Madrid en 2048. En ese sentido, las decisiones estratégicas que hoy se toman en el Alto Norte podrían determinar si la Antártica permanece como un bien común global dedicado a la paz y la ciencia, o si se convierte en el próximo escenario de rivalidad geopolítica.
El deshielo del Alto Norte está transformando el Ártico en un nuevo escenario de competencia estratégica entre grandes potencias, anticipando el debate que podría definir el futuro político, económico y ambiental de la Antártica cuando el régimen internacional del continente blanco sea revisado en 2048.
Resumen ejecutivo
El rápido deshielo del Ártico está transformando una región históricamente aislada en un nuevo escenario de competencia estratégica entre grandes potencias. A partir de recientes declaraciones de líderes occidentales y del incremento de operaciones militares en el Alto Norte, este artículo argumenta que el Ártico se ha convertido en el laboratorio geopolítico donde se están definiendo las reglas que podrían aplicarse al futuro de la Antártica. Con la revisión del Protocolo de Madrid prevista para 2048, las decisiones estratégicas que hoy se toman en torno a Groenlandia y las rutas polares podrían anticipar el próximo gran debate sobre soberanía, recursos y gobernanza del último continente virgen.
El deshielo del Ártico y el retorno de la geopolítica
El frío glacial de los polos ha dejado de ser un aislante para la política de poder. A medida que el hielo retrocede, el Ártico se transforma en un nuevo escenario de competencia estratégica. En ese proceso emerge una arquitectura de confrontación que proyecta una sombra inquietante sobre el futuro del Sexto Continente. La actualidad de 2026 nos sitúa en un punto de inflexión donde la geografía, la economía y la fuerza militar convergen para reescribir las reglas del juego polar.
Para comprender la magnitud de lo que ocurre, debemos acudir a las bases de la geopolítica física. Como señalara el periodista Tim Marshall en su influyente obra Prisioneros de la Geografía, los líderes políticos están limitados por las realidades físicas de sus tierras. Marshall advierte que el Ártico ya no es solo una barrera infranqueable de hielo, sino una “nueva frontera”, donde el cambio climático está rompiendo las cadenas geográficas.
Según Marshall, la apertura del Paso del Noroeste y la Ruta Marítima del Norte no es simplemente un evento comercial, sino un auténtico “terremoto geopolítico” que obliga a las potencias a proyectar fuerza donde antes solo había silencio. Bajo esta óptica, el conflicto no es una elección ideológica, sino una consecuencia inevitable de la geografía volviéndose accesible. Marshall sostiene que “los puertos todavía se congelan y la llanura nordeuropea sigue siendo plana”, sugiriendo que la lucha por el control de estas nuevas rutas marítimas es una constante histórica que simplemente se ha trasladado al hielo.
Dos visiones estratégicas: Carney y Rubio
Frente a este determinismo geográfico ha emergido una respuesta política contundente desde las potencias medianas. En el reciente Foro Económico Mundial de Davos, en enero recién pasado, el Primer Ministro canadiense Mark Carney pronunció un discurso que ya se considera histórico. En él denunció que el mundo vive una “ruptura, no una transición”, donde el orden internacional basado en reglas ha sido sustituido por una “realidad brutal” en la cual las grandes potencias no aceptan límites.
Carney fue tajante al señalar que la integración económica está siendo utilizada como arma y los aranceles como palanca de coacción. Su propuesta para el Ártico no es la sumisión a los bloques de poder, sino la “autonomía estratégica” de las potencias medianas. Según Carney, países como Canadá, Dinamarca y Noruega deben formar coaliciones de “geometría variable” para proteger su soberanía sobre recursos críticos y territorios como Groenlandia. “Si no estás en la mesa, estás en el menú”, advirtió, rechazando cualquier intento de las superpotencias de tratar al Ártico como un botín de guerra o una propiedad transaccional.
El fin de semana entre el 13 y el 15 de febrero, en la 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich, el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ofreció la contraparte a la visión de Carney. Aunque buscó calmar a los aliados europeos tras las tensiones por la soberanía de Groenlandia, su mensaje fue un ejercicio de realismo clarificador.
Rubio articuló una visión donde la seguridad nacional de Estados Unidos y la defensa de la “civilización occidental” priman sobre cualquier multilateralismo que calificó de “delirio dogmático”. Para Rubio, el control de Groenlandia y la presencia en el Ártico no son meros caprichos territoriales, sino activos vitales frente a competidores que “explotan el sistema para deindustrializarnos”. Al invocar una identidad común basada en la fe, la cultura y la herencia, el Secretario de Estado justificó una postura asertiva en el Norte: Estados Unidos no permitirá que el “orden global” se anteponga a los intereses vitales de su pueblo.
Realismo estratégico y constructivismo
Sobre la mesa se presentan así dos visiones respecto de los desafíos de seguridad que enfrenta el mundo en el primer cuarto del siglo XXI.
Por una parte, la lógica del realismo estructural o neorrealismo de Kenneth Waltz pareciera expresarse con claridad en la aproximación estadounidense descrita por Rubio. Desde esta perspectiva, la competencia entre potencias es una constante del sistema internacional, y la seguridad depende de la capacidad de los Estados para preservar su poder frente a rivales estratégicos.
En el otro extremo del tablero, las palabras del primer ministro Carney evocan una tradición más cercana al constructivismo social, donde la globalización y la interdependencia han estructurado las relaciones internacionales desde fines del siglo pasado. En esta visión, las reglas compartidas y los marcos institucionales siguen siendo instrumentos centrales para evitar que la competencia geopolítica derive en confrontación abierta.
La militarización del Alto Norte
Esta discusión estratégica dejó rápidamente de ser teórica para reflejarse en el terreno militar.
La activación de la operación Arctic Sentry de la OTAN, a comienzos de febrero, cuyo propósito es proteger el territorio aliado en una zona que conecta directamente América del Norte con Europa y garantizar que el Ártico y el Alto Norte permanezcan como espacios seguros frente a amenazas convencionales o híbridas, ha incluido el despliegue del portaaviones británico HMS Prince of Wales bajo el contexto de la Operación Firecrest del Reino Unido.
El Prince of Wales, actuando como buque insignia y operando con cazas F-35 estadounidenses, patrulla las rutas que el deshielo está abriendo, precisamente los “puntos de estrangulamiento” que Marshall describe como esenciales.
Este despliegue en el GIUK Gap (Groenlandia, Islandia y el Reino Unido) simboliza la transformación del Ártico en un teatro de operaciones de alta intensidad. No se trata solo de ejercicios militares, sino de la ejecución táctica de una visión estratégica: la necesidad de defender infraestructuras críticas y rutas marítimas frente a la creciente presencia rusa y el interés estratégico de China en las latitudes polares.
El precedente ártico y el desafío de 2048
¿Por qué este drama en el Norte debería inquietarnos en el hemisferio sur?
La respuesta reside en el año 2048, fecha en que el Protocolo de Madrid del Tratado Antártico podrá ser revisado. Hasta entonces, la Antártica es una reserva dedicada a la paz y la ciencia, pero el precedente ártico sugiere que este blindaje institucional podría resultar frágil.
Ya existen antecedentes que apuntan en esa dirección. Expediciones rusas han sugerido el posible hallazgo de importantes reservas minerales en el continente blanco, mientras que China ha incrementado su presencia científica y logística en la región.
Si la comunidad internacional acepta el discurso del realismo estratégico sobre la soberanía de territorios polares, o si las potencias medianas no logran establecer la “tercera vía” de cooperación estratégica que plantea Carney, la Antártica podría convertirse en el próximo tablero de competencia global.
Como advierte Marshall, cuando el hielo desaparece, la geografía deja de ser una defensa para convertirse en un objetivo.
Conclusión: el Sur se decide en el Norte
La Antártica de 2048 se está decidiendo hoy en las aguas gélidas de Groenlandia.
Las naciones signatarias del Tratado Antártico deben seguir con atención los eventos que se desarrollan en el Alto Norte. Solo así será posible preservar el último continente virgen del planeta como la gran reserva ecológica y laboratorio científico de la humanidad.
De lo contrario, el precedente del Ártico podría transformar también a la Antártica en el próximo gran botín de la competencia entre potencias.
Tres puntos clave
- El Ártico se está convirtiendo en el laboratorio geopolítico de la futura gobernanza polar.
La competencia por rutas marítimas, recursos naturales y posicionamiento militar en el Alto Norte está estableciendo precedentes que podrían influir en cómo la comunidad internacional aborde el futuro de la Antártica en las próximas décadas.
- La competencia estratégica está redefiniendo la política polar.
La tensión entre enfoques realistas centrados en la soberanía y la proyección de poder, y modelos cooperativos basados en la gobernanza multilateral, probablemente marcará el futuro de ambas regiones polares.
- El debate sobre la Antártica ya ha comenzado, de forma implícita, en el Ártico.
Con la revisión del Protocolo de Madrid prevista para 2048, los acontecimientos actuales en torno a Groenlandia y las rutas marítimas del Ártico anticipan los argumentos estratégicos y las dinámicas de poder que podrían definir el futuro del último continente prácticamente intacto del planeta.
Leonardo Quijarro Santibáñez, Contraalmirante (R) de la Armada de Chile, miembro sénior, MSI²
Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos conservador y no partidista que se especializa en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com